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miércoles, 24 de febrero de 2010

Tan frágil que nadie se atreva a hacerte daño

Supongo que nunca quise tanto ser hermosa o ser delgada en sí como verme frágil. Por eso me pareció tan acertada la idea del título que tomé del blog Save Me de Angelito.

Para el promedio de mi país soy alta: 1.66, que alcancé desde que tenía catorce años (en realidad llegué a medir 1.68, pero como a esa edad empecé a sufrir de anorexia perdí dos centímetros de estatura, que es algo relativamente frecuente en quienes sufren el trastorno cuando están en desarrollo).

De mis amigas soy la más alta y en la universidad recuerdo mirar anhelante los micro pantalones de mis amigas que medían 1.50. De hecho, una de ellas hizo alguna vez un comentario sobre lo anchas que eran mis piernas en comparación con las suyas. Sin embargo, aunque había catorce centímetros de diferencia entre ambas yo sólo pesaba tres kilos más que ella.

En la foto, Audrey Tautou

Mucho de lo que perseguía con la anorexia era verme frágil, mostrarle a la gente a mi alrededor que no era tan fuerte como otros me veían, decirle a mi familia, a mis maestros, a mis amigos: ya no puedo más. Ser tan frágil que en efecto, nadie se atreviera a dañarme.

No creo que la anorexia te haga hermosa, al contrario, te de un halo de debilidad y hasta de enfermedad. Recuerdo que cuando alguien me tomaba de los hombros (soy sumamente delgada de la cintura hacia arriba, aún hoy a veces me queda la talla cero) y me decía "siento que te voy a quebrar" por dentro me decía que eso era justamente lo que quería transmitir.

No sé por qué muchas veces fui incapaz de verbalizar o expresar de alguna otra forma que me sentía vulnerable, pero para mí la delgadez era la forma perfecta de que los demás se dieran cuenta que me estaba derrumbando.

Foto de una figura de cristal en Venecia, de Malachica.

Aún ahora siento a veces el deseo desesperado de verme frágil, de sentirme tan ligera y tan pequeña que todos tengan el deseo de protegerme. Pero justo cuando siento el vértigo de querer bajar de peso, me pregunto qué cosas de mi vida son las que me frustran, las que quisiera cambiar, y trato de trabajar sobre ellas.

La feminidad es asociada tradicionalmente con la debilidad. Pero debemos descubrir que ser capaces, independientes y fuertes no nos hace menos mujeres. Que ser mujer es más que encajar en un estereotipo.

viernes, 29 de mayo de 2009

¿Qué es belleza? Realidad de la belleza

Hay un canon estético que consagra el arte y un canon que es el de la belleza real de la época. Quizá hay tiempos en que estos son menos distantes: seguro no todas las mujeres del tiempo de Goya se veían como la Maja, pero sí había mucho menos diferencia corporal entre ellas y la modelo del pintor.


El canon estético de nuestro tiempo está definido por otros parámetros que no son la pintura llamada "realista": figuras de cómic o anime y, por supuesto, fotografía de modas. La fotografía de modas lleva, invariablemente, un largo proceso de edición digital. Eso sin contar el trabajo de iluminación y maquillaje que se hace antes de las tomas, porque, por supuesto, la fotografía es un arte. Programas como Modelo por un día del canal Discovery Home and & Health nos muestran que una mujer de apariencia sumamente cotidiana puede transformarse en un ícono de glamour en poco tiempo. Entonces, resulta que el canon más "artístico" de la belleza femenina en nuestra época es también sumamente irreal.

Encontré una encuesta interesante, que da una buena idea del canon de la belleza "real" en nuestra época.

Redacción
El Universal
Miércoles 12 de noviembre de 2008
estilos@eluniversal.com.mx

Aunque en la actualidad existen decenas de productos para el arreglo de las mujeres, los hombres las prefieren más naturales, según la encuesta de la revista Cuore, realizada en España, que también indica que 81% de los varones prefiere chicas con cara bonita antes que un cuerpo escultural.


