Esta página es el testimonio de mi recuperación de una enfermedad dolorosa, progresiva y mortal: la anorexia. Es también una búsqueda profunda sobre lo que yace bajo todas las mentiras que nos han dicho sobre los TCA, y un intento de cuestionar los estereotipos sobre la belleza y el cuerpo. Su fin es proporcionar elementos para pensar diferente sobre los trastornos de la alimentación.
domingo, 12 de abril de 2009
¿Qué se siente tener anorexia? ¿Qué pasa por la cabeza de alguien con anorexia?
domingo, 8 de marzo de 2009
Dos premios. Reconocer cuando uno resbala...


Gracias a ambas, ya que este tipo de detalles me animan a seguir adelante, no sólo con el blog, sino también con la batalla.
jueves, 5 de marzo de 2009
Relaciones... ¿destructivas?
E., mi chico es adicto en recuperación. Eso hace que nos entendamos muy bien en el tamaño e intensidad de nuestros miedos y retos, pero también nos hace chocar dolorosamente. Para él nunca es suficiente, siempre quiere más; para mí, nunca soy suficiente. Espada afilada en ambos lados, difícil de sostener sin cortarse.
Archeological reminiscence of Millet's angelus, de Salvador Dalí, 1935
La única forma que hemos encontrado seguir juntos es teniendo cada uno bien claros sus peligros y reconocer los del otro o incluso dar el aviso en caso de riesgo, pero sin involucrarse. Un equilibrio difícil, más parecido a caminar por el filo de la navaja que al "y vivieron felices por siempre". Pero así lo elegimos, así lo queremos. Otros personajes hacen otro tipo de historias.
Quizá vivir juntos sea constantemente peligroso, pero vivir es así. Todos vamos a morir y eso puede ocurrir en cualquier momento, sólo que ahora ninguno de los dos lo buscamos directamente.
Supongo que convivir con él también ha sido parte importante de trazar mis límites, de lidiar con mis deseos de dar gusto a todos en todo. Y desde luego, esta relación también me ha hecho ver que quienes nos aman lo hacen no a pesar de nuestros defectos, sino con ellos, porque al final somos un todo.
La imagen es un cuadro de Vincent van Gogh, otro de mis pintores favoritos.
El cuadro me parece de una felicidad alucinante, casi delirante.
Porque quizá los locos tenemos una felicidad así de grande.
En fin, deséenme suerte en la aventura.
lunes, 16 de febrero de 2009
El camino hacia afuera
Recuperarte es quizá lo más difícil que vas a enfrentar en tu existencia. Asegúrate de que es lo que en verdad quieres y de que darás la batalla para tener algo más que una vida a medias.
1. Debes reconocer que padeces un trastorno de la alimentación. Aparentemente esto es fácil, pero en realidad puede llevarte mucho tiempo porque a veces nos engañamos diciéndonos que podemos dejarlo cuando queramos, o que es una elección cuando en realidad es una enfermedad.
La habitación de hotel, Edward Hooper

2. Querer recuperarte. Esta decisión la tienes que tomar por ti, porque son TU vida, TU salud, TU futuro, los que están en juego. Si no estás segura, no lo hagas por nadie más. Te encerrarás sólo en un espejismo, gastarás energía inútilmente y tarde o temprano llegará la recaída.
3. Si llevas mucho tiempo enferma, probablemente no tienes ni idea de por dónde empezar. Trata primero de ordenar tus ideas para poder explicarle la historia a los profesionales que te ayudarán en la recuperación.
4. Decidir cuáles son tus principales objetivos a alcanzar con la recuperación. Después, debes elegir qué tipo de terapia quieres seguir y cuál es el profesional que más te conviene. Existen muchas opciones, incluso terapias alternativas. Lo más común es contar con un psicólogo, un psiquiatra y un nutriólogo, pero todo depende del caso. Sólo recuerda que sin una buena alimentación es imposible tratar emocionalmente a alguien y que sin ayuda psicológica hacerte comer es un esfuerzo vano condenado a la recaída.
Para muchos no es tan terrible la enfermedad como el hecho de comer otra vez para recuperarte... simplemente no estás acostumbrada. Por eso la ayuda profesional sirve, para dejar que alguien más se ocupe por ti de la comida.

5. De esto sólo tú puedes salir, pero no tú sola. Una vez que has admitido el problema ante ti misma, habla con alguien más. Tus padres, tus amigos o tu pareja estarán para comprenderte y para animarte en los momentos difíciles.
6. No te rindas. Recuperarse es un proceso que lleva tiempo y esfuerzo. Quizá habrá días en que te sentirás tremendamente mal o en que todos tus empeños parecerán inútiles. Recuerda constantemente lo que has avanzado y piensa que lo que recuperas cuando te recuperas no es otra cosa que a ti misma.
Así como se pierde la costumbre de comer, quizá lo más duro es que tampoco estamos acostumbradas a la felicidad, por eso corremos peligro de destruirnos una y otra vez. Pero la felicidad, como todo en la vida, puede aprenderse y practicarse.
jueves, 5 de febrero de 2009
¿Por qué dejarlo? O lo que la anorexia se llevó
En mi caso tuve anorexia por ocho años, y me arrepiento de no haberme atendido antes por todos los días que pasé sintiéndome insuficiente, por el esfuerzo extenuante de "perfecta" en lugar de ser feliz. Por el tiempo que pasé escondiéndome en lugar de descubriéndome.

