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jueves, 16 de julio de 2009

Para las que empiezan con Ana y Mía... o para las wannabe

Así como la entrada del infierno dice "Abandonad toda esperanza", la entrada al infierno de los TCA debería tener un subtítulo como "Tú no te estás metiendo en esto. Esto se está metiendo en ti".

Siempre he sostenido que un TCA no se elige. Sin embargo, el fenómeno de las wannabe (o gente que finge los sintomas de la anorexia o la bulimia para llamar la atención) que terminan padeciendo realmente la enfermedad me hace replantearme el problema.



La puerta del infierno, escultura de Auguste Rodin. La iconografía está basada en La Divina Comedia de Dante y en los poemas de Baudelaire de su obra Las flores del Mal

Si estás "eligiendo" esto, aún estás a tiempo de parar. El tratamiento de quien empezó fingiendo suele ser más corto y tiene mayor tasa de éxito. Pero con cada año de enfermedad la posibilidad de recuperación disminuye, y el camino hacia afuera se hace más arduo y también más largo.

Si llevas poco tiempo padeciendo esto, pide ayuda. Domina tu miedo y haz algo. Porque después, a veces no hay después.

Este es un comentario que Nel.la me dejó hace unos meses en otra entrada y que hoy releí buscando algo en el blog. Quise que estuviera más visible. Porque a veces, (quizá) los letreros sirven de algo.


Blogger Nel.la dijo...

10 ó 12 años [con un TCA para que sea crónico]... yo ya sabía que había sobrepasado la barrera: llevo casi 14 años... más de media vida teniendo en cuenta que pronto cumplo 26.
La verdad es que suena desesperanzador, pero a menudo pienso que quizá sea cierto, ya que, aunque he estado épocas un poco mejor (pero nunca "bien"), las recaídas están a la orden del día en mi vida, y no consigo eliminarlas...
Me imagino que vivo sumida en una cronicidad, no mortal (bueno, sí en algunas épocas), pero sí agotadora.

Ahora precisamente siento como si me rompiera en pedacitos.
Ojalá hubiera podido reaccionar antes. Claro que antes estaba demasiado enferma como para reaccionar (y casi desde el principio tuve conciencia de que estaba enferma, pero la ayuda llegó mal y tarde). Ahora no estoy tan enferma como antes, pero sí mucho más atrapada.

Espero que las chicas que te escriben comentarios aquí consigan no llegar a este punto, salir mucho antes, y que todo quede en un mal recuerdo.

Intento dar ánimos, y sin embargo ahora mismo me resulta imposible animarme a mí...

6 de febrero de 2009 14:52

Suprimir

Nel.la: [...] Sé que cada año que sumas (o restas) a tu vida con anorexia hace que el camino hacia afuera sea más largo. Pero el que los médicos digan que la enfermedad se hace crónica pasada un cierto tiempo no indica que tengan la razón. Siempre podemos dar la vuelta a la estadística nena, la esperanza es el más necio de los sentimientos.

domingo, 14 de diciembre de 2008

La historia de Poncho: Porque la valentía es una locura llena de grandeza


Los árboles tienen una vida secreta que sólo les es dado conocer a los que se trepan a ellos.

...no quiere más que mi muerte. Y yo no quiero más que mi vida.