La encuesta, que retoma el sitio 20minutos.es, revela el gusto de los hombres por las mujeres sin maquillaje, de melena larga y vestidas de una forma más natural, es contrario al interés que muestran las chicas por teñirse y cortarse constantemente el cabello.

Tampoco les agradan los piercings y el exceso de músculo de las que aman vivir prácticamente en el gimnasio; antes prefieren chicas con un poco de vientre e, incluso, con un poco de celulitis.

Aquí otros de los puntos más destacados de la encuesta:

Los encuestados insisten en que no les importa si ellas los superan en altura.

Admiten que les agradan los traseros de gran tamaño y el busto proporcionado al resto de su cuerpo.

Prefieren la feminidad a los músculos.

Nada de exageraciones en el arreglo; de hecho les gustan mujeres sin adornos, ni peinados exagerados, ni joyas, ni grandes capas de maquillaje.

Consideran que son más sexys las mujeres que usan tacones y no les parece fundamental que la mujer esté perfectamente depilada al momento de un encuentro sexual.

Les disgustan las uñas exageradamente largas y las medias de red, pues las consideran vulgares

El 80% dijo ser exigente con la lencería.



Una vez más, la belleza es perspectiva. O, como dicen un dicho oriental, no radica en quien la posee, sino en quien la mira.

En este caso, elegí imágenes de una fotógrafa mexicana para ilustrar. Son parte de la serie Bella de día, de Elivet García. Disculpen de antemano si hieren alguna sensibilidad. La serie en sí es mucho más fuerte, pero creo que estas tomas parten de la misma idea que aquí expreso: el canon de belleza al que se espera nos sometamos como mujeres es no sólo absurdo, sino en ocasiones brutal.


miércoles, 14 de enero de 2009

El espejismo de la eterna juventud. Año viejo, año nuevo

Por fin, mi primera entrada de 2009. La verdad, quise escribirles antes de las fiestas, pero tuve semanas difíciles: cantidades sobrehumanas de trabajo (así es siempre diciembre para mí), sumadas a un viaje a la playa (a lo menos conocido de la Riviera maya, para ser exactos). Y el inicio de año me tomó baja de peso, cansada y hasta con los niveles de hierro bajos de nuevo. Ya estoy tomando un suplemento, y la nutrióloga me dijo que mientras haga ejercicio recuperaré masa muscular, pero que aún estoy dentro del rango saludable de peso. En fin. Acá estoy, contenta y dándole.

Hace unos meses,viendo la televisión por la noche, di con u programa sobre la vida de una top model sumamente delgada, blanca y pelirroja. (Por fin la encontré: se llama Camille Melrvin Leroy. En esta página hay algunas fotos y datos sobre ella).Esta chica, que apenas estaba por rebasar los 18 años hablaba de dejar su carrera de modelaje para ir a la universidad.

La chica en la foto es Camille. Inició su carrera de modelaje muy joven, cerca de los 14 años.

Un comentario del locutor me impactó: que muchas mujeres no saben que a menudo las modelos son sólo adolecentes o chicas prepúberes cuya talla una mujer plenamente desarollada jamás podrá alcanzar.

Quise iniciar el año también con este cuadro de Dalí: Ballerina in deaht's head, 1939. Dalí es de mis pintores favoritos (para los que no lo habían notado) y esta imagen es asombrosa: una ilusión óptica que funde belleza y muerte. Simbólicamente, creo que dice mucho del estándar de belleza contemporáneo.


