Esta página es el testimonio de mi recuperación de una enfermedad dolorosa, progresiva y mortal: la anorexia. Es también una búsqueda profunda sobre lo que yace bajo todas las mentiras que nos han dicho sobre los TCA, y un intento de cuestionar los estereotipos sobre la belleza y el cuerpo. Su fin es proporcionar elementos para pensar diferente sobre los trastornos de la alimentación.
miércoles, 28 de febrero de 2007
Estética. ¿Qué es lo bello?
Ahora, lo estético yo creo que es todo lo que nos produce placer sensorial. Los occidentales tendemos mucho a asociar lo estético con lo visual, y si acaso somos muy cultos (o melómanos, o bailadores) pues con alguna otra de las formas de las llamadas bellas artes. Pero en realidad yo creo que lo estético es mucho más amplio e incluye también un buen café, una caricia prodigiosa, un perfume exquisito.
La estética también se ocupa de los cánones, es decir, de los modelos que nos permiten determinar por qué algo es bello. El equilibrio, la proporción, la variedad o el ritmo son valores estéticos que forman parte de la mayoría de los cánones de belleza, pero cada ejemplo de lo bello es en realidad muy particular y no siempre cumple con todos estos valores. Pienso entonces que el canon de la belleza es algo ante todo cultural, que depende de toda una formación de la sensiblidad y un proceso histórico de una civilización o pueblo determinado. Pero finalmente, no sólo es cultural y por ello colectivo; sino que la percepción de la belleza es eminentemente subjetiva, o como dice una frase de sabiduría oriental: 'No es hermosa la estrella que lejana en el cielo brilla, sino el que de pie, absorto, la mira'.
Porque finalmente (como ya lo sabía el muchas veces sabio Kant) la belleza está en el sujeto. Y ese alemán heredero del idealismo y el pietismo nos dice algo maravilloso: lo bello es lo que permite la libre coincidencia entre el sujeto y el objeto, sin necesidad que exista la mediación de un concepto. Es decir, la belleza apela a nuestra razón, pero no a nuestra inteligencia, sino a nuestra sensibilidad y a nuestra libertad, que sabiamente Kant incluye en las formas de nuestra razón.
El cuerpo como arte
El cuerpo sirve cuando no es arte ni es placer, porque tiene que ser inútil para ambos fines y servir a otros para sólo así poder cumplir su objetivo.
El cuerpo debería ser la materialización de una idea, el puente entre lo perfecto, la cristalización de lo que somos.
Jueves 6 de marzo de 2003
¿Tengo anorexia? La anorexia y la "normalidad"
· No estoy sana ni estoy enferma. Simplemente soy rara. Siempre quise ser el tipo de persona que está más allá de las clasificaciones, pero ahora que he logrado mi objetivo comprendo lo aterrador de sentir que uno se muere y no poder saber de qué.
· La vida es un valor sólo para los imbéciles. La única certeza que nace con nosotros es la de que habremos de morir. ¿Cómo aferrarse entonces a conservar lo que uno tiene más incierto en la vida? Esa labor la dejo para los necios. Para mí quedan como valores el amor, la libertad, la justicia y la verdad (en ese orden).
· ¿Qué es la normalidad? Es un concepto que extravié hace muchos años, que deseché para hacerle lugar a poemas de Sabines, citas de filósofos e historias de gente que quiero. Es algo que deja de existir cuando uno vive rodeado de periodistas, filósofo, artistas y activistas. ¿Qué es lo normal entre nosotros, donde los que no mueren nos matamos?
· La normalidad también es un mito que resulta verosímil porque, en mayor o menor parte, los miembros de una sociedad se identifican con él. Sin embargo, la persona “normal” no existe, como no existe el consumidor “promedio”. Ambos son invenciones, fruto de la convención y de las aspiraciones de los miembros más cobardes de la comunidad.