Reinaldo Arenas, El mundo alucinante


Como algunos saben, soy periodista. Mi oficio y esta página se alimentan de una misma creencia: que nuestras palabras pueden cambiar al mundo. Por eso quiero iniciar esta sección de historias sobre gente que ha sufrido anorexia o bulimia y las ha superado. Porque los trastornos de la alimentación no tienen que ser como el DSM los pinta, ni todos los finales felices son como nos han contado.
Alfonso, Poncho para los de confianza, es un entrañable amigo mío. Lo admiro extraordinariamente por muchas cosas: su inmensa capacidad de trabajo, su tesón, su habilidad para reinventarse, la inmensa aceptación que tiene de sí mismo.
Alfonso es homosexual y, a diferencia de muchas personas que conozco, creo que nunca tuvo dudas serias al respecto. En la secundaria pensó que los niños de su escuela no lo aceptaban por gordito; entonces empezó a jugar basquetbol hasta el agotamiento y a comer cada vez menos. Cuando el pelo comenzó a caérsele, los calambres lo acosaron y la inanición hizo estragos en su cuerpo, Poncho se dio cuenta de que a veces la verdad es mucho más cruda y más compleja de lo que intuimos: el rechazo de que era víctima se debía más a su preferencia sexual que a su complexión. Y Poncho, con esa simpleza para lo complejo que lo caracteriza, simplemente decidió aceptarse.
Yo lo conocí en la universidad, donde terminó de descubrirse como periodista, como escritor, como activista, como hombre. Pese a que ser homosexual en nuestro país es duro aún --somos una sociedad terriblemente machista-- y al rudo ambiente de los medios de comunicación, nunca lo he oído quejarse ni autocompadecerse. Quizá por eso un amigo mutuo lo definió una vez como "fácil de querer, imposible de combatir".
Alfonso me ha animado con su ejemplo a seguir adelante en algunos de los momentos en que más me desilusiona la indiferencia del mundo: hoy conduce un programa de revista cultural en radio, colabora para un par de periódicos y escribe su segunda novela inédita.
El año pasado tuvo un accidente automovilístico terrible que lo obligó a estar en rehabilitación por varios meses. En cuanto lo supe le llamé, y al final fue su fortaleza sin quiebres la que me hizo el día: "Como no creo en dios y sus fueros, yo como Violeta Parra sólo canto gracias a la vida, que me ha dado tanto...", me dijo.

Aunque muchos dicen la anorexia es un padecimiento cada vez más común entre varones homosexuales, Poncho es mucho más un número en la estadística: es un gran hombre, grande en todos los sentidos. Quise hablarles acá de él porque creo que su historia nos da una lección de aceptación, asunto que sí tiene mucho que ver con los trastornos de la alimentación.

Si todos fuéramos capaces de mirarnos con la honestidad y descarado valor con que Alfonso se mira, el mundo sería otro. Y porque creo que puede ser otro (y él también lo cree) les dejo acá un cuento que él escribió para este espacio.

De madrugada

Alfonso Castañeda

Todo está en mi contra, incluso yo. Nada me mantiene conforme y mis quejas son, cada día, más. Voy mal en la escuela. Las tareas se acumulan al paso de los días y siento pesadumbre de sólo revisar mis apuntes. Duermo horas seguidas durante la tarde, por eso en las noches me angustio de no conciliar el sueño, y es precisamente cuando reproduzco ocurrencias, a veces tormentosas. (...)
Pero lo más agobiante, lo que verdaderamente me atemoriza es que en las madrugadas me da por vomitar. Hoy, por la mañana, desayuné un pan que sobró del día anterior. Mamá no vio cuando lo engullí. No me gustan los testigos. A veces prefiero comer a solas, sin sentir las miradas escrutadoras de mi familia, que se plantan ante mí como enemigos. Procuro llevar una sana alimentación. Odio las verduras, pero las como, al igual que la fibra y los sustitutos de azúcar. Lo que ellos comen, sobre todo mis hermanos, está prohibido para mí y llegan a hacerme burla, pues los hombres no deberíamos preocuparnos por esos detalles del buen físico y la buena salud, dice papá. Hay ocasiones en las que me robo un pedazo de carne frita o como varias cucharadas de guisado, todo esto cuando nadie me ve. Mas luego siento que de mi interior nace una voz maligna que me reprocha y no me deja en paz. Por eso vomito.


lunes, 31 de marzo de 2008

La fuerza de reconocernos débiles

Para Arcángel.


