En los primeros casos de anorexia documentados durante la Edad Media, la enfermedad era un modo de protesta religiosa. Por ejemplo, para Catalina de Siena fue el modo de oponerse al matrimonio y optar por la vida monástica.
Para muchas, es una forma de pelear contra la pubertad y sus curvas, contra el ser mujer. (Y que sea en cierto modo una pretensión absurda por eternizar la niñez y detener el tiempo no quita que sea una rebelión).
Para numerosas víctimas de abuso sexual, la anorexia es una negación del cuerpo y por ende de su vulnerabilidad.

Foto de Jimena Almarza
Para otras es una negación de la maternidad, del molde de mujer que la sociedad ha querido imponer: un esqueleto no puede ser madre, no puede cubrir la doble jornada de empleada exitosa, ama de casa y esposa.
Y sin embargo, esta literal huelga de hambre viene condenada al fracaso: no podemos negar el cuerpo ni detener el tiempo. Y si podemos cambiar los estereotipos sobre la feminidad no es dejando de comer como lo lograremos. Hace falta hablar, actuar. No bajarse del tren de la vida, sino tomarlo a la brava.