Es evidente que nuestra cultura está obsesionada con la juventud: así lo evidencian las cremas antiarrugas o el reciente boom de los ejercicios "rejuvenecedores". Todo esto me parece lamentable, porque desde mi perspectiva, si disfrutamos realmente la vida a cada instante no tenemos porque temer el envejecer. Envejecer es un proceso natural que está en marcha desde que nacemos, y sería terrible que una persona de cincuenta siguiera siendo exactamente igual que como fue a los diecisiete. Quizá, físicamente hablando, lograrlo sería el sueño de muchos, pero no existe la maduración selectiva: aprendemos, adquirimos experiencia y nuestras células mueren, nuestro organismo se hace mayor. Y creo que eso debe de tener un reflejo e nuestro aspecto. No digo con esto que comer saludablemente esté mal, o que ejercitarse sea una vanidad inútil. Al contrario, muchas culturas que se caracterizan por la longevidad alcanzada por sus ancianos (como la china o la mediterránea) han logrado tal desarrollo por sus hábitos de alimentación y su estilo de vida al aire libre y con largas caminatas.

Aunque por el estilo no sea evidente, este cuadro es también de Salvador Dalí. Se ha fechado como cercano a 1923 y me gusta por su luminosidad riente. Belleza natural, sería mi subtítulo.

Lo que critico, una vez más, es el estereotipo irreal que predomina en nuestra sociedad occidental: que es más bella una chica de quince que una mujer de cuarenta. Definitivamente no es así; una de quince es más joven, y una de cuarenta más interesante, sólo eso. Ambas pueden ser sumamente hermosas.
Espero que esta reflexión también ayude a replantear algo común entre quienes sufren un TCA: el miedo a crecer, que final es también miedo al envejecimiento. Feliz año. Un año más a nuestras vidas.

lunes, 3 de noviembre de 2008

Cambiar el mundo. Recuento implícito de mis héroes


Para quienes me han enseñado que el mundo sí puede cambiar.
Para Dhanaev, Yomeniego y Oveja Rosa (por recordarme la que fui).
Para ITL, MSP, ACM, MM, y mis otros hermanos de
utopías. Porque con ustedes llegué a ser la que soy.

Este post va muy relacionado con el anterior. Porque la rebeldía es declararse en guerra contra el mundo hasta cambiarlo.
No sé cuando fue la primera vez que quise cambiar el mundo. Para muchos, este deseo que se transforma en lucha viene indisolublemente ligado a la adolescencia cuando: 1.- Te das cuenta de que el mundo está jodido. 2.- Crees que la situación puede cambiar. 3.- Te da por intentar cambiarlo. Para muchos el fin de la adolescencia significa el fin de los puntos 2 y 3, ante el cada vez más firme convencimiento del 1.
Hace unos meses, una amiga me hizo recordar la primera vez que me plantee seriamente que el mundo tenía que ser distinto de como es. Tenía ocho años entonces, y ahora, que estoy cerca de cumplir los 25 y ya lejos de lo que normalmente se admite como adolescencia, sigo igual de terca en lo mismo. Pienso que el mundo debe cambiar, mucho y de muchas maneras. Esa convicción mueve mucho de lo que hago, desde hacer trabajo voluntario gratuito hasta escribir este blog (y muchas otras cosas que no vienen a cuento).

Tamara en el Bugatti verde, autorretrato de Tamara de Lempicka. Como sintetizó la revista Auto-Journal en 1974, “el autorretrato de Tamara de Lempicka es la imagen real de una mujer independiente que se hace valer. Una mujer libre”.


Conforme pasa el tiempo, cada día me convenzo más de que el mundo está tristemente mal. Digo, basta con abrir los periódicos o ver un noticiario para presentirlo. Sin embargo, contra la experiencia, sigo creyendo que la situación puede cambiar porque conozco a muchas personas que han demostrado que la esperanza es el más necio de los sentimientos: Activistas que perdieron a sus parejas en los 60 bajo las balas del poder, exiliados que tuvieron que dejarlo todo para salvar la vida, madres de desaparecidos políticos, señoras de ochenta años que cada día toman su bolsa de mercado y salen, con su reuma y sus achaques, a enfrentar al mundo con una sonrisa. Amigos que, pese a los guiños del poder, las vueltas de la vida y la edad, no dejan de ser críticos. Todos ellos son mis héroes.
Y entre mis héroes y heroínas cuento también a varios hombres y mujeres que se han recuperado de un trastorno de la alimentación o una adicción. A ell@s los admiro porque al final un TCA o una adicción son producto no sólo de tonterías de adolescencia, "modas" o algo semejante; son producto de nuestra sociedad con sus estereotipos, enfermedades, traumas y decadencias. Son un síntoma del "malestar" de nuestra cultura que se revela en sus miembros más sensibles. Y quienes se han recuperado dan testimonio de algo valioso: el mundo (al menos nuestro mundo particular) sí puede cambiar. Ellos son pruebas vivas de ello.