· Nadie es normal. Pero la normalidad es un escudo que sirve perfectamente para esconderse tras él cuando se tiene miedo de ser único y original, de ser auténticamente uno mismo. Así, todos estamos locos. La humanidad se dividen entonces en dos partes: los cuerdos que aceptan esta verdad y viven en consecuencia; y los más locos, quienes verdaderamente deberían estar encerrados como premio a su cobardía (después de todo, en un manicomio nadie se va a fijar si cuatrocientas personas son clones idénticos que juegan a ser “normales”, pobres esquizofrénicos, divorciados no de la realidad sino de sí mismos).
· Y aunque la normalidad no existe, hay gente tan alejada de ella que jamás debe toparse con un psicólogo, en aras de la salud mental de ambas partes. Yo no quiero ser la puerta por donde un incauto con ganas de ayudar al prójimo se asome a los abismos de los dilemas éticos y/o estéticos, la autodestrucción y el amor desmesurado por el mundo (síntesis de los dos anteriores).
· No somos sólo un montón de sustancias químicas que conviven en delicado equilibrio, ni el cúmulo de nuestras experiencias, tampoco una mezcla entre ambos. Quiero creer que hay algo más en nosotros que nos hace ser como somos, sentirnos felices o desgraciados.
· Quiero creer que todas mis respuestas están en mí. Y que tarde o temprano las encontraré, antes de que la cárcel de mi cuerpo se quiebre, llevándose su preso consigo.
Viernes 7 de febrero de 2003
Resultados de la evaluación que me hicieron para determinar si tengo un trastorno alimentario:
Valores normales = manejo de las emociones y sensación de efectividad.
Dentro de la escala de trastornos alimentarios = perfeccionismo y ascetismo.
Por debajo de la escala = preocupación por la delgadez, satisfacción corporal, mecanismos de compensación, temor a madurar, incapacidad de ser adulto, inseguridad social, aislamiento.
La dicotomía cuerpo-alma
No tengo memoria de cuándo me sentí por primera vez dividida en dos partes irreconciliables: un alma eterna de poder ilimitado y un cuerpo finito y perecedero. Así empecé a alejarme de mi cuerpo, a considerarlo una mera prisión, un límite contra el cual chocaban mis ideas, mis emociones, mi espíritu.
“El cuerpo está perfectamente separado del alma; y si el cuerpo peca hay que castigarlo para salvar el alma; y también, si el alma peca, la forma de eximirla de toda culpa es atormentando la carne.” En dicha sentencia se resume mi filosofía del cuerpo, herencia de años de educación cristiana.
Quizá mi culpa enfermiza y mi y maniquea visión de lo físico y lo metafísico no se le pueda atribuir simplemente al catolicismo; lo más probable es que obedezca a factores que se encontraban en mí antes de recibir toda instrucción religiosa, pero que se acentuaron con ésta.

Miércoles 13 de marzo de 2003,tras regresar de la Alameda
Cuando la muerte se acerca...
He escuchado que en muchas enfermedades no es el mal en sí lo que vence al paciente, sino el dolor. Por lo menos en mi caso es el dolor lo que me derrota, lo que me quita mi amor por la vida.
Levantarme cada día es doloroso, subir escaleras un franco martirio, a cada rato me golpeo en los huesos salientes, el frío no me deja moverme, la piel me sangra de tan seca. Y eso es lo que me está matando en verdad, el hecho de que ya no quiero vivir con tanto dolor. De que el dolor me ha obligado a darme por vencida, de que ya no quiero seguir luchando porque me siento mal. Y me siento mal porque ya no quiero luchar, porque ya no puedo hacer nada para mejorarme.

Pintura de Ruth Anders
Domingo 9 de febrero de 2003
Seréis sólo hombres o mujeres
seréis en todo hombre o mujer y sólo así viviréis...

Quizá por eso desde niña me dijeron que algunos de mis talentos más sobresalientes eran completamente indeseables, por lo menos en una mujer. Me inculcaron la idea de que el carácter dominante, el liderazgo, la fortaleza, el valor y la entrega a grandes causas son típicamente masculinos. Y yendo más lejos aún, la sociedad machista y extremadamente católica donde fui educada pretendió imponerme la idea de que el amor por el arte, el conocimiento y la verdad eran propios exclusivamente de los hombres.