Dicen que si un instante basta para morir, debe bastar para cambiar. Así nos lo demuestran los TCA. Basta un instante para morir durante un ataque de bulimia. Un instante para morir de paro cardíaco por anorexia. Un instante para pasar de ser un cuerpo esquelético a ser un cadáver.


Y el instante que nos salva, el instante de luz que nos cambia es siempre un milagro. Basta también un instante para tomar la decisión de empezar la terapia, de internarse, de entrar a una clínica de día, de hablar con los padres, con el novio o con los amigos.


La vida son instantes. Sin embargo, para que los instantes de salvación sean más que instantes, se debe trabajar duro en la recuperación. Y recordar que siempre habrán momentos buenos y malos.
Imperio de la luz,
de René Magritte.
Este cuadro es uno de mis favoritos, quizá mi favorito de Magritte.
En él, el día y la noche coexisten en el mismo instante.


Dicen que había en la antigüedad un rey que llevaba en su mano un anillo con la frase grabada: "Esto también pasará". Y el rey era un sabio porque miraba la inscripción tanto en los momentos de intenso sufrimiento como en los de extática dicha.


Como él entendamos que los TCA también pasará, que el dolor y el miedo también pasarán. Y aunque la dicha pase, eso también pasará.

miércoles, 5 de marzo de 2008

Carreras de kilos, ¿cómo perder peso?

"La envidia es mil veces más terrible que el hambre, porque es hambre
espiritual".
Miguel Unamuno

Las carreras de kilos son en realidad carreras hacia una única meta: la muerte. Durante el ayuno, una persona consume no sólo la grasa de su cuerpo, sino también músculo (incluyendo el cardiaco) y posteriormente diversos órganos que incluyen el cerebro. De hecho, la mayor parte de nuestro cerebro es grasa. Al dejar de comer no se alcanza una supuesta "perfección", sino una muerte lenta y dolorosa. Literalmente, uno se devora a sí mismo.

Este artículo apoya la iniciativa Posiciona Contra La Anorexia

sábado, 9 de febrero de 2008

¿Padecer anorexia te hace un bulto sin voluntad?

Quise redactar esta entrada a partir de un blog que encontré, donde se habla bastante de la influencia de la familia en el tratamiento de los trastornos alimenticios.
Esta entrada me pareció maravillosa, pero los comentarios (aunados a otra entrada sobre consejos para los padres) chocaron mi defensa a ultranza de la libertad de elección.
Para mí la pregunta es: ¿acaso padecer anorexia te hace incapaz de decidir NADA sobre tu tratamiento? Mi opinión particular, es que al restarte poder de decisión se te nulifica como persona, se te asimila a objeto o animal... y eso no es recuperación.
Estoy de acuerdo que en casos muy extremos la intervención dedicida de familia o amigos es determinante. Pero también creo que la mayoría de los casos no llegan a esos niveles dramáticos, y que detrás de una intervención hay mucho por considerar.