jueves, 16 de octubre de 2008

La anorexia como rebelión

Siempre he pensado que la anorexia es, de un modo u otro, una forma de rebelarse. En mi caso, era la forma última que yo, siempre excesivamente atenta a las demandas de los demás, encontraba de decir NO.
En los primeros casos de anorexia documentados durante la Edad Media, la enfermedad era un modo de protesta religiosa. Por ejemplo, para Catalina de Siena fue el modo de oponerse al matrimonio y optar por la vida monástica.
Para muchas, es una forma de pelear contra la pubertad y sus curvas, contra el ser mujer. (Y que sea en cierto modo una pretensión absurda por eternizar la niñez y detener el tiempo no quita que sea una rebelión).
Para numerosas víctimas de abuso sexual, la anorexia es una negación del cuerpo y por ende de su vulnerabilidad.

Foto de Jimena Almarza

Para otras es una negación de la maternidad, del molde de mujer que la sociedad ha querido imponer: un esqueleto no puede ser madre, no puede cubrir la doble jornada de empleada exitosa, ama de casa y esposa.
Y sin embargo, esta literal huelga de hambre viene condenada al fracaso: no podemos negar el cuerpo ni detener el tiempo. Y si podemos cambiar los estereotipos sobre la feminidad no es dejando de comer como lo lograremos. Hace falta hablar, actuar. No bajarse del tren de la vida, sino tomarlo a la brava.

jueves, 25 de septiembre de 2008

La celulitis como parte de la condición femenina

Para las fiestas patrias fui a la playa con mi chico. Un viaje muy lindo, que me dio la oportunidad de pensar otra vez sobre los estereotipos que guardamos sobre el cuerpo. En lo personal, me considero más bien desinhibida: uso trajes de baño mínimos de dos piezas. Así lo he hecho desde la pubertad, aún en los años que padecí el trastorno con más fuerza. Lo repito, mi problema no era la imagen corporal. Años de subir y bajar de peso con la anorexia me han dejado piel sobrante en el trasero, el estirón acelerado de la pubertad me dio estrías y además, aunque soy delgada, tengo celulitis leve. Y todo esto no me importa.
Las tres gracias de Rubens, 1625-1630

Creo que mucho de ser sexy radica no tanto en el cuerpo perfecto, sino en la manera de llevarlo, en la seguridad. Y como les digo a mis amigas, la celulitis es parte inseparable de la condición femenina. El cuerpo de una mujer está compuesto básicamente, además de por agua y huesos, por grasa. La celulitis ha sido apreciada de distinta manera según las épocas y las modas, pero finalmente es el reflejo cutáneo de las reservas de grasa necesarias para la maternidad.
Dice Isabel Allende en su libro Afrodita que entre las odaliscas de medio oriente los hoyuelos en muslos y trasero eran sumamente apreciados, y cuadros como Las tres gracias de Peter Paul Rubens nos muestran como ideal de belleza a tres muchachas rollizas.
Y aún hoy día, mujeres tan atractivas como la actriz Jennifer Love Hewit tienen celulitis. Por cierto, me pareció genial la respuesta que ella dio a las críticas sobre sus fotos en traje de baño publicadas recientemente: que ama su cuerpo, y que todas las mujeres deberíamos hacer lo mismo.
Celulitis sí, anorexia no.
Claro, no faltó quien dijo que mejor ninguna de las dos.

