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lunes, 6 de noviembre de 2017

A doce años de haber sufrido anorexia. La vida puede ser todo lo mejor que imaginaste, y más

El tiempo se consume sin cesar ante nuestros ojos. A veces lento, a veces muy rápido. Han pasado casi cuatro años desde la última vez que escribí aquí, y muchas cosas han cambiado en mí y en mi vida.


Justo en ese año y el siguiente vi destruidas las sucesivas vidas que me fui construyendo por lo menos tres veces. En 2013 me casé en una ceremonia budista con el que había sido mi compañero por ocho años. Nos fuimos de luna de miel al sureste asiático y nos separamos seis meses después de la boda. ¿Qué pasó? Él dice que tomamos caminos distintos. Yo digo que diferentes siempre fuimos, que más bien él tuvo una súper crisis de los 40 y no estuvo para apoyarme en un momento en que yo lo necesitaba después de haber dedicado tres años de mi vida a ayudarlo a echar a andar una agencia de comunicación.


Inicié una maestría en antropología social que me hacía muchísima ilusión y tuve que dejarla porque con la separación tuve dificultades económicas, la beca no me alcanzaba ni para pagar la renta y tuve una recaída de tifoidea que me hizo faltar a clases varias semanas.


 
Mis compañeros de la maestría con una de mis mejores amigas que fue mi maestra y Roberto Melville, una de las vacas más sagradas del CIESAS. La segunda foto es la presentación de un libro de José Sánchez, uno de los mejores y más entrañables maestros que tuve, quien me hizo el honor de invitarme como moderadora.


Durante los meses turbulentos de la separación tuve una de mis peores crisis de insomnio y mi ex --que aún no era ex-- me insistió en que consultara a un psiquiatra. Por primera vez en mi vida accedí a tomar medicamento y me diagnosticaron como un caso leve y altamente funcional de trastorno bipolar. También volví a terapia, y mi terapeuta fue contraria a la idea de que tomara medicina, pero lo hice ante todo para tratar de salvar mi relación. Duré tres meses tomándolos y  mi relación se fue al carajo de todas maneras. Sin embargo descubrí que el medicamento me ayudó mucho con la ansiedad, que en esos meses se volvió un peso que no me dejaba respirar ni pensar. La depresión simplemente se fue volviendo más manejable con el tiempo, la terapia y el apoyo incondicional de mi familia y mis amigos cercanos.







A diferencia de la anorexia, que sí considero una enfermedad que me hizo daño, decidí que para mí la bipolaridad no es un trastorno, sino una condición. Me ha acompañado por lo menos desde los catorce años, y nunca cambiaría el fuego encendido de la hiperia por la tranquilidad de una vida más plana y estable, aún si tengo luego que pagar el precio de temporadas de honda depresión. Digo, de todas formas, a mí la depresión me ha acompañado desde los ocho años. Es parte casi natural de mi vida y afortunadamente cada vez sé manejarla mejor.



El 2014 fue una continuación de ese maremoto. Una de mis mejores amigas vino de Ecuador a estudiar una maestría en México. Parte de su elección para venir acá y no a Brasil estuvo determinada por lo mucho que yo la necesitaba. Estuv poco más de un mes en mi casa, viajamos juntas, me ayudó mucho y también tuvimos terribles desencuentros: a ambas nos habían pasado muchas cosas desde que vivimos juntas en Madrid conquistando el mundo cada noche. En esa época también salí unos meses con un compañero de la maestría que terminó dejándome sin explicaciones porque un buen día se vio mudando maletas y llevando a los niños al kínder y le entró el pánico sin que yo siquiera pensara en nosotros como una pareja estable.


A fin de año me fui con mi amiga y un amigo suyo a una playa del Caribe Mexicano donde yo pensé quedarme a vivir por una temporada. Tuve una crisis de manía como nunca antes, y por primera vez en la vida en ella hice daño a varias personas además de mí misma. Ella y yo peleamos sin cesar por dos semanas hasta que me mandó al demonio. Mi amiga conoció en ese viaje a alguien con quien sigue hasta la fecha y yo conocí a muchas personas que tocaron mi vida de distintas e importantes maneras.

Foto: Kamila Chomicz, cineasta polaca que conocí en Bacalar.

Ese año también me ofrecieron un trabajo bastante bueno en una revista que me gusta. El sueldo no estaba mal, mi jefe fue una de las personas más extraordinarias con las que he trabajado y el equipo era genial. El dinero me cayó bien para estabilizarme, y descubrí que ser o tener un jefe zapatista es una de las mejores cosas del universo. No sólo me dejó irme a Chiapas a una semana de haber entrado a trabajar; una noche me recibió con mis dos rumies a las 3 de la mañana con recalentado de pozole cuando veníamos de una fiesta. Luego la dueña de la revista exigió su sacrificio de sangre anual y pidió mi cabeza. Desde entonces he sido vagabunda internacional y freelance de tiempo completo.