Tal vez al principio cedí un poco en la exigencia intransigente de ser más dulce, más tierna, más una niña, y hoy todavía me arrepiento de eso. Pero pronto comprendí que si sólo podía dar gusto a otros sacrificando mi esencia, más me valdría ser una proscrita.
Así, en mi mundo de monjas y machos, yo me negué a ser otra, a “ser más mujer”. Estoy orgullosa de todo lo que soy espiritual e intelectualmente; por eso decidí no cambiar a costa de una aceptación que nunca necesité ni pedí. Mi alma entera es lo que más amo de mí y decidí que no me traicionaría, que mi forma de ser no era negociable, ni aún a cambio del amor de mis padres o de mi Dios.
Sin embargo, por más que odié muchos de los preceptos de quienes me educaron, no pude evitar que algunos de ellos penetraran en mi alma hasta hacerse míos. Además, creo que el mundo donde crecí tiene un sistema de dominación bastante perfeccionado: no permite la duda ni la contradicción, ambas son pecado de soberbia. Por eso no pude ir a contracorriente en todo, necesitaba un grado mínimo de aprobación, de amor. Sin bien elegí no cambiar ni en un ápice mis pensamientos y actitudes masculinas, opté por transigir en algo mucho menos valioso para mí: el aspecto exterior, el físico.
En mi entorno la feminidad física siempre ha sido equiparable con la pequeñez, con la fragilidad. Así las mujeres demasiado altas siempre han sido tachadas de poco femeninas, y si además de altas son gruesas reciben calificativos como el de “saca borrachos”.
No soy excesivamente alta, pero mi erguido caminar y mi afición por los zapatos de tacón crean la falsa impresión de que tengo una estatura mayor de la que realmente poseo. Por eso comprendí que al menos bajita no podía ser, pero sí podría ser pequeña de otra forma: siendo fina. Entendí que nunca sería emocionalmente frágil, que no sacrificaría la fuerza emocional y espiritual que tanto me enorgullecía, pero que sí podría ser físicamente débil.
Cedí en vestirme, hablar, caminar, peinarme, maquillarme y ser en todo mi exterior una mujer. Y a cambio gané mi libertad de ser completamente masculina en mis emociones, intelecto y actitudes. Cumplí mi parte del pacto: Fui pequeña y frágil a cambio del amor y aceptación que no pude obtener de otra forma. Y no me arrepiento.
Quizá algún día pueda comprender que no necesito ceder en nada para que me amen –si me aman de verdad–, y que los seres humanos somos entes en los que el cuerpo es tan valioso como el alma, no menos. Ojalá que ese día no llegue demasiado tarde.
3 de febrero de 2003
La muerte descarnada
Hay enfermedades del cuerpo y hay enfermedades del alma; y las almas atormentadas se empeñan en destrozar el cuerpo que las aprisiona.
El tipo de anorexia del que hablo es una enfermedad del alma, que en la mayoría de las ocasiones poco o nada tiene que ver con las fotografías de modelos superdelgadas que adornan las portadas de las revistas. Por ejemplo, para mí las gordas de Rubens son tan hermosas como la delgada Kate Moss.
Esta categoría de la enfermedad está reservada por el contrario, para aquellos que van contra lo establecido, que quieren romper con algo: su pasado, su cuerpo, su vida.
En mi caso personal, hay en mí algo que está roto, he visto tanta muerte que más de una vez he deseado morir y esta es mi forma de buscarlo. Mi mejor amiga murió de cáncer, asesinaron a mi padre, dos de mis mejores amigos fallecieron en accidentes absurdos. Algo de todo ello ha impregnado mi espíritu, parte de esa desolación me oprime el pecho hasta no dejarme respirar.
Pero hay otra cosa que me mata, mi enemigo oculto, herencia de tantos años de educación católica: la culpa. La culpa de no hacer nunca lo suficiente, de herir a los otros, de fallarles a los que me aman, de no cumplirle a mis muertos, de no poder terminar sus misiones, de lastimar a mi Dios.
