Ha pasado mucho tiempo. Estuve en España todo febrero y marzo de este año, con una beca para un curso de edición. El curso fue estupendo, los maestros excelentes, Madrid lindo,viajar por España mejor y mis compañeros fueron quizá lo más estupendo de la experiencia. Conocí muchos lugares y gente, aprendí muchas cosas no sólo en el terreno profesional o académico.
Las dos primeras semanas lo pasé fatal con la comida: me pesó el cambio de alimentación, además, nos daban el almuerzo en la cafetería (donde la comida no se caracterizaba por excelente) y para rematar, los meseros no terminaban de enterarse por qué no comprendíamos el menú (en los distintos países hispanohablantes parece que cada platillo tiene un nombre súper distinto). Total: nunca comía lo que quería y algunas cosas incluso me cayeron bastante mal.
Por el otro lado estaba la marcha madrileña, el canto de sirenas de la vida nocturna. ¿Y cómo no ceder a él? Muchas noches, aún sin la intención de ir de bares terminaba con algunos compañeros bebiendo en una librería, un bar, casa de alguien... de copa en copa y caña en caña hasta que la noche se hacía larga y se encontraba con la madrugada. Y sí, al día siguiente todos íbamos a clase sobrellevando nuestros desvelos y resacas tan bien como el cuerpo nos lo permitiera.
Para mí la segunda semana fue crítica: cogí la borrachera de mi vida y tuve miedo de recaer. La borrachera fue así: como cada noche entre semana, pensábamos quedarnos en casa, tranquilas (vivía con otras tres chicas). Pero mi compañera chilena me convenció de acompañarla al bar de enfrente (que era como visitar una peli de Almodóvar) para cenar. Me llamó también L., mi amigo madrileño, y quedamos los tres en el bar. Tomamos vodka y agua tónica, yo tenía el estómago casi vacío --ese día la comida me había caído particularmente mal-- y terminé súper ebria, al grado de vomitar de borracha por primera vez en mi vida tan pronto llegué a casa. Mi amigo entró al baño conmigo para asegurarse que no me desnucara contra algún mueble y me recogió el cabello --que traía suelto-- con sus manos. "¿Qué es amor sino esto?", me dije a lo largo de esa noche sin fin, que pasamos hablando recostados en el sillón sin dormir más que a ratos, contándonos cosas quizá demasiado íntimas, de las cuales recordaríamos sólo la mitad a la mañana siguiente.
Lo del miedo, como siempre, es menos poético, menos lindo. Diría que todo empezó cuando hablé con mi chico en videoconferencia y me dijo que me veía más delgada. "Pero si estamos comiendo más que la cresta", intervino una de mis compis para tranquilizarlo. Yo asentí y sonreí. Traté de portarme como si no pasara nada, pero no me salió. Y esa noche en la mesa del comedor , ya solas las cuatro, terminamos hablando. "¿Tuviste anorexia?", me preguntó una de las chicas poniendo el dedo en la herida sin más preámbulos. "Sí. Pero aparte...", respondí yo sin darme cuenta de todo lo que ese "sí" dicho de prisa implicaba.
Debo decir que mis sombras también se alimentaron de otro factor. Desde que me dieron la beca intenté quedar con una chica que conocía sólo por su blog y que ha devenido en amiga. Sin embargo, desde que tuve los boletos de avión en mano, ella estuvo mal. Ingresada por unos días, luego en casa esperando un ingreso en una clínica especializada. Y sí, tuve miedo. Por ella, por ambas, por todas. Porque volví a preguntarme, en medio del primer invierno de bajo ceros con lluvia de mi vida, si de verdad esto nunca se cura. Si nunca podríamos ser "normales" y tener una vida plena sin el demonio de la anorexia acechándonos a nuestra espalda.
Sólo sé que en algún momento, en un día entre las llamadas de larga distancia a mi amiga española, las videoconferencias con mi gente en México, las borracheras y la pésima comida de la cafetería me dije que si no quería que me trataran como enferma, no iba a actuar como enferma. Y ya. Así de fácil, así de difícil.

Y al final no fue tan terrible. Nadie me trató extraño por haber admitido aquella noche ante la mesa del comedor que padecí un trastorno de la alimentación. Nadie me controló la comida ni sacó conclusiones erróneas cuando me pasé media noche en el baño vomitando de borracha. De mis compañeras recibí un "No te vamos a dejar caer" que se tradujo en muchos abrazos, ofrecimientos para hacer la cena cuando la mitad de nosotras estábamos exhaustas y hambrientas y sobre todo oídos dispuestos a escucharme cada vez que me invadía la zozobra, cada vez que las cosas se pusieron mal o fueron duras. Y confesarle a mi amigo madrileño esa noche de borrachera que por años deseé no tener curvas tampoco trajo ninguna tragedia a mi vida. Recibió la confesión con la misma aceptación sin juicios con que ha recibido tantas cosas a lo largo de estos seis años y tres continentes que llevamos de conocernos. Y no pasó nada. A veces me sentí incómoda igual, otras incluso él me ayudó a revalorar mi "voluptuosidad" desde los vestires salerosos de aquella ciudad aquel invierno.

Ahora reinstalada en mi vida cotidiana me siento muy bien, feliz de haberme ido y feliz de haber vuelto. A veces todo es solamente así de sencillo, así de complicado. Abrazos.