Este verano volví a una comunidad indígena tzeltal enclavada en la selva Lacandona. Fui para hacer trabajo voluntario. La última vez que estuve ahí estaba en una crisis de anorexia y el trabajo fue bastante intenso, desde picar piedra hasta acarrear agua de un río. El esfuerzo fue demasiado para mi cuerpo debilitado, y sumado a la altitud, la aventura acabó en que me desmayé en una de las fiestas de fin de año. Asusté bastante a mis compañeros porque, desde luego, nadie tenía ni idea de que tuviera anorexia. Comprendí que mi decisión de ir en ese estado había sido irresponsable, pero también que finalmente eso me dio esperanza para seguir adelante, para recuperarme. Por eso, más de dos años después, me dio gusto poder regresar y aguantar el ritmo de trabajo (además, paradójicamente, me tocó hacerme cargo de la cocina. Y debo de decir que preparé los más ricos frijoles de Chiapas). Además, en el lugar donde dormíamos tenía como recordatorio constante un mural con la consigna Celulitis sí, anorexia no, lema adoptado en un encuentro de mujeres que también fue como una ironía ante las críticas al subcomandante Marcos por su sobrepeso.
Con esto, cierro el tema. La celulitis, como la talla, es un atributo que puede considerarse de diferentes maneras dependiendo de nuestra cultura y nuestra época. Sin embargo, la seducción es otra cosa. Depende de la intencionalidad de nuestros movimientos, de la intensidad del deseo. De un vaivén en la cadera, el cerrar de un ojo, el olor de nuestra piel. Es una esencia misteriosa y única para cada persona. Yo, me quedo con mi bikini.

jueves, 31 de julio de 2008

La tiranía de lo bello

Quisiera volver sobre el tema de la belleza y sus implicaciones culturales. En este post me enfocaré más a cómo la condición de “deseable” convierte el cuerpo de las mujeres en país ocupado, escenario de violencias interminables. Muchas de estas violencias son sin embargo consideradas símbolo de status, y son una condición ya sea para el matrimonio o para la aceptación y el éxito.

La antropóloga Mónica Tarducci afirma que las pautas de qué es bello o no las establecen quienes tienen poder. Para marcar una diferencia con el resto de las clases sociales se busca algo inalcanzable para las personas comunes; por ejemplo, los pies en las mujeres chinas, que no eran las mujeres comunes, porque con esa tortura no puede llevarse una vida normal.

Desde el siglo VII y hasta principios del XX, las mujeres chinas eran sometidas a un procedimiento cruel para empequeñecer sus pies lo máximo posible. A los cuatro o seis años se les fracturaban los cuatro dedos más pequeños del pie y durante dos años usaban un apretado vendaje que mantenía los dedos rotos apuntando hacia el talón. Este proceso podía llegar a reducir el tamaño de los pies a tan sólo diez o doce centímetros de longitud. Esto empezó siendo un lujo de las clases privilegiadas, pero posteriormente se convirtió en requisito para contraer matrimonio.
Durante el proceso, los nervios de los pies quedaban destruidos. A la larga las mujeres sufrían problemas de columna debido a que carecían de un apoyo adecuado.

Aunque en la actualidad esta deformación de los pies ha dejado de practicarse, hay otro procedimiento mucho más temible al que son sometidas muchas mujeres: la ablación o mutilación del clítoris. Consiste en extirpar el clítoris y los labios menores de la mujer, aunque en algunas modalidades incluye también cortes en los labios mayores. Esta práctica se da principalmente en la zona central de África, pero con la migración se ha extendido a Estados Unidos y naciones europeas como España.