En 2015 me fui a Nicaragua a visitar a otra de mis grandes amigas editoras, y tras eso por fin conocí Nueva York. Ambos lugares y lo que trajeron consigo fueron para mí el inicio de una nueva vida que estoy profundamente agradecida de tener. Nicaragua me recordó la diferencia entre viajar y simplemente cambiar de lugar, y Nueva York se convirtió en una de mis ciudades favoritas, y con el tiempo en mi segundo hogar.
Ahora reparto mi tiempo entre la Ciudad de México y Manhattan como mis dos bases, y he seguido viajando mucho por México, también por Estados Unidos y Centroamérica, y espero el próximo año ir a Sudamérica o volver a Europa.

En Harlem, en casa de mi amigo Jas, que me dio mi primer hogar en Nueva York.




Laboralmente he sido parte de proyectos increíbles: edité las memorias de un piloto que trabajó para aerolíneas de tres continentes, y eso me dio el regalo de conocer a alguien que, siendo piloto como mi papá, tuvo la vida plena y llena de aventuras divertidas que él no tuvo. Participé en la edición electrónica de un libro de ficción histórica que quedó atorado, en una enciclopedia sobre artistas del estado de Guanajuato, y mi portafolio de periodista freelance sigue creciendo con nombres tan impresionantes como National Geographic o Univisión.

En Harlem, con mis trencitas senegalesas que me hizo Mama Sissy.

También volví a enamorarme. Nos conocimos en 2016 en la fiesta de San Patricio, justo el mismo día que me enteré que mi ex se había vuelto a casar. Fue un amigo en común quien nos presentó, un buen tipo tan alcohólico que teniendo padre irlandés no sabía del desfile de ese día; para él la festividad era sólo beber. Aunque nacimos en extremos opuestos del planeta mi ahora compañero y yo compartimos muchas cosas fundamentales: valores, prioridades, dos idiomas y la capacidad de ser blasfemos en las dos mismas religiones (budismo y catolicismo).  También tenemos en común pequeñas tonterías que hacen el día a día más sencillo: vimos las mismas caricaturas con doblaje mexicano, sabemos las mismas canciones pop cursis y hemos leído a muchos de los mismos poetas. A ambos nos encanta viajar y tenemos el privilegio de tener un trabajo de ubicación independiente.


De picnic antes de una noche de películas en Bryant Park, Nueva York.

Hoy soy más feliz de lo que nunca había sido. He hecho cosas que jamás hubiera podido realizar si no hubiera perdido las vidas que tanto anhelé y trabajé por construir. Descubrí que a veces tenemos que dejar ir lo que queremos para encontrar lo que verdaderamente amamos. Y pues nada, aquí sigo, la vida sigue.


Foto: Todd Shaffer, de su roadtrip de Este a Oeste en Estados Unidos.


Abrazos a todas, cuéntenme por favor cómo están. Siempre las pienso, son parte del viento bajo mis alas y de la fuerza que me hace seguirme levantando. Con mucho amor,

A.

martes, 25 de noviembre de 2008

¿Por qué un TCA? ¿Quién lo desarrolla?

¿Por qué hay personas que desarrollan un tca y otras no? Me he hecho esta pregunta muchas veces, y esta entrada es parte de mi respuesta.
Imagen de la fotógrafa Cindy Sherman, 1978


Primero, como dice la periodista Alina Fernández –hija de Fidel Castro y víctima de la anorexia en su juventud–, la anorexia (en combinación con la bulimia y otros trastornos) “afecta a las personas más perfeccionistas, a las que son sensibles y tienden a asumir la responsabilidad de todo lo que ocurre a su alrededor; es por ello que quieren castigarse, como si fuera irreprimible su ansia por desaparecer”.

Segundo, a partir de mi experiencia y las personas que he conocido, diría que, en efecto, una sensibilidad exacerbada (que por sí misma no es algo malo) unida a una sensación tremenda de impotencia son lo que orillan a alguien a desarrollar un tca.

