La antropóloga Mónica Tarducci afirma que las pautas de qué es bello o no las establecen quienes tienen poder. Para marcar una diferencia con el resto de las clases sociales se busca algo inalcanzable para las personas comunes; por ejemplo, los pies en las mujeres chinas, que no eran las mujeres comunes, porque con esa tortura no puede llevarse una vida normal.

Desde el siglo VII y hasta principios del XX, las mujeres chinas eran sometidas a un procedimiento cruel para empequeñecer sus pies lo máximo posible. A los cuatro o seis años se les fracturaban los cuatro dedos más pequeños del pie y durante dos años usaban un apretado vendaje que mantenía los dedos rotos apuntando hacia el talón. Este proceso podía llegar a reducir el tamaño de los pies a tan sólo diez o doce centímetros de longitud. Esto empezó siendo un lujo de las clases privilegiadas, pero posteriormente se convirtió en requisito para contraer matrimonio.
Durante el proceso, los nervios de los pies quedaban destruidos. A la larga las mujeres sufrían problemas de columna debido a que carecían de un apoyo adecuado.
Aunque en la actualidad esta deformación de los pies ha dejado de practicarse, hay otro procedimiento mucho más temible al que son sometidas muchas mujeres: la ablación o mutilación del clítoris. Consiste en extirpar el clítoris y los labios menores de la mujer, aunque en algunas modalidades incluye también cortes en los labios mayores. Esta práctica se da principalmente en la zona central de África, pero con la migración se ha extendido a Estados Unidos y naciones europeas como España.
Muchas mujeres mueren desangradas o por infección en las semanas posteriores a la intervención, ya que casi siempre se realiza en condiciones poco higiénicas. Se calcula que actualmente existen 135 millones de mujeres y niñas en el mundo que han sufrido esta mutilación. Su práctica es cada vez más frecuente, y se ha extendido a niñas cada vez menores. Entre algunos grupos este procedimiento es una condición para que la mujer pueda casarse.

Algo mucho menos radical, pero que nos parece abominable a muchos occidentales, es la costumbre musulmana de que las mujeres cubran su rostro con un velo. Sin embargo, como señala Fatema Mernissi, la mujer occidental no es mucho más libre. Mientras que las musulmanas ayunan sólo en el mes de Ramadán, las occidentales lo hacen constantemente sometidas a la esclavitud de la delgadez.