Muchas mujeres mueren desangradas o por infección en las semanas posteriores a la intervención, ya que casi siempre se realiza en condiciones poco higiénicas. Se calcula que actualmente existen 135 millones de mujeres y niñas en el mundo que han sufrido esta mutilación. Su práctica es cada vez más frecuente, y se ha extendido a niñas cada vez menores. Entre algunos grupos este procedimiento es una condición para que la mujer pueda casarse.
Sharbat Gula, retratada por Steve McCurry. Aparece usando burka completa y sostiene la imagen que McCurry tomó de ella cuando tenía once o doce años y fue portada de la revista National Geographic.

Algo mucho menos radical, pero que nos parece abominable a muchos occidentales, es la costumbre musulmana de que las mujeres cubran su rostro con un velo. Sin embargo, como señala Fatema Mernissi, la mujer occidental no es mucho más libre. Mientras que las musulmanas ayunan sólo en el mes de Ramadán, las occidentales lo hacen constantemente sometidas a la esclavitud de la delgadez.

lunes, 30 de junio de 2008

La belleza es un corsé de acero

El único lugar público que se le concedió a la mujer tradicional fue el de la belleza

Rosa Montero, La arruga es bella


La moda era una forma de tortura legalizada.

Linda Watson, Siglo XX moda


Desde siempre el cuerpo de las mujeres ha sido un país ocupado, un escenario de distintas violencias. En algún lugar leí que los seres humanos somos la única especie que puede tener sexo sin el consentimiento de la hembra, pero no me refiero sólo a eso, sino a la violencia que está latente hacia las mujeres por otra razón: la estética.

"La ropa del hombre siempre se ha diseñado para sugerir dominio físico y/o social", dice Alison Lurie en su libro El lenguaje de la moda. Las prendas que limitan la movilidad de la mujer han existido desde épocas remotas para subrayar su papel pasivo, limitado a la esfera doméstica.

En las sociedades primitivas las mujeres obesas simbolizaban la fertilidad, ya que tenían mayor capacidad para gestar y criar hijos. Pero conforme la civilización se fue refinando, parece que también la tiranía de la moda sobre el cuerpo de las mujeres prosperó.

Las perlas de Afrodita, Herbert Draper. En el Renacimiento el ideal de la mujer fue mucho más voluptuoso.

A mediados del siglo XIX el corsé hizo furor. Su objetivo era reducir la cintura de la mujer para realzar sus pechos y glúteos. Algunas mujeres llegaron, mediante el uso de corsés y corpiños especiales, a lucir cinturas de menos de 35 centímetros.

Mademoiselle Polaire fue una cantante del siglo XIX famosa por su diminuta cintura.

Una editorial de un periódico de 1923 se rebelaba contra esta invención: "El corsé es la más extraordinaria invención de la coquetería femenina, aparato de tortura que marchita la belleza con el pretexto de hacerla valer, implacable destructor de toda gracia natural, horrible tutor que sustituye la rigidez a la admirable flexibilidad de las bellas flores humanas [...] Tampoco se puede decir que sea útil, necesario, como lo afirman aquellos que lo fabrican y venden y lo creen ingenuamente las que lo llevan. Es sólo un agente de destrucción de la belleza y la salud femeninas".

El uso de esta prenda provocaba deformación de órganos internos, atrofia de los músculos abdominales, problemas gástricos, dificultad respiratoria y problemas de columna.

En los años 50 se utilizan fajas y corsés para hacer más prominentes los senos y disimular las caderas. Ya en los 60 las curvas se empezaron a ver en todo el cuerpo, pero con la cintura aún estilizada por fajas. En los 70 se lucían más los glúteos y se agregaron los zapatos en punta que torturaban la espalda de la mujer.
La muñeca, Hans Ballmer


En los 80 los cuerpos estilizados por las pesas y los abdominales eran la moda, los aerobics se hicieron populares y se empezó a promover un cuerpo con menor grasa corporal. Diez años después se suplieron los ejercicios, las fajas, y los corsés por la cirugía plástica. El ideal de belleza se volvió prácticamente impensable sin el bisturí. Sin embargo, entre las mujeres que se han hecho un aumento de busto el índice de suicidios es tres veces más alto que en el resto de la población.