Contaré hoy un caso que me tocó mucho, el de mi amiga S.M. Ella empezó a sufrir de anorexia a los 16 o 17 años.
Su anorexia fue tremenda, con prácticas purgativas y ejercicio excesivo que la dejaron en los huesos, descalcificada y en un estado de salud lamentable en menos de un año. Sus padres decidieron internarla. Aunque había alternativas a la hospitalización (y ella las prefería), la familia se decidió por eso porque nadie podía pasar mucho tiempo con ella vigilándola y cuidándola.
Creo que la decisión de la familia fue egoísta. Que salvó la vida de mi amiga, pero dañó mucho la relación de ella con sus padres.
Sus padres se estaban divorciando. Su padre había sido infiel, y ella conocía a "la otra" mujer (su padre se la presentó) lo cual la hacía sentir sumamente culpable y conflictuada.
Cuando se planteó lo de la hospitalización, su padre ya no vivía en la casa familiar y estaba de viaje de negocios. Su madre, agotada por el divorcio y víctima de una tremenda negación pasaba horas en su trabajo como organizadora de eventos. Su hermano mayor estaba por casarse con su novia embarazada (él tenía 24 y su novia 17) y quería terminar la universidad antes de volverse cabeza de familia.
Cualquiera de los tres pudo haberse quedado en casa con ella y apoyarla en un programa de clínica de día tras una brevísima hospitalización. NADIE lo hizo.
Tras una hospitalización bastante dramática, el hermano y el mejor amigo de S.M. dijero que ELLOS pensaban pasar tiempo con ella vigilándola para que se pudiera ir a casa. Su hermano no pudo cumplir al 100 por ciento, ocupado como estaba con la universidad y su boda, pero su mejor amigo pasó con ella días y noches terribles en que ella lloraba de dolor, sentía ganas de vomitar aunque solo tomara agua y los ansiolíticos no le servían de nada.
Después de eso, S.M. nunca volvió a confiar igual en su madre. Y la relación con su padre ya estaba bastante dañada por el asunto de la infidelidad. No creo que sus padres sean unos monstruos, pero sí creo que la dejaron sola en un momento difícil. Que no debieron abandonar a su hija en un hosptial si se le podía atender en casa, que debieron anteponer el bienestar de S.M. a sus intereses y problemas.

Creo que hay muchos casos complejos, aunque no sean iguales a éste. Y creo que se debió respetar la desición de mi amiga de no ser hospitalizada si había alternativa y si había gente (no sus padres) dispuesta a apoyarla en un tratamiento externo.

martes, 30 de octubre de 2007

Simone Weil

Manchar es alterar, tocar. Lo bello es lo que no se puede querer cambiar.


––Simone Weil, La gravedad y la gracia.

Es considerada una de los pocos místicos del siglo XX. Nació en en París en 1909, en una familia judía, intelectual y laica. En su adolescencia estudió filosofía y literatura clásica. A los 19 años ingresó a la Ecole Normale Superiore junto con Simone de Beauvoir y obtuvo calificaciones más altas que la famosa filósofa. De su apariencia física, hay quienes afirman que se esforzaba por resultar fea, a fin de no llamar la atención por otra cosa que no fuera su pensamiento.


Fue una marxista apasionada. A los 25 años trabajó un año como operaria manual en diversas fábricas, no solo por solidaridad con los obreros, sino para meterse en la piel de estos y comprenderlos mejor. Se dejó encarcelar, acusada de gaullismo, porque deseaba consolar a los presos, en especial a las prostitutas. Posteriormente viajó a Norteamérica donde exploró Harlem, e hizo amistad con numerosas muchachas negras en una iglesia baptista.

En abril de 1943 se le diagnosticó tuberculosis y fue ingresada en un hospital de Londres. El dolor de no poder apoyar a la resistencia francesa la hizo imponerse el sacrificio de comer solamente la ración de alimento que a sus compatriotas detenidos les era permitido. Su cuerpo era para ella lo menos importante, lo menos necesario, y lo sacrificó en aras de un compromiso político. Su desnutrición –que ya había comenzado mucho tiempo antes– y su debilidad física le ocasionaron la muerte cinco meses después. Oficialmente se considera su muerte como suicidio por anorexia.




Sobre su obra y su vida.

El striptease de matarse lentamente

"Morir es un arte. Y yo lo hago excepcionalmente bien."
--Sylvia Plath

Este post surgió por algo que leí en un blog argentino . Me parece que la frase (ambas, la del título y el epígrafe) describen muy bien lo que es la anorexia.

miércoles, 5 de julio de 2006

Ellen West. El suicidio como última libertad

La muerte es la felicidad más grande de la vida, tal vez la única. Sin la esperanza de un fin, la existencia sería insoportable.

Ellen West

Ellen West fue uno de los casos más famosos del psiquiatra Ludwing Binswanger, creador del análisis existencial. Su caso se publicó en 1944, luego de que se suicidara envenenándose a los treinta y tres años. Su diario y su poesía contienen detalles de sus emociones y estado psicólogo, fragmentos de ellos fueron usados por Binswanger para ilustrar la existencia psicótica.