Sin embargo, también hay gente que cumple estas dos condiciones y desarrolla una adicción (frecuentemente al alcohol y/o drogas, pero también al sexo u otra cosa) o personas que como cuenta Ysabel sufren de depresión (su caso) o de trastorno de pánico u otros padecimientos semejantes. La diferencia, diría yo, la hace nuestro entorno. Los patrones que aprendemos de nuestra familia, la forma en que resuelve los problemas –o no los resuelve– la gente a nuestro alrededor.
Beach Nude, fotografía estenopéica de Anthony Browell


Tengo varios amigos muy queridos que en su juventud o adolescencia sufrieron una adicción. Emocionalmente, ellos entienden muy bien lo que yo sufrí y yo los comprendo perfecto. Sin embargo, creo que lo mío fue anorexia porque lo que buscaba era mostrar que me sentía desesperadamente frágil... Sí, la situación de mi familia me obligó a asumir muchas responsabilidades a muy temprana edad. Pero también soy consciente de que, de no haber sido por mi perfeccionismo y mi extremada necesidad de satisfacer las necesidades de los demás, quizá no hubiera pasado nada. Ambos factores fueron determinantes para que yo desarrollara un tca. No quería ser más bonita, ni parecerme a ninguna modelo, ni nada semejante. Quería con desesperación verme frágil, porque sentía que mi mundo se caía a pedazos y deseaba hacer eso visible en mi cuerpo, en mi persona.Quería que mi madre, mi hermano, mis maestros, incluso mis amigos, se dieran cuenta de que no soy tan fuerte como a veces me veo. Quería estallar en pedazos para así mostrar la presión a la que me sentía sometida.

Fotografía de Dorothea Lange. Toward Los Angeles, California, 1937

Aún hoy soy sumamente perfeccionista y a menudo me exijo implacablemente. Sin embargo, también he aprendido a reconocer que tengo límites, y sobre todo, a perdonarme cuando me equivoco y a reírme de mí misma. Sobre las cosas que pasaron en mi infancia y adolescencia, creo que fueron accidentes (biológicos como una enfermedad o fácticos como un choque automovilístico), que nada de lo que pasó fue culpa de nadie. Y haber sobrevivido a eso hoy me hace distinta, más fuerte, más madura. Le da un eco de profundidad lo mismo a mi risa que a mis lágrimas que de otra forma no existiría. Aún hoy hay días en que quisiera sólo verme frágil y no tener que reconocer mis debilidades o asumir la responsabilidad que me toca. Esos días me digo que crecer y recuperarme es poder actuar distinto. Y entonces escribo, pido un abrazo, me tomo dos minutos para llorar o salgo a caminar. Y después, sigo con lo que estaba porque el mundo siempre sigue girando. Porque no hay culpables, sólo responsables.

lunes, 14 de julio de 2008

Quiero ser anoréxica

No es que un día te levantes, te mires al espejo y lo digas. No es que lo decidas al cerrar las tapas de una revista de moda. Es que un día dejas de sentirte dueña de tu vida, que la impotencia te ahoga y que lo único que tienes a la mano para expresarte es tu cuerpo. Es que un día la vida parece no tener sentido, que la muerte ha empezado a seducirte.

De ahí el camino es cuesta abajo. Algunos días sentirás hambre, pero pronto olvidarás esa sensación que se transformará simplemente en un vago dolor en el estómago. Vendrán entonces los calambres, la resequedad en la piel, los mareos, los desmayos. Cada día tus huesos serán más visibles, pero simplemente tú no los verás. Dejarás de ver lo que el espejo refleja, tus ojos empezarán a ver distinto de como miran todos los demás.

Loulou de la Falaise, Paris, 1975. Helmut Newton


Y no es necesariamente que te veas gorda --yo nunca sufrí de percepción distorsionada-- es que simplemente no te ves, o que te ves y deseas desaparecer. Con el tiempo se va también la capacidad de sentir, la de identificar qué es lo que sientes. Simplemente sabes que hay algo que te ahoga y que quieres sacarlo de ti al instante. Y no comer al menos te anestesia.

Desde ese punto hasta la muerte es sólo cuestión de tiempo. Estarás demacrada, débil. Te alejarás de tus amigos, o ello se alejarán de ti. Empezarás a morir primero en vida, porque tu voluntad y tu alegría se verán lentamente reducidas; luego te extinguirás totalmente, cuestión de meses o de años. Eso es tener anorexia.

Este artículo apoya la iniciativa Posiciona Contra La Anorexia

martes, 22 de abril de 2008

Cuando el miedo toca a la puerta, o el cartero que llama cien veces

Para todas las que estando en la lucha sentimos miedo,
unos días más que otros.
Para A.C.M., quien con el valor de su vulnerabilidad
me
enseñó esto un sábado de vacaciones imprevistas.


Sientes que el caos se precipitará inevitablemente sobre ti.

Que no es que a la tormenta siga la calma, sino que la calma te resulta sospechosa porque invariablemente le sucederá el huracán.

Sabes cómo es el fin del mundo. Lo has vivido una vez al menos, más quizá. No le temes al infierno, has estado en él. Y lo peor, temes que nunca se vayan --ni el infierno ni tu mundo del fin del mundo--, que nunca se hayan ido, que se hayan quedado bajo la superficie aparentemente tersa de la vida esperando para ahogarte.