Además, ¿cómo se supone que una persona sensible conviva con el cruel mundo a diario, que luche por aliviar la miseria humana y no se entregue de vez en cuando a la desesperanza? No se puede. Los calambres, los huesos salidos, la palidez y la pérdida de cabello, son los rastros que ha dejado en mí este mundo inhumano.
The knife, Jan Saudek, 1987
El narcisismo de amar al mundo hasta el delirio tiene consecuencias físicas. Para Francisco de Asís fueron los estigmas, para Madero la muerte, para Nietzche la locura. Para mí el precio de ese amor fue barato: sólo frío y náuseas, sólo debilidad y mareos.
Sé que para el verdadero sabio desprovisto de todo egoísmo y de todo falso problema, amar a los demás y darse a ellos no debe doler, que la entrega plena es gozo puro. Pero hasta que alcance ese nivel de conciencia seguiré muriendo una de las muertes de nuestro tiempo, padeciendo esta enfermedad del alma que corroe al cuerpo.
Quizá todo esto no sería tan grave si encontrara una forma de salir de mi pecho y expresarse a los demás. Sin embargo, mi voz aún está buscando caminos y el proceso de hacerla salir es largo aún.
No pueden salvarme, mi muerte y mi salvación están en mi. Mejor pongan su fe en que encontraré lo que busco antes de que sea demasiado tarde.
26 de noviembre de 2002
lunes, 26 de febrero de 2007
¿Negación?
Por miedo de que sepan que en el fondo te quiebras, que no eres fuerte como pareces, que también tienes tus límites y que éstos son imposibles de cruzar.
Por miedo finalmente a que te rechacen, o a que te cuelguen la serie de etiquetas que no estás dispuesta a cargar: que si vanidosa, supeficial, intantil. Para ti esto se trata únicamente de dolor. Por eso vives ocultándote, ocultando la enfermedad, aparentando que todo está bien, que los kilos de menos no son nada, que siempre has sido así de huesuda y de frágil.
viernes, 23 de febrero de 2007
Nombrar no es conjurar
Esto el miedo irracional a que no te quieran, a que la gente note las pequeñas fallas bajo la superficie "perfecta" y te retire su afecto.
Es la tensión sostenida hasta el agotamiento de mantener ese exterior capaz, responsable, exitoso y hasta sonriente. Porque dice la sabiduría popular que los tristes son malas personas y has notado que al final las lágrimas repelen a amigos y extraños por igual.
Es la vocecita te dice constantemente que nunca es suficiente, que te recuerda tus culpas, que te hace dudar de cada elogio, que te echa en cara tus errores.
¿Cómo se llama? ¿Nombrarla hará que se vaya? Algunos dicen que es anorexia. Lo he dicho. Y no se va.
miércoles, 5 de julio de 2006
Ellen West. El suicidio como última libertad
La muerte es la felicidad más grande de la vida, tal vez la única. Sin la esperanza de un fin, la existencia sería insoportable.Ellen West
Ellen West fue uno de los casos más famosos del psiquiatra Ludwing Binswanger, creador del análisis existencial. Su caso se publicó en 1944, luego de que se suicidara envenenándose a los treinta y tres años. Su diario y su poesía contienen detalles de sus emociones y estado psicólogo, fragmentos de ellos fueron usados por Binswanger para ilustrar la existencia psicótica.

Zdena, Jan Saudek
A los dieciocho años, Ellen dice que "la melancolía se extiende sobre su vida como un pájaro negro que está en la emboscada"; a los veintiún años, considera que "la muerte es la felicidad más grande de la vida, tal vez la única. Sin la esperanza de un fin, la existencia sería insoportable. Sólo la certeza que el fin, antes o después debe llegar me consuela un poco". Con la muerte voluntaria se configura el cumplimiento de su vida. En su suicidio y en su destino marcado por una experiencia psicótica tan radical, Binswanger capta la expresión última y significativa de su vida.