Ellen West decía, refiriéndose al sentido último de la enfermedad mortal (Kierkegaard), que el tormento de la desesperación consiste en el hecho de no poder morir y que la muerte como última esperanza no llega más de improviso. Para ella el suicidio asume el significado "desesperadamente" positivo; y el acercarse a la muerte se transforma en una experiencia satisfactoria y triunfal. En efecto, sólo en el suicidio se Ellen West arriesga a ser hasta en la profundidad de sí misma, aceptándose y reconociéndose en su radical autenticidad. Por eso Binswanger dirá que "la fiesta de la muerte no ha sido sino la fiesta del renacimiento de su existencia". Cuando la existencia humana no se puede realizar sino en la renuncia a la vida, la existencia se hace "existencia trágica".


¿Qué significa esto en la existencia de Ellen West? Buscando resueltamente la muerte como su horizonte definitivo de sentido, asume la decisión de lograrlo terminando con la vida: rechazando el ideal de delgadez al cual ha estado ligada en el curso de su vida, comienza finalmente a alimentarse y se libera de todo sentimiento de culpa. Binswanger dice que esta fiesta de la existencia es una fiesta de despedida, pero esto no lastima su estado de ánimo feliz y exultante, salvo días después cuando tome el veneno mortal.


Zdena, Jan Saudek


A los dieciocho años, Ellen dice que "la melancolía se extiende sobre su vida como un pájaro negro que está en la emboscada"; a los veintiún años, considera que "la muerte es la felicidad más grande de la vida, tal vez la única. Sin la esperanza de un fin, la existencia sería insoportable. Sólo la certeza que el fin, antes o después debe llegar me consuela un poco". Con la muerte voluntaria se configura el cumplimiento de su vida. En su suicidio y en su destino marcado por una experiencia psicótica tan radical, Binswanger capta la expresión última y significativa de su vida.

Todo suicidio referencia al tiempo, al tiempo que ha perdido la esperanza y a la tentativa desesperada de arrancarle al futuro su secreto y su imprevisibilidad. Cuando el advenir se hace evanescente y lábil, y el pasado no es sino la repetición de un sufrimiento sin fin, el suicidio deviene la posibilidad más radical. Entre el advenir como imposibilidad y el advenir ya consumado y descifrado, la muerte voluntaria traduce la expresión última y radical de una de un tiempo clausurado.

Ellen busca trascender para ser, pero como un ser sin cuerpo, y en ese intento de ser "allende el mundo" sólo logra una vuelta a la nada. Su muerte es ese llévame de vuelta, "créame una vez más pero créame mejor de lo que soy ahora", para no sentirse vacía, abandonada, rota, cáscara inútil. En su existencia segada por la muerte voluntaria, se vislumbra finalmente la nostalgia desesperada de una patria perdida y deseada.

Ver artículo completo.

martes, 4 de julio de 2006

El cerebro es grasa: Amélie Nothomb

Por hambre yo entiendo esa falta espantosa de todo el ser, ese vacío atenazador, esa aspiración no tanto a la utópica plenitud como a la simple realidad: allí donde no hay nada, imploro que exista algo.
Amélie Nothomb, Biografía del hambre
Nació el 13 de agosto de 1967 en Kobe, Japón. Es una autora belga que escribe en francés. Su padre fue cónsul de Bélgica, lo que la llevó a vivir, además de en Japón, en China,Estados Unidos, Laos, Birmania y Bangladesh. Desde 1992 ha publicado una novela cada año.