Spirit leaving the body, 1977,
Jean Saudek


Y el miedo de que todo esto pase --de que vuelva a pasar-- te distrae de los atardeceres lila-verde, de los peces de colores que duermen en el mar, de las sonrisas de los niños en el metro, de las hojas doradas dibujando formas al caer. Pero peor, te distrae también de la aventura de amar, del riesgo de hacer planes, de la satisfacción de contar logros.

Los heraldos negros llaman a la puerta. Ya han entrado antes y se han llevado todo, o casi todo. Quizá no puedas cerrarles el portón en el futuro. Pero ahora sabes que como llegan se van, y que también puedes pedirles que se larguen a otro lado.

El mundo se ha terminado. El infierno existe. Pero has sobrevivido. Estás aquí, prueba irrefutable. ¿Perpetuarás tus miedos anticipándolos, reviviéndolos? ¿Dejarás que ese temor devore todo en tu vida? ¿No se llevó bastante el incendio? ¿Quieres aún arrojarte a la hoguera para alimentar su fuego?

¿O te armarás del valor de saberte sobreviviente, abrirás los ojos y echarás a andar?

jueves, 14 de febrero de 2008

Porque el corazón tiene motivos que la razón no conoce

Al final (después de pláticas con amigos --principalmente psicólogos o gente que ha estado tiempo largo en terapia--, varios comentarios de las chicas del foro --que siempre son como ángeles-- y de algunos bloggers) me he decidido a continuar con mi terapeuta.
Lo decidí como una práctica tremenda de perdón y de esperanza.
De perdón, porque mi terapeuta me pidió una disculpa y yo, aún con todo mi enojo, mi inseguridad, mi hipercrítica, mi elevado nivel de autoexigencia y mi soberbia, la acepté. Porque también, en un modo menos doloroso, tuve que perdonar a mi poeta, porque hay veces que quienes te aman buscan protegerte, y al final fracasan en el intento porque no saben qué es exactamente lo mejor para ti (mucho menos si tú no lo dices), y porque finalmente son humanos. Al que más trabajo me costó perdonar fue al amigo de mi poeta. Primero, porque ni siquiera me pidió una disculpa (según él no me la debe, y debo aceptar que yo me porté muy agresiva cuando conversamos sobre el asunto), y segundo porque a veces es difícil lidiar con el hecho de que personas que ni siquiera amas pueden también lastimarte.
(Siempre he creído que sólo quienes amas pueden lastimarte. Y eso es lo más natural del mundo, quien te es indiferente no puede hacerte daño).


Cuadro de Salvador Dalí. Es una de mis pinturas favoritas de éste pintor, tiene un título larguísimo que no recuerdo. Pero la idea es que es Dalí pintando a su esposa Gala, observados por cinco pares de ojos. La terapia es también verte, que te vean y ver cómo te ven.


De esperanza, porque esta decisión implica que creo de alguna forma en la terapia, que creo en la posibilidad de vivir mejor y de dejar que otros --que ni siquiera son parte de tu vida más vida, como un terapeuta-- te ayuden a conseguirlo.
Volver a terapia (en un proceso de recuperar mi lugar seguro) es mi profesión de fe de que creo que es posible vivir con menos dolor.
Y lo digo desde donde lo vivo, que no es precisamente el club de los optimistas. Lo digo desde el lado oscuro de la vida (y de la Luna), desde una vida llena de pérdidas irremediables --en mi caso, muertes trágicas--, desde una enfermedad debilitante, crónica, progresiva y mortal --anorexia o lo que sea--.
Pero también lo digo desde el lado de la vida donde amanece y atardece. Lo digo desde una vida llena de amor, y desde la inmensa fortuna de haber nacido con un fuego interno que no se apaga (el mismo que a veces amenaza con quemarme), y desde la oportuna casualidad de haber conocido gente, lugares, ideas y obras de arte maravillosas.

Cambiarnos a nosotros es cambiar el mundo.
Besos y gracias totales a tod@s.

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Las razones detrás

Hace tiempo quería escribir este post sobre las razones que en mi caso me llevaron a la anorexia. No lo había hecho por falta de tiempo, pero también porque no es algo sencillo de escribir.

Primero, soy la primogénita, y mi padre, como buen macho mexicano, siempre quiso que su primer hijo fuera varón. Desde ahí, durante toda mi infancia, no importando lo que hiciera, nunca lograba darle gusto del todo. Nunca mis esfuerzos eran suficientes para satisfacerlo, y eso me dejó el miedo indeleble a nunca ser suficientemente buena, lista o perfecta. Aunque mi padre murió cuando yo tenía once años la marca de nunca haber sido lo que esperaba quedó en mí.