Todo suicidio referencia al tiempo, al tiempo que ha perdido la esperanza y a la tentativa desesperada de arrancarle al futuro su secreto y su imprevisibilidad. Cuando el advenir se hace evanescente y lábil, y el pasado no es sino la repetición de un sufrimiento sin fin, el suicidio deviene la posibilidad más radical. Entre el advenir como imposibilidad y el advenir ya consumado y descifrado, la muerte voluntaria traduce la expresión última y radical de una de un tiempo clausurado.
Ellen busca trascender para ser, pero como un ser sin cuerpo, y en ese intento de ser "allende el mundo" sólo logra una vuelta a la nada. Su muerte es ese llévame de vuelta, "créame una vez más pero créame mejor de lo que soy ahora", para no sentirse vacía, abandonada, rota, cáscara inútil. En su existencia segada por la muerte voluntaria, se vislumbra finalmente la nostalgia desesperada de una patria perdida y deseada.
Ver artículo completo.
martes, 4 de julio de 2006
El cerebro es grasa: Amélie Nothomb
Por hambre yo entiendo esa falta espantosa de todo el ser, ese vacío atenazador, esa aspiración no tanto a la utópica plenitud como a la simple realidad: allí donde no hay nada, imploro que exista algo.Amélie Nothomb, Biografía del hambre
En su libro Biografía del hambre (Anagrama, 2006) narra su experiencia con la anorexia. Antes de eso hace una apología de la glotonería que confrontará de pronto con las hambrunas vio en países como China e India y que le hicieron discubrir la dignidad de aparentar que el hambre no existe. La mezcla de estas vivencias con su ansia de belleza (no sólo de poseerla, sino de absorberla a través de los ojos hasta hartarse, experiencia que vive a través de la contemplación de una niñera de nombre Inge, quien hace voltear a todo mundo a su paso por las atestadas calles de Nueva York y le enseña el significado de una palabra terrible: "no") desencadenará un proceso de anorexia que la llevará a pesar treinta y dos kilos con un metro setenta de estatura.
Amélie narra los trucos que usaba para desviar la atención de sus padres, como pesarse con unos lingotes de metal debajo del suéter para aumentar su peso. Pero también destaca el lado ridículo y el lado hermoso, que lo hubo en su caso, de este padecimiento: "El cerebro está constituido esencialmente por grasa. Los más nobles pensamientos humanos nacen en la grasa. Para no perder la cabeza, volví a traducir, con fiebre, la Ilíada y la Odisea. A Homero le debo las pocas neuronas que me quedan".
Ya superada la anorexia, Amélie sigue viendo aquella experiencia como un reto, como un tema, no como una enfermedad. Nada en el tono de su narrativa, ni siquiera cuando describe cómo estuvo a punto de ser violada en la playa por unos jóvenes indios a los doce años, trasluce algo que no sea un profundo, satisfecho e inteligentísimo sentido del humor, comparable apenas con el de un niño refinadamente adulto. Una de las mayores virtudes de Nothomb sea quizá su capacidad para reírse de sus propias tragedias.
Un artículo de Eve Gil sobre Nothomb.
lunes, 3 de julio de 2006
Virginia Woolf
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| Virginia Woolf |
Virginia sufrió de abuso sexual en la infancia, por parte de su hermanastro mayor George, quien le manoseó los muslos con claras intenciones sexuales mientras ella permanecía inmóvil, incapaz de reaccionar. A partir de eso detestaba que su cuerpo atrajera el deseo del hombre, ya que identificaba éste con la brutalidad. Tuvo varias crisis nerviosas durante las cuales sufrió periodos de anorexia; no soportaba ir a comprar vestidos, ni contemplarse en los espejos.
En su obra Fin de viaje relata la reacción de la protagonista ante el deseo masculino: "se quedó tumbada, quieta, fría como una muerta". Cuando se casó con Leonard Woolf escribió la novela Noche y día, narrando la atracción intelectual que Leonard sentía hacia ella y su fascinación por el poder que él tenía sobre la gente. Desde la publicación de ese libro tomó el apellido de su esposo.