En su libro Biografía del hambre (Anagrama, 2006) narra su experiencia con la anorexia. Antes de eso hace una apología de la glotonería que confrontará de pronto con las hambrunas vio en países como China e India y que le hicieron discubrir la dignidad de aparentar que el hambre no existe. La mezcla de estas vivencias con su ansia de belleza (no sólo de poseerla, sino de absorberla a través de los ojos hasta hartarse, experiencia que vive a través de la contemplación de una niñera de nombre Inge, quien hace voltear a todo mundo a su paso por las atestadas calles de Nueva York y le enseña el significado de una palabra terrible: "no") desencadenará un proceso de anorexia que la llevará a pesar treinta y dos kilos con un metro setenta de estatura.

Amélie Nothomb

Amélie narra los trucos que usaba para desviar la atención de sus padres, como pesarse con unos lingotes de metal debajo del suéter para aumentar su peso. Pero también destaca el lado ridículo y el lado hermoso, que lo hubo en su caso, de este padecimiento: "El cerebro está constituido esencialmente por grasa. Los más nobles pensamientos humanos nacen en la grasa. Para no perder la cabeza, volví a traducir, con fiebre, la Ilíada y la Odisea. A Homero le debo las pocas neuronas que me quedan".

Ya superada la anorexia, Amélie sigue viendo aquella experiencia como un reto, como un tema, no como una enfermedad. Nada en el tono de su narrativa, ni siquiera cuando describe cómo estuvo a punto de ser violada en la playa por unos jóvenes indios a los doce años, trasluce algo que no sea un profundo, satisfecho e inteligentísimo sentido del humor, comparable apenas con el de un niño refinadamente adulto. Una de las mayores virtudes de Nothomb sea quizá su capacidad para reírse de sus propias tragedias.

Un artículo de Eve Gil sobre Nothomb.

lunes, 3 de julio de 2006

Virginia Woolf

Virginia Woolf
Nació el 25 de enero de 1882. Su nombre completo era Adeline Virginia Stephen. Junto con su hermana Vanessa y los esposos de ambas, Leonard Woolf y Clive Bell, integró el grupo de Bloomsbury, de carácter intelectual, filosófico y artístico. También fueron parte de ese círculo Duncan Grant, amante de Vanessa, Thoby y Adrian Stephen, hermanos de Virginia; Lytton Strachey, Roger Fry, Maynard Keynes, Dora Carrington, Violet Dickinson, Gerald Brennan y T. S. Eliot.

Virginia sufrió de abuso sexual en la infancia, por parte de su hermanastro mayor George, quien le manoseó los muslos con claras intenciones sexuales mientras ella permanecía inmóvil, incapaz de reaccionar. A partir de eso detestaba que su cuerpo atrajera el deseo del hombre, ya que identificaba éste con la brutalidad. Tuvo varias crisis nerviosas durante las cuales sufrió periodos de anorexia; no soportaba ir a comprar vestidos, ni contemplarse en los espejos.

En su obra Fin de viaje relata la reacción de la protagonista ante el deseo masculino: "se quedó tumbada, quieta, fría como una muerta". Cuando se casó con Leonard Woolf escribió la novela Noche y día, narrando la atracción intelectual que Leonard sentía hacia ella y su fascinación por el poder que él tenía sobre la gente. Desde la publicación de ese libro tomó el apellido de su esposo.

El matrimonio no tuvo hijos porque Leonard temía que las crisis mentales de ella lo dificultaran. En 1913, tras una crisis, Virginia tuvo un intento de suicidio, lo que acabó de decidir a Leonard sobre la cuestión de los hijos.

Cuando la autora entraba en fase de anorexia, su marido se sentaba a su lado y la iba convenciendo de comer llevando la comida hasta su boca. El historial médico de Virginia se resume en varios intentos de suicidio, reclusión en sanatorios, convalecencias en su hogar atendida por Leonard y enfermeras, jaquecas, colapsos, taquicardia, y, principalmente, insomnio. Recurría a los trabajos manuales para tranquilizarse, especialmente a la linotipia y la encuadernación de libros.