Luego, el hecho de que la familia de mi madre es muy católica, y dentro de la tradición del catolicismo hay una tendencia al ascetismo, el autosacrificio y la privación que en mí es bastante grande.

Eso, sumado al hecho de que siempre sentí que mi cuerpo físico era la parte más débil de mi "yo" lo explica casi todo.

Supongo que además, sería importante decir que siempre he sido muy perfeccionista, con una gran tendencia tratar de satisfacer a los demás. Y en la anorexia encontré una forma de decir "basta" cuando no me permitía decirlo de ninguna otra forma.
Isaí Moreno
La soledad es de piedra


Respondiendo también al comentario de Oveja rosa, me pregunto, ¿qué de eso sigue presente en mí? La terapia me ayudó mucho sobre todo con la primera parte, con lo de mi padre. Eso era algo que no tenía claro antes de estar en tratamiento. Ahora, a veces sigo escuchando la voz que me dice "no es suficiente", pero simplemente trato de hacer lo mejor y comprender que, como todos, tengo mis imposibles y mis límites.

Sobre el cuerpo me ha ayudado mucho aprender a bailar, tomar clases de yoga, y claro, tener buen sexo. Para mí esas tres serían las mejores formas de poner en comunión a mi cuerpo con el resto de mí.

Perfeccionista sigo siendo, pero la terapia también me ayudó a perdonarme más, a trazar límites a mis autoexigencias. Y aprender a decir "no puedo" ha sido un largo proceso en mi vida, que supongo sigue en camino.

Por eso como decía, quizá no existe la recuperación completa, pero sí una mejora significativa. Y después de todo, lo bueno de estar tan mal es que puedes después apreciar las cosas que valen la pena de la existencia.

miércoles, 26 de septiembre de 2007

Carta a mi padre

Si para ser totalmente adultos hay que, como dice Freud, matar al padre, al menos en eso ya voy de gane.

Pero estar sin ti es casi como tener una pierna o un brazo de menos. Duele y sabes que falta, miras donde debería estar y no hay nada.

¿Por qué de entre todos los trabajos del mundo elegiste ese? ¿Sabías lo que podía pasar? ¿Te imaginabas que nos ibas a dejar, la falta que le ibas a hacer a mi hermano, a mi mamá, a mí? ¿La falta que de por sí nos hacías?

Nunca te tuve. Me hiciste falta para sentirme segura, protegida, querida, aceptada. Nunca supe si te sentiste orgulloso de mí.

Y sin embargo, de alguna manera te encuentro en mí a cada rato. En mi fuerza, en mi carácter; pero también en mis defectos, en mis obsesiones, en la terquedad, lo inflexible, lo perfeccionista, lo dura, lo cruel.

Pintura: Rafael Gaytán


Me duele que faltes porque eres irrecuperable, porque nada puedo yo -o puede nadie- para remediar tu pérdida. Porque es saberme perpetuamente incompleta, toparme con todo lo que me falta y siempre me va a faltar. A veces la ausencia es insoportable para mí que me he pasado la vida tratando de concentrarme en lo que sí tengo, en lo que puedo hacer, en esforzarme, en hacer siempre más. Ahora resulta que nada de eso llena el vacío: faltas y faltas para siempre.

Luego lo peor: que tampoco tengo recuerdos idílicos de ti a que aferrarme. Que sí, me ha hecho falta mi papá muchas veces, pero me hiciste falta y me haces falta no sólo porque hayas muerto, sino desde antes.

Hay veces que me gustaría que te hubieras tomado el tempo de hablar conmigo, de conocerme, de dejar que te conociera. Porque más que una presencia, a menudo vienes a ser el hueco donde caben todas mis ausencias, la mano o la pierna que no tengo. A veces eres mi justificante para tener miedo. Y quizá detrás del 'no es suficiente' que me acosa, en el fondo hay un eco de tu voz, de tu mirada.

Mi consuelo es que a todos nos falta algo. Es lo que nos hace imprefectos y susceptibles de ser amados.