El matrimonio no tuvo hijos porque Leonard temía que las crisis mentales de ella lo dificultaran. En 1913, tras una crisis, Virginia tuvo un intento de suicidio, lo que acabó de decidir a Leonard sobre la cuestión de los hijos.
Cuando la autora entraba en fase de anorexia, su marido se sentaba a su lado y la iba convenciendo de comer llevando la comida hasta su boca. El historial médico de Virginia se resume en varios intentos de suicidio, reclusión en sanatorios, convalecencias en su hogar atendida por Leonard y enfermeras, jaquecas, colapsos, taquicardia, y, principalmente, insomnio. Recurría a los trabajos manuales para tranquilizarse, especialmente a la linotipia y la encuadernación de libros.
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| Vita Sackville West |
Virgina tuvo un episodio de amor lésbico con Vita Sackville West a finales de 1922. Vita era una exótica poeta y escritora. Su fascinación por ella la inspiró para para crear al protagonista de su novela Orlando.
Entre las hermanas Virginia y Vanessa hubo una relación de dependencia emocional y de envidia profesional y personal. Virginia consideraba un orgullo ser escritora, aunque también valoraba la pintura; pero creía que era justo que ella fuera la famosa, ya que su hermana tenía hijos y otras ocupaciones además del arte, mientras que ella se había consagrado por completo a la escritura.
En la familia Stephen había una tendencia a los desequilibrios mentales. Adrian y Vanessa, hermanos de Virginia, también sufrieron depresiones, y su hermanastra Laura permaneció encerrada hasta su muerte en una institución psiquiátrica.
Más sobre su biografía.
domingo, 25 de septiembre de 2005
David Nebreda. Autorretratos del infierno
...he conocido al enemigo de dentro y de fuera. Tengo miedo de seguir utilizando mi sangre, las quemaduras, los azotes, el agotamiento, los clavos. Sólo conservar de mi patrimonio el silencio...
David Nebreda
David Nebreda es un fotógrafo español que vive en Madrid. Nació en esa misma ciudad, en 1952. Se le diagnosticó esquizofrenia paranoide en la adolescencia y estuvo internado en distintas clínicas. Sin embargo, desde hace dos décadas no toma medicación alguna y su única terapia es su trabajo fotográfico.
Sus imágenes documentan los severos ayunos y flagelaciones a las que se somete, así como las heridas y llagas que se produce. Nebreda come apenas lo mínimo dentro de un estricto régimen vegetariano. Seguramente su caso se consideraría más esquizofrenia que anorexia, pero quise incluirlo aquí por considerar que su trabajo cuestiona las fronteras entre arte y enfermedad.
Nebreda ha estado recluido en su departamento por veinte años, sin establecer contacto con nadie, ni permitiendo que alguien lo establezca con él, aunque esto es sólo relativamente cierto. Su trabajo llegó a manos del galerista Renos Xippas por medio de un conocido de Nebreda, y éste decidió hacerle una exposición. 
Sus fotografías muestran un cuerpo esquelético y flagelado, cuyas señales de tortura física insinúan un sufrimiento aún más perturbador: el que lo lleva a hacerse eso.
Aunque algunos puntos pueda llevar a cuestionarse la autenticidad de las condiciones de reclusión de Nebreda (porque si no sale nunca y no ve a nadie, ¿cómo obtiene material fotográfico, como revela sus trabajos con una calidad tan profesional...?), las fotografías son un testimonio visual escalofriante de cómo es vivir con tanto dolor interno.
Más sobre su obra fotográfica y otras reflexiones.
Dolores O’Riordan. La canción del dolor
La familia de Dolores vivía de la agricultura, por lo que ella y sus hermanos tuvieron que hacerse cargo de las siembras, mientras que Eileen, su madre, trabajaba en un pequeño restaurante bar y atendía a los hijos más pequeños. La casa de la familia contaba tan sólo con dos habitaciones para nueve personas.