Vita Sackville West


Virgina tuvo un episodio de amor lésbico con Vita Sackville West a finales de 1922. Vita era una exótica poeta y escritora. Su fascinación por ella la inspiró para para crear al protagonista de su novela Orlando.

Entre las hermanas Virginia y Vanessa hubo una relación de dependencia emocional y de envidia profesional y personal. Virginia consideraba un orgullo ser escritora, aunque también valoraba la pintura; pero creía que era justo que ella fuera la famosa, ya que su hermana tenía hijos y otras ocupaciones además del arte, mientras que ella se había consagrado por completo a la escritura.


En la familia Stephen había una tendencia a los desequilibrios mentales. Adrian y Vanessa, hermanos de Virginia, también sufrieron depresiones, y su hermanastra Laura permaneció encerrada hasta su muerte en una institución psiquiátrica.

Su última novela fue Entre actos, de 1940. En 1941 sufrió grandes depresiones. Su biógrafa Jane Donn, si bien no lo dice explícitamente, deja entrever que puso fin a su vida ante el miedo fundado de que Inglaterra fuese invadida por Alemania. Siendo su esposo judio y ella enferma mental, temía que pudiesen recluirles en un campo de concentración. Según el libro Virginia Woolf. Dardos de papel, "al no desear ser una carga para Leonard", se arrojó al río Ouse con piedras en los bolsillos. Murió ahogada el 28 de marzo de 1941.

En su vida, la autora cayó y se levantó otras tantas hasta que se dio por vencida, pero en su obra literaria jamás se muestra derrotada.

Más sobre su biografía.

domingo, 25 de septiembre de 2005

David Nebreda. Autorretratos del infierno


...he conocido al enemigo de dentro y de fuera. Tengo miedo de seguir utilizando mi sangre, las quemaduras, los azotes, el agotamiento, los clavos. Sólo conservar de mi patrimonio el silencio...


David Nebreda


David Nebreda es un fotógrafo español que vive en Madrid. Nació en esa misma ciudad, en 1952. Se le diagnosticó esquizofrenia paranoide en la adolescencia y estuvo internado en distintas clínicas. Sin embargo, desde hace dos décadas no toma medicación alguna y su única terapia es su trabajo fotográfico.
Sus imágenes documentan los severos ayunos y flagelaciones a las que se somete, así como las heridas y llagas que se produce. Nebreda come apenas lo mínimo dentro de un estricto régimen vegetariano. Seguramente su caso se consideraría más esquizofrenia que anorexia, pero quise incluirlo aquí por considerar que su trabajo cuestiona las fronteras entre arte y enfermedad.


Nebreda ha estado recluido en su departamento por veinte años, sin establecer contacto con nadie, ni permitiendo que alguien lo establezca con él, aunque esto es sólo relativamente cierto. Su trabajo llegó a manos del galerista Renos Xippas por medio de un conocido de Nebreda, y éste decidió hacerle una exposición.
Sus fotografías muestran un cuerpo esquelético y flagelado, cuyas señales de tortura física insinúan un sufrimiento aún más perturbador: el que lo lleva a hacerse eso.
Aunque algunos puntos pueda llevar a cuestionarse la autenticidad de las condiciones de reclusión de Nebreda (porque si no sale nunca y no ve a nadie, ¿cómo obtiene material fotográfico, como revela sus trabajos con una calidad tan profesional...?), las fotografías son un testimonio visual escalofriante de cómo es vivir con tanto dolor interno.

Más sobre su obra fotográfica y otras reflexiones.