lunes, 24 de septiembre de 2007

Encerrada en un cuarto de pánico

Este es un post que hace mucho quería escribir. Lo pensé en Barcelona, cuando me encontré allá con mi chico y él me dijo que me veía algo demacrada y que podía notar cómo me ponía diferente con el agotamiento. El caso es que en ese entonces yo iba regresando de India (un viaje maravilloso, pero nada fácil) y sí estaba un poco decaída. Él me dijo que me notaba a la defensiva, un poco agresiva en el sentido de yo-lo-sé-todo y triste. Y sí, en resumidas cuentas diría que esos son los síntomas con los que se manifiestan mis bajones o mis conatos de recaída.
A partir de esa plática concluí que una crisis de anorexia es un poco como quedarse encerrada en un cuarto de pánico (panic room) y perder la llave. No sabes como salir, sientes que el aire se agota, no puedes comunicarte con la gente que está en el exterior y quizá hasta te entra un poco de claustrofobia.
Finalmente, la desesperación se va adueñando de ti y empiezas asfixiarte lentamente... ¿Les suena familiar? Pues bien, salir del cuarto cerrado no es fácil, pero quedarse dentro es mortal; así que hay que armarse de valor y empezar a abrir la puerta poco a poco.
Foto: Helmut Newton

sábado, 1 de septiembre de 2007

Más allá de la comida

El asunto con los TCA no es tanto la comida en sí, sino lo que ella simboliza para el enfermo. He escuchado muchos casos de chicas que no comen nada, y sin embargo pasan gran parte de su tiempo pensando en la comida.
En mi caso, nunca pensé demasiado en la comida... simplemente cuando llegaba la hora de comer, no comía.
Pero como decía al principio, el punto es lo que la comida simboliza. En mi caso, al privarme de alimentos me castigaba de alguna forma por algo de lo que me sintiera culpable, y dirigía contra mí misma el enojo que sentía.

Cuadro: Julio Larraz

miércoles, 7 de marzo de 2007

La canción del abismo

"Me han educado en la desesperanza. La desesperanza nos llegó pronto a mi madre y a mí. Y la aceptamos porque nos dijimos que lo que se nos había impuesto era lo que merecíamos. Pero Amma puso un límite para el tributo que podía exigirnos la desesperación. Yo no erigía tales defensas. A veces pienso que estaba tan acostumbrada a la desesperanza que aunque se alejara de mí la atraía otra vez. Y cuando se acercaba en lugar de taparme con un cesto y esconderme de ella, la recibía con los brazos abiertos".

Anita Nair, El vagón de las mujeres.


Vanitas, Peter Claesz


La cita es del libro de una escritora hindú. Yo misma pude haber dicho algo semejante hace algunos años. Esto también es la enfermedad, no ponerle diques a la desgracia, dejarte arrastrar por ella, sentirte seducida por el abismo y en ocasiones hasta arrojarte.



¿Por qué de todos los abismos el de la anorexia? Porque la anorexia es llevar el inmenso vacío que sientes a tu interior, precipitarte en él, sentirte flotando en su interior. Quizá también por razones prácticas: una vez que ha pasado el hambre, la falta de alimento anestesia, mata toda sensación, se lleva (o apacigua) hasta el dolor. Dejas de sentir, y quizá en el fondo es eso lo que deseas.

viernes, 2 de marzo de 2007

¿Qué hay detrás de la anorexia?

¿Y qué hay detrás de esta enfermedad? ¿Son los medios de comunicación, la industria de la moda, las pasarelas, los alimentos light, los estereotipos de mujeres súper delgadas? ¿O es la decadencia del mundo actual, el desamor, la incomprensión, la falta de comunicación, el aislamiento, la soledad?
Cyberwoman, Helmut Newton

Me inclino más por la segunda opción. Porque este infierno de la anorexia es personalísimo y privado, lejos de los medios de comunicación masiva o las tapas de una revista. ¿Cómo podría tener algo que ver la talla de las modelos de un desfile con un sufrimiento tan íntimo y tan hondo?
No nos mintamos ni dejemos que nos mientan. Esto ocurre en nuestro interior, y lo exterior, aunque aparentemente lo es todo, en realidad es un disfraz.

miércoles, 28 de febrero de 2007

La dicotomía cuerpo-alma

He encontrado la verdadera causa de mi enfermedad: la profunda división que para mí existe entre cuerpo y alma.
No tengo memoria de cuándo me sentí por primera vez dividida en dos partes irreconciliables: un alma eterna de poder ilimitado y un cuerpo finito y perecedero. Así empecé a alejarme de mi cuerpo, a considerarlo una mera prisión, un límite contra el cual chocaban mis ideas, mis emociones, mi espíritu.
“El cuerpo está perfectamente separado del alma; y si el cuerpo peca hay que castigarlo para salvar el alma; y también, si el alma peca, la forma de eximirla de toda culpa es atormentando la carne.” En dicha sentencia se resume mi filosofía del cuerpo, herencia de años de educación cristiana.
Quizá mi culpa enfermiza y mi y maniquea visión de lo físico y lo metafísico no se le pueda atribuir simplemente al catolicismo; lo más probable es que obedezca a factores que se encontraban en mí antes de recibir toda instrucción religiosa, pero que se acentuaron con ésta.