Ahora en pleno siglo XXI la delgadez se está apoderando de las mujeres, es un corsé invisible lo que aprisiona nuestros cuerpos.

miércoles, 28 de febrero de 2007

Seréis sólo hombres o mujeres

Y el dios de los reaccionarios dijo:
seréis en todo hombre o mujer y sólo así viviréis...


Kant proponía que los a priori de la percepción humana eran el tiempo y el espacio. En lo personal, creo que hay otros a priori: masculino y femenino, que no son más que formas en que los seres humanos nos percibimos unos a otros para clasificarnos y etiquetarnos. Pienso que el alma y el corazón de los seres humanos nacen y existen sin tener un género determinado. Sin embargo, bajo los a prioris de este mundo prejuicioso, mi alma es mayoritariamente masculina.
Quizá por eso desde niña me dijeron que algunos de mis talentos más sobresalientes eran completamente indeseables, por lo menos en una mujer. Me inculcaron la idea de que el carácter dominante, el liderazgo, la fortaleza, el valor y la entrega a grandes causas son típicamente masculinos. Y yendo más lejos aún, la sociedad machista y extremadamente católica donde fui educada pretendió imponerme la idea de que el amor por el arte, el conocimiento y la verdad eran propios exclusivamente de los hombres.
Tal vez al principio cedí un poco en la exigencia intransigente de ser más dulce, más tierna, más una niña, y hoy todavía me arrepiento de eso. Pero pronto comprendí que si sólo podía dar gusto a otros sacrificando mi esencia, más me valdría ser una proscrita.
Así, en mi mundo de monjas y machos, yo me negué a ser otra, a “ser más mujer”. Estoy orgullosa de todo lo que soy espiritual e intelectualmente; por eso decidí no cambiar a costa de una aceptación que nunca necesité ni pedí. Mi alma entera es lo que más amo de mí y decidí que no me traicionaría, que mi forma de ser no era negociable, ni aún a cambio del amor de mis padres o de mi Dios.
Sin embargo, por más que odié muchos de los preceptos de quienes me educaron, no pude evitar que algunos de ellos penetraran en mi alma hasta hacerse míos. Además, creo que el mundo donde crecí tiene un sistema de dominación bastante perfeccionado: no permite la duda ni la contradicción, ambas son pecado de soberbia. Por eso no pude ir a contracorriente en todo, necesitaba un grado mínimo de aprobación, de amor. Sin bien elegí no cambiar ni en un ápice mis pensamientos y actitudes masculinas, opté por transigir en algo mucho menos valioso para mí: el aspecto exterior, el físico.
En mi entorno la feminidad física siempre ha sido equiparable con la pequeñez, con la fragilidad. Así las mujeres demasiado altas siempre han sido tachadas de poco femeninas, y si además de altas son gruesas reciben calificativos como el de “saca borrachos”.
No soy excesivamente alta, pero mi erguido caminar y mi afición por los zapatos de tacón crean la falsa impresión de que tengo una estatura mayor de la que realmente poseo. Por eso comprendí que al menos bajita no podía ser, pero sí podría ser pequeña de otra forma: siendo fina. Entendí que nunca sería emocionalmente frágil, que no sacrificaría la fuerza emocional y espiritual que tanto me enorgullecía, pero que sí podría ser físicamente débil.
Cedí en vestirme, hablar, caminar, peinarme, maquillarme y ser en todo mi exterior una mujer. Y a cambio gané mi libertad de ser completamente masculina en mis emociones, intelecto y actitudes. Cumplí mi parte del pacto: Fui pequeña y frágil a cambio del amor y aceptación que no pude obtener de otra forma. Y no me arrepiento.
Quizá algún día pueda comprender que no necesito ceder en nada para que me amen –si me aman de verdad–, y que los seres humanos somos entes en los que el cuerpo es tan valioso como el alma, no menos. Ojalá que ese día no llegue demasiado tarde.

3 de febrero de 2003

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