A los cinco años Dolores empezó a tocar el órgano en la iglesia y a cantar. Cuado tenía siete años, su hermana mayor causó accidentalmente un incendio dentro de la casa. Los O'Riordan quedaron entonces sin hogar, pero los vecinos de la familia se organizaron para ayudarlos a construir una nueva casa, mucho más grande que la anterior.
Durante su infancia, a Dolores no le agradaba jugar con otras niñas, en cambio prefería pasar el tiempo jugando con sus hermanos. Desde pequeña quería ser más libre y decidir por ella misma, algo que envidiaba de sus hermanos y el resto de los chicos. Por estas y más razones, se acostumbro a llevar el cabello muy corto para confundirse entre los chicos, disfrazando y ocultando cualquier rasgo de femineidad.
A los doce años escribió su primera canción, llamada Calling, que hablaba sobre su primer amor, uno de sus maestros en el colegio. En la escuela nunca tuvo muchos amigos, y le apodaron “The girl who writes songs”. Durante su adolescencia, le encantaba la música de grupos como Duran Duran y The Smiths y admiraba a Sinead O'Connor y Patsy Cline.
La banda de la que es vocalista, The Cranberries, se hicieron famosos con la canción Zombie, que denunciaba la situación en Irlanda del Norte tras la guerra con Gran Bretaña.
En 1996 la prensa sensacionalista británica empezó a correr rumores de que la cantante sufría anorexia.
En 2007 ella firmó contrato con la compañía Sanctuary Records y lanzó su disco como solista Are you listening?
Actualmente Dolores O´Riordan tiene cuatro hijos con su esposo Don Burton.
Mariel Hemingway. La maldición Hemingway
A través del yoga te enseñas a ti mismo a liberarte y observar.
Mariel Hemingway
Actriz y modelo. Nació el 22 de noviembre de 1961. Su padre fue el escritor Jack Hemingway, y su abuelo el ganador del Premio Nobel, Ernest Hemingway, quien se suicidó meses antes de que ella naciera. En 1976 participó con su hermana Margaux en la película Lipstick. Fue nominada al Óscar por su actuación en Manhattan, de Woody Allen. Ha realizado numerosos papeles como lesbiana o bisexual, aunque de hecho está casada con un escritor y director de cine, con quien tiene dos hijas adolescentes.Su hermana Margaux se suicidó en 1996, cuando tenía 41 años, justo un día antes del aniversario del suicidio de su propio abuelo. La propia Mariel tuvo una vida turbulenta y padeció un trastorno de alimentación severo. Ha tenido que sobrellevar lo que llama “la maldición Hemingway”, luchando contra la depresión y sus propios pensamientos suicidas.

En el libro Finding My Balance, habla sobre su infancia, sus relaciones familiares y de cómo el yoga y la maternidad la ayudaron a enfrentar sus demonios y reconectarse consigo misma. Cuenta que cuando empezó a practicar yoga empezó a experimentar sensaciones que ningún otro ejercicio le daba: “empezaba a sentirme en paz. También empecé a tener una percepción diferente sobre quién era. Y esa fue realmente la clave para mí. Empecé a verme de un modo más suave”.
sábado, 14 de diciembre de 2002
De madrugada

Pero lo más agobiante, lo que verdaderamente me atemoriza es que en las madrugadas me da por vomitar. Hoy, por la mañana, desayuné un pan que sobró del día anterior. Mamá no vio cuando lo engullí. No me gustan los testigos. A veces prefiero comer a solas, sin sentir las miradas escrutadoras de mi familia, que se plantan ante mí como enemigos. Procuro llevar una sana alimentación. Odio las verduras, pero las como, al igual que la fibra y los sustitutos de azúcar. Lo que ellos comen, sobre todo mis hermanos, está prohibido para mí y llegan a hacerme burla, pues los hombres no deberíamos preocuparnos por esos detalles del buen físico y la buena salud, dice papá. Hay ocasiones en las que me robo un pedazo de carne frita o como varias cucharadas de guisado, todo esto cuando nadie me ve. Mas luego siento que de mi interior nace una voz maligna que me reprocha y no me deja en paz. Por eso vomito. Al principio lo hacía para que la voz se fuera de mí, pero cuando se internó a perpetuidad, me abstuve de comer porquerías. Después mi organismo, que es muy sabio, programó un mecanismo de lo más implacable: pasa que en las madrugadas comienza a crecer una bolita que se vuelve una gran masa caliente que rueda y sube, se estaciona en mi pecho y no puedo respirar, más tarde se hace una tripa y camina por mi esófago hasta que siento la cabeza de esa masa cosquillear en mi garganta y en mi campanilla. Entonces me incorporo. Me lagrimean los ojos. Las yemas de mis dedos me cosquillean. Y la maldita sensación queda ahí, firme y certera hasta que sale. Esto ya es cotidiano, desde hace meses, pero es imposible acostumbrarme porque nunca siento igual aquella expulsión.