Miércoles 13 de marzo de 2003,tras regresar de la Alameda

Cuando la muerte se acerca...


Sé que me muero irremediablemente y no quiero evitarlo. Y sé que me muero porque no lo evito, pero a éstas alturas lo único que quiero es que mi enfermedad sea menos dolorosa.
He escuchado que en muchas enfermedades no es el mal en sí lo que vence al paciente, sino el dolor. Por lo menos en mi caso es el dolor lo que me derrota, lo que me quita mi amor por la vida.
Levantarme cada día es doloroso, subir escaleras un franco martirio, a cada rato me golpeo en los huesos salientes, el frío no me deja moverme, la piel me sangra de tan seca. Y eso es lo que me está matando en verdad, el hecho de que ya no quiero vivir con tanto dolor. De que el dolor me ha obligado a darme por vencida, de que ya no quiero seguir luchando porque me siento mal. Y me siento mal porque ya no quiero luchar, porque ya no puedo hacer nada para mejorarme.

Pintura de Ruth Anders


Domingo 9 de febrero de 2003

Seréis sólo hombres o mujeres

Y el dios de los reaccionarios dijo:
seréis en todo hombre o mujer y sólo así viviréis...


Kant proponía que los a priori de la percepción humana eran el tiempo y el espacio. En lo personal, creo que hay otros a priori: masculino y femenino, que no son más que formas en que los seres humanos nos percibimos unos a otros para clasificarnos y etiquetarnos. Pienso que el alma y el corazón de los seres humanos nacen y existen sin tener un género determinado. Sin embargo, bajo los a prioris de este mundo prejuicioso, mi alma es mayoritariamente masculina.
Quizá por eso desde niña me dijeron que algunos de mis talentos más sobresalientes eran completamente indeseables, por lo menos en una mujer. Me inculcaron la idea de que el carácter dominante, el liderazgo, la fortaleza, el valor y la entrega a grandes causas son típicamente masculinos. Y yendo más lejos aún, la sociedad machista y extremadamente católica donde fui educada pretendió imponerme la idea de que el amor por el arte, el conocimiento y la verdad eran propios exclusivamente de los hombres.
Tal vez al principio cedí un poco en la exigencia intransigente de ser más dulce, más tierna, más una niña, y hoy todavía me arrepiento de eso. Pero pronto comprendí que si sólo podía dar gusto a otros sacrificando mi esencia, más me valdría ser una proscrita.
Así, en mi mundo de monjas y machos, yo me negué a ser otra, a “ser más mujer”. Estoy orgullosa de todo lo que soy espiritual e intelectualmente; por eso decidí no cambiar a costa de una aceptación que nunca necesité ni pedí. Mi alma entera es lo que más amo de mí y decidí que no me traicionaría, que mi forma de ser no era negociable, ni aún a cambio del amor de mis padres o de mi Dios.
Sin embargo, por más que odié muchos de los preceptos de quienes me educaron, no pude evitar que algunos de ellos penetraran en mi alma hasta hacerse míos. Además, creo que el mundo donde crecí tiene un sistema de dominación bastante perfeccionado: no permite la duda ni la contradicción, ambas son pecado de soberbia. Por eso no pude ir a contracorriente en todo, necesitaba un grado mínimo de aprobación, de amor. Sin bien elegí no cambiar ni en un ápice mis pensamientos y actitudes masculinas, opté por transigir en algo mucho menos valioso para mí: el aspecto exterior, el físico.
En mi entorno la feminidad física siempre ha sido equiparable con la pequeñez, con la fragilidad. Así las mujeres demasiado altas siempre han sido tachadas de poco femeninas, y si además de altas son gruesas reciben calificativos como el de “saca borrachos”.
No soy excesivamente alta, pero mi erguido caminar y mi afición por los zapatos de tacón crean la falsa impresión de que tengo una estatura mayor de la que realmente poseo. Por eso comprendí que al menos bajita no podía ser, pero sí podría ser pequeña de otra forma: siendo fina. Entendí que nunca sería emocionalmente frágil, que no sacrificaría la fuerza emocional y espiritual que tanto me enorgullecía, pero que sí podría ser físicamente débil.
Cedí en vestirme, hablar, caminar, peinarme, maquillarme y ser en todo mi exterior una mujer. Y a cambio gané mi libertad de ser completamente masculina en mis emociones, intelecto y actitudes. Cumplí mi parte del pacto: Fui pequeña y frágil a cambio del amor y aceptación que no pude obtener de otra forma. Y no me arrepiento.
Quizá algún día pueda comprender que no necesito ceder en nada para que me amen –si me aman de verdad–, y que los seres humanos somos entes en los que el cuerpo es tan valioso como el alma, no menos. Ojalá que ese día no llegue demasiado tarde.

