Tratamiento

El tratamiento de un trastorno de la alimentación debe, desde mi perspectiva, ser integral y multidisciplinar. ¿Por qué? Porque son enfermedades complejas que afectan a las personas en múltiples dimensiones: psíquica, emocional, física, social.

Por lo tanto en el tratamiento nomalmente están involucrados psicólogos, nutriólogos y psiquiatras. A veces se incluyen también recursos colectivos como los grupos de autoayuda o la terapia familiar. Y los tratamientos alternativos como flores de Bach, equinoterapia, aromaterapia, yoga, reiki, acupuntura y otros también pueden resultar muy sanadores. La elección del tratamiento depende de varios factores: primero y más importante, del paciente, del tipo de persona que uno sea. Luego cuentan también los recursos disponibles y su accesibilidad; con esto me refiero a los tipos de ayuda disponibles en el entorno del paciente, pero también a los recursos de tiempo y dinero que él/ella mism@ estén dispuestos a invertir en el proceso de recuperación, que normalmente suele tomar su tiempo, ya que estos trastornos no se desarrollan en un día y son multifactoriales, sin contar que la mayoría de las personas que llegan a buscar tratamiento tienen ya muchos años con la enfermedad o la padecen de manera muy aguda. 

 En mi caso lo primero que hice para recuperarme fue leer y escribir mucho sobre lo que me pasaba, sobre lo que sentía. Investigar que lo que me pasó a mí le pasaba a otros, sentirme menos sola con el trastorno e identificar cuáles eran mis sentimientos, mis emociones, mis dolores. Casi al mismo tiempo, lo que verdaderamente me salvó la vida fue hablar con alguien del tema. En mi caso, mi familia nunca reconoció abiertamente mi enfermedad: eran finales de los años 90, no había tanta información disponible y, aunque vengo de una familia de universitarios en la que hay varios médicos y otros profesionales de la salud, en mi casa reinaba la negación. Sólo con lecto-escritura y charlas con amigos logré salir de mi primera crisis aguda de anorexia y disminuir la intensidad de las recaídas por cinco años.

Entre los 19 y los 22 busqué diferentes opciones de tratamiento. Hablé con psicólogos, psiquiatras, un nutriólogo y otros pacientes enferm@s y recuperad@s. Visité centros de tratamiento, tomé evaluaciones psicológicas. Estaba en la universidad y, por un lado, no tenía mucho dinero ni el apoyo económico o el respaldo de mi familia; por otro estudiaba dos carreras, ocasionalmente trabajaba y me iba mucho de fiesta y de viaje, por lo que tampoco me sobraba tiempo. Si a los 14 o 15 hubiera conocido a algunos de los muchos profesionales que encontré, seguro mi recuperación hubiera sido más sencilla, pero a esas alturas, tras varios años de sufrir el trastorno, era un hueso duro de roer. Así que simplemente decidí vivir intensamente, limitando lo más que pudiera el daño que hacía a mi cuerpo. Para mí, lo que habría de salvarme estaba, más que entre los muros de un consultorio o de un hospital, en el mundo de afuera, en las charlas, los amigos, el camino, los libros, la escritura, el arte. 

Cuando decidí comprometerme a llevar un tratamiento tenía 22 años y llevaba ya ocho padeciendo el trastorno. Lo primero que hice fue tomar clases de yoga. Eso me permitió relajarme y manejar la ansiedad y la depresión que en el momento eran problemas agudísimos para mí. Después empecé a hacer terapia: psicoterapia con rasgos de logoterapia, con una profesional que trabajaba en un centro especializado en adicciones y con mujeres encarceladas.


Mujer saliendo del psicoanalista, Remedios Varo





A los tres meses de empezar la terapia comencé a visitar también a una nutrióloga. En mi caso la terapia duró dos años, durante los cuales tomé un par de descansos: uno para irme cuatro meses de viaje a India, Marruecos y España, y otro de un par de meses cuando muy cerca del final el proceso terapéutico estaba estancado, en buena parte por problemas de transferencia y contratransferencia con mi terapeuta. Con la nutrióloga fui por tres años, que es, en realidad, mucho tiempo. En mi caso la veía al inicio una ves al mes, y, pronto, empezamos a espaciar cada vez más las citas. Al final la veía cada dos o tres meses y con ella conversaba mucho también sobre cuándo un paciente diagnosticado crónico logra realmente la recuperación.

En mi familia hay antecedentes de enfermedad mental: mi abuelo materno y una tía diagnosticados con esquizofrenia y otra tía con trastorno bipolar que ha estado hospitalizada al menos cuatro veces debido a episodios psicóticos o de violencia contra sí misma u otras personas.  Además de eso varios miembros de mi familia han sufrido de depresión intensa, para lo cual algunos pocos han tomado medicación por periodos breves o, en ocasiones, incluso de años.También tengo una tía que sufrió de epilepsia y otros familiares más lejanos han padecido también epilepsia u otros trastornos neurológicos o psiquiátricos cuyo diagnóstico desconozco: son familiares muy lejanos o vivieron en un tiempo y entorno donde no se brindaba ni atención ni diagnóstico a sus padecimientos.

Aún con todo eso, yo nunca fui atendida por un psiquiatra y rechacé terminantemente la opción de tomar algún tipo de medicación. En un par de centros a los que acudí ése fue factor determinante para que me rechazaran como paciente o, para que yo prefiriera buscar otra alternativa.

Creo en el derecho de todas las personas a elegir sobre su vida, e incluso sobre su muerte (como Ellen West, escritora, una de las primeras pacientes de análisis existencial que terminó suicidándose) y, por ende, sobre el tratamiento más indicado para ell@s. Sobre el caso concreto del internamiento, pienso que, salvo que no exista ninguna otra alternativa, debe evitarse, sobre todo cuando es contra la voluntad del enferm@ (aquí cuento el caso de mi amiga S., quien fue internada por sus padres y ello le salvó la vida quizá, pero la dañó muchísimo emocionalmente, porque para ella hubieran existido otras alternativas. Tras su recuperación del TCA ella tuvo cáncer de estómago y es una de las mujeres que conozco que, aún décadas después, siguen padeciendo consecuencias serias de la enfermedad).

Pienso que el apoyo de la familia es importante, pero no crucial: en mi caso, repito, mi madre y mi hermano son muy amorosos y tengo una relación muy cercana con ellos, pero no estuvieron involucrados en mi recuperación de manera activa directa. En cambio, tuve amigos que estuvieron y han estado ahí, lo mismo llevándome a consulta que escuchándome, apoyándome, confrontándome y, sobre todo, compartiendo mi vida conmigo, dándome buenos momentos y haciendo los malos menos terribles. Por ello creo que quien sufre un TCA requiere de una red de apoyo para salir adelante, aunque quizá exista quien lo logre de manera más o menos autónoma.


Esta sería, de manera resumida, la historia de mi tratamiento para recuperarme. En esta entrada doy una guía de los pasos que yo seguí para salir adelante, y que considero importantes en el camino a la recuperación. Cada quien hace su historia, y espero que este testimonio contribuya a que haya más personas que elijan como yo vivir y no  morir. No es fácil, pero les aseguro que, al menos para mí, ha valido la pena.

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