No produzco ningún ruido. Nadie en casa me ha sorprendido en tal acto, por demás involuntario. Y qué bueno, porque aquello que expulso es demasiado para ser real, aunque lo es. La primera vez que vomité fue una canica transparente con una figurilla azul en el centro. Luego, un soldadito de plástico verde. Van tres o cuatro barquitos de papel que salen deformes y empapados de saliva. Algunos cabellos de muñeca o pelusa de osos de peluche. Lo más doloroso fue una mancuernilla de oro de papá. De mamá, unos prendedores para el cabello que recuerdo desde la infancia. De mis hermanos no había expulsado nada, hasta hoy. Del mayor, extraje un calcetín roto que casi me asfixia. Del menor, un cepillo dental, de hirsutas cerdas que me rasparon hasta dejarme afónico. Ellos no lo saben, y por supuesto no seré yo quien se los diga. Repito: todo esto sucede en las madrugadas y nadie conoce mi secreto.

Por eso intento no comer. La lechuga, por más que la mezclo con limón o aderezos, no me satisface en lo absoluto. Odio los caldos de gallina. La fruta me empalaga y la repito a cada rato. El agua simple me hace presión en la garganta y al agacharme se me viene por la nariz. Me esfuerzo por no comer porquerías, pero mi organismo, que es tan caprichoso y malvado, ya no perdona las veces que sí lo hice. Por eso se venga de mí en las madrugadas y paso los momentos más difíciles.
Hace seis meses comí carne frita en una comida familiar. Tenía tiempo que no me daba esos permisos. Incluso negocié conmigo, prometiéndome que al día siguiente retomaría mis hábitos… Pero no lo hubiera hecho. En la madrugada volví a sentir el malestar en mi estómago y lo que expulsé fue mi primer biberón y enseguida un escapulario que me dio papá en mi primera comunión. Lo juro: creí morir de asfixia. Me faltaba el aire. La angustia se almacenó en mi garganta. Los ojos me ardían. Sentí desprenderse mi cara. Me privé un rato hasta que salieron el biberón y el escapulario. Fue el primer atentado, de mí contra mí.
Ahora pienso más en las consecuencias. No me doy permisos porque mi cuerpo es embustero. Llego a molestarme si mamá insiste mucho en obligarme a probar su comida. Veo con repugnancia la valentía de mis hermanos cuando consumen la grasa sin detenerse a pensar en el daño que se causan. Los odio cuando comen.
Digo que todo está en mi contra porque es seguro que me reprueben en varias materias, que papá no quiera dirigirme la palabra luego de que me enojé con mamá por agregarle aceite a mi ensalada de verduras. A veces siento que estorbo, que me estorbo cada que pienso en comida.

Ya casi es medianoche. Dentro de poco sentiré el malestar y la masa saldrá convertida en algo. Espero, sinceramente, que un día yo sea el objeto expulsado. Quizá, si eso pasara, no habría necesidad de todo esto. Tal vez se acabarían mis pesadillas. Es posible que mis tormentos cesaran. Pero eso nunca va a pasar porque tendría que comerme a toda mi familia y aún soy frugal para emprender tal empresa. Dormiré mientras se pueda. Todo esto es una pesadilla, y en un rato más voy a despertar…