3 de febrero de 2003

La muerte descarnada

Es incurable, progresiva y mortal; igual que el SIDA. Junto con el cáncer y la depresión constituye una de las grandes enfermedades de nuestro tiempo: la anorexia.
Hay enfermedades del cuerpo y hay enfermedades del alma; y las almas atormentadas se empeñan en destrozar el cuerpo que las aprisiona.
El tipo de anorexia del que hablo es una enfermedad del alma, que en la mayoría de las ocasiones poco o nada tiene que ver con las fotografías de modelos superdelgadas que adornan las portadas de las revistas. Por ejemplo, para mí las gordas de Rubens son tan hermosas como la delgada Kate Moss.
Esta categoría de la enfermedad está reservada por el contrario, para aquellos que van contra lo establecido, que quieren romper con algo: su pasado, su cuerpo, su vida.
En mi caso personal, hay en mí algo que está roto, he visto tanta muerte que más de una vez he deseado morir y esta es mi forma de buscarlo. Mi mejor amiga murió de cáncer, asesinaron a mi padre, dos de mis mejores amigos fallecieron en accidentes absurdos. Algo de todo ello ha impregnado mi espíritu, parte de esa desolación me oprime el pecho hasta no dejarme respirar.
Pero hay otra cosa que me mata, mi enemigo oculto, herencia de tantos años de educación católica: la culpa. La culpa de no hacer nunca lo suficiente, de herir a los otros, de fallarles a los que me aman, de no cumplirle a mis muertos, de no poder terminar sus misiones, de lastimar a mi Dios.
Además, ¿cómo se supone que una persona sensible conviva con el cruel mundo a diario, que luche por aliviar la miseria humana y no se entregue de vez en cuando a la desesperanza? No se puede. Los calambres, los huesos salidos, la palidez y la pérdida de cabello, son los rastros que ha dejado en mí este mundo inhumano.


The knife, Jan Saudek, 1987

El narcisismo de amar al mundo hasta el delirio tiene consecuencias físicas. Para Francisco de Asís fueron los estigmas, para Madero la muerte, para Nietzche la locura. Para mí el precio de ese amor fue barato: sólo frío y náuseas, sólo debilidad y mareos.
Sé que para el verdadero sabio desprovisto de todo egoísmo y de todo falso problema, amar a los demás y darse a ellos no debe doler, que la entrega plena es gozo puro. Pero hasta que alcance ese nivel de conciencia seguiré muriendo una de las muertes de nuestro tiempo, padeciendo esta enfermedad del alma que corroe al cuerpo.
Quizá todo esto no sería tan grave si encontrara una forma de salir de mi pecho y expresarse a los demás. Sin embargo, mi voz aún está buscando caminos y el proceso de hacerla salir es largo aún.
No pueden salvarme, mi muerte y mi salvación están en mi. Mejor pongan su fe en que encontraré lo que busco antes de que sea demasiado tarde.


26 de noviembre de 2002

lunes, 26 de febrero de 2007

¿Negación?

¿Y por qué no decir simplemente que estás enferma? Por miedo a aceptar que eres vulnerable, que te equivocas como todos. Porque a diferencia de lo que pasa con muchos, tus defectos no se ven a primera vista, hay que descubrirlos con la consiguiente decepción de pareces mejor de lo que en realidad eres.
Por miedo de que sepan que en el fondo te quiebras, que no eres fuerte como pareces, que también tienes tus límites y que éstos son imposibles de cruzar.
Por miedo finalmente a que te rechacen, o a que te cuelguen la serie de etiquetas que no estás dispuesta a cargar: que si vanidosa, supeficial, intantil. Para ti esto se trata únicamente de dolor. Por eso vives ocultándote, ocultando la enfermedad, aparentando que todo está bien, que los kilos de menos no son nada, que siempre has sido así de huesuda y de frágil.

viernes, 23 de febrero de 2007

Nombrar no es conjurar

No importa el nombre. Nombrar a los demonios no es conjurarlos.
Esto el miedo irracional a que no te quieran, a que la gente note las pequeñas fallas bajo la superficie "perfecta" y te retire su afecto.
Es la tensión sostenida hasta el agotamiento de mantener ese exterior capaz, responsable, exitoso y hasta sonriente. Porque dice la sabiduría popular que los tristes son malas personas y has notado que al final las lágrimas repelen a amigos y extraños por igual.
Es la vocecita te dice constantemente que nunca es suficiente, que te recuerda tus culpas, que te hace dudar de cada elogio, que te echa en cara tus errores.
¿Cómo se llama? ¿Nombrarla hará que se vaya? Algunos dicen que es anorexia. Lo he dicho. Y no se va.

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