Dolores O’Riordan. La canción del dolor

Cantante irlandesa nacida en 1971, en Ballybricken, Limerick, Irlanda. Es vocalista del grupo The Cranberries. Su nombre completo es Dolores Mary Eileen O'Riordan Burton. Dos días después de su nacimiento, su padre sufrió un accidente en su motocicleta que lo dejó paralítico.
La familia de Dolores vivía de la agricultura, por lo que ella y sus hermanos tuvieron que hacerse cargo de las siembras, mientras que Eileen, su madre, trabajaba en un pequeño restaurante bar y atendía a los hijos más pequeños. La casa de la familia contaba tan sólo con dos habitaciones para nueve personas.
A los cinco años Dolores empezó a tocar el órgano en la iglesia y a cantar. Cuado tenía siete años, su hermana mayor causó accidentalmente un incendio dentro de la casa. Los O'Riordan quedaron entonces sin hogar, pero los vecinos de la familia se organizaron para ayudarlos a construir una nueva casa, mucho más grande que la anterior.
Durante su infancia, a Dolores no le agradaba jugar con otras niñas, en cambio prefería pasar el tiempo jugando con sus hermanos. Desde pequeña quería ser más libre y decidir por ella misma, algo que envidiaba de sus hermanos y el resto de los chicos. Por estas y más razones, se acostumbro a llevar el cabello muy corto para confundirse entre los chicos, disfrazando y ocultando cualquier rasgo de femineidad.


A los doce años escribió su primera canción, llamada Calling, que hablaba sobre su primer amor, uno de sus maestros en el colegio. En la escuela nunca tuvo muchos amigos, y le apodaron “The girl who writes songs”. Durante su adolescencia, le encantaba la música de grupos como Duran Duran y The Smiths y admiraba a Sinead O'Connor y Patsy Cline.
La banda de la que es vocalista, The Cranberries, se hicieron famosos con la canción Zombie, que denunciaba la situación en Irlanda del Norte tras la guerra con Gran Bretaña.
En 1996 la prensa sensacionalista británica empezó a correr rumores de que la cantante sufría anorexia.
En 2007 ella firmó contrato con la compañía Sanctuary Records y lanzó su disco como solista Are you listening?
Actualmente Dolores O´Riordan tiene cuatro hijos con su esposo Don Burton.

Mariel Hemingway. La maldición Hemingway

A través del yoga te enseñas a ti mismo a liberarte y observar.



Mariel Hemingway




Actriz y modelo. Nació el 22 de noviembre de 1961. Su padre fue el escritor Jack Hemingway, y su abuelo el ganador del Premio Nobel, Ernest Hemingway, quien se suicidó meses antes de que ella naciera. En 1976 participó con su hermana Margaux en la película Lipstick. Fue nominada al Óscar por su actuación en Manhattan, de Woody Allen. Ha realizado numerosos papeles como lesbiana o bisexual, aunque de hecho está casada con un escritor y director de cine, con quien tiene dos hijas adolescentes.
Su hermana Margaux se suicidó en 1996, cuando tenía 41 años, justo un día antes del aniversario del suicidio de su propio abuelo. La propia Mariel tuvo una vida turbulenta y padeció un trastorno de alimentación severo. Ha tenido que sobrellevar lo que llama “la maldición Hemingway”, luchando contra la depresión y sus propios pensamientos suicidas.
En el libro Finding My Balance, habla sobre su infancia, sus relaciones familiares y de cómo el yoga y la maternidad la ayudaron a enfrentar sus demonios y reconectarse consigo misma. Cuenta que cuando empezó a practicar yoga empezó a experimentar sensaciones que ningún otro ejercicio le daba: “empezaba a sentirme en paz. También empecé a tener una percepción diferente sobre quién era. Y esa fue realmente la clave para mí. Empecé a verme de un modo más suave”.

Aunque pensaba no incluir actrices ni modelos en la lista (porque de hecho muchas de ellas sufren trastornos de alimentación en gran medida debido a que viven de su imagen física), creo que Mariel y Uma Thurman son buenas excepciones. Para mí el valor de la historia de Mariel es que nos permite darnos cuenta de cómo ciertas familias cargan con una dosis de tragedia que para cada miembro se traduce en un trastorno diferente: el propio Ernest Hemingway batalló toda su vida con el peso. Y lo mejor, este caso es prueba de que sí se puede superar un TCA.

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