La foto es de Elivet García, de la serie Catarsis.
Porque la anorexia se llevó mucho de mis ilusiones, de mi inocencia. Mis ganas de vivir, mi sonrisa. Mis charlas interminables. Me quitó amigos, fiestas, viajes. Me quitó tiempo, sueños, sonrisas, recuerdos. Porque es una forma de gastar demasiada energía en no tenerla.
martes, 27 de enero de 2009
La visión de un familiar. Vero, la cara tras verdadanaymia
Detrás del gran trabajo que Vero realiza está la impotencia y las preguntas, a veces sin respuesta, que desencadenan haber tenido un familiar con anorexia: su primo paterno. El siguiente es un texto suyo donde cuenta su experiencia con el padecimiento de su primo.
El verano que lo cambió todo
Vivo en una ciudad rodeada de playas, y todos los veranos venían a pasar sus vacaciones con nosotros mis primos de Argentina. Esto pasó a principios de los noventa, y aunque yo tenía sólo cinco o seis años aún tengo todo muy fresco y muy vivo en mi mente.Pasábamos las tardes como niños: bajo los árboles a la hora de la siesta, riendo y tirando bombas de agua. Pero aquel año mi primo, seis años mayor que yo, no podía jugar con nosotros como antes; se cansaba, si subíamos al árbol debíamos ayudarlo, si corríamos con bombas de agua el siempre quedaba atrás.
Guardo muchas imágenes de aquel verano. Recuerdo que mis primos se quedaban en la casa de mi abuela que estaba justo enfrente de la mía, y a veces mi madre conversaba con mi abuela sobre lo flaco que mi primo estaba.
Una tarde íbamos para la playa y debimos parar unas cuantas veces porque él se cansaba y no podía seguirnos el ritmo, también escupía su saliva a cada rato, gesto que yo veía tan divertido en ese momento que me hacía reír mucho e incluso lo imitaba. Luego entendí que él escupía la saliva porque se negaba a tragarla, en un último acto de
Su situación era muy mala y él seguía empeorando, sus padres lo llevaron a varios médicos, pero en las revisiones de rutina no encontraron nada fuera de lo normal además de la desnutrición. La única recomendación fue que le dieran más de comer. Visitaron a varios médicos que diagnosticaron cosas distintas, desde un berrinche hasta gastritis.
Un caso ‘raro’
La imagen es de Dorothe Lange, Ghost Child (living in Oklahoma City shacktown), de 1936.
Entonces las cosas eran diferentes: en mi ciudad apenas recibíamos la señal de tres canales televisivos, Internet no había y la información respecto a los trastornos alimenticios no estaba muy difundida. Un día en un programa famoso, el de Susana Giménez, dieron información sobre la bulimia y la anorexia. Su madre anotó los números de una clínica privada que ahora es bastante famosa y al día siguiente lo llevaron allí.Luego vino lo peor: la internación permanente, el haberse transformado en un caso raro por ser tan joven y varón, el delicado estado de su salud porque había perdido mucho pero mucho peso.
Yo dejé de verlo, simplemente porque él no podía cortar el tratamiento. Supe de él sólo por las noticias de mi abuela: que le daban calmantes para que durmiera e hiciera la digestión sin que se purgara, que tenía moretones en los brazos porque debían apretarlo para que comiera, que lloraba mucho y rogaba que lo sacaran.
Esas frases se me fueron marcando a fuego, con tan corta edad no entendía el por qué estaba tan mal, ni qué iba a suceder. En otra visita de la abuela supe que habían quitados los espejos y la balanza de la casa, porque ahora le permitían ir los fines de semana y no podía verse ni pesarse para no interrumpir el tratamiento.
Escuché miles de veces las palabras recaída, llanto, preocupación, dolor… de la falta de dinero para costear los gastos del hospital… Escuché, escuché y escuché sin hacer mucho, porque era una niña.
Actualmente mi primo está dado de alta, ha superado sus problemas con la comida, y aunque el proceso fue bastante largo, hoy es una persona muy diferente de lo que fue en aquellos años. Es muy muy alto y grande, parece la antítesis de aquel débil muchacho que recuerdo, trabaja con su padre en un taller mecánico y tiene una vida normal.
A veces es difícil pensar que él, así como lo vemos ahora, pasó por todo eso.
La visión de un familiar
La enfermedad de mi primo me produjo muchos sentimientos, entre ellos el miedo; miedo a lo que fuera a sucederle, miedo a tener lo mismo, ya que todos se cuestionaban mi peso, y aunque yo comía bien había quienes ponían en duda si era normal o no lo que me sucedía. Se desató algo así como una paranoia familiar respecto al peso.
Logré ponerme en su lugar luego de muchos años, cuando llegué a la adolescencia y me hice siendo consciente de cosas que no se perciben cuando uno es un niño: pude ver lo fuerte que eran las presiones de nuestros pares y de la sociedad en su conjunto, pero también de la familia, que en su afán de llevar una vida de trabajo y éxitos económicos suelen exigir que los niños actúen como adultos, que asuman responsabilidades, hábitos y conductas que no son propias de su edad.
Aunque no pude ayudar realmente en su recuperación, no fue porque no quisiera, sino porque no vivía en su mismo país y por mi edad. Tal vez ese sea uno de los motivos de mi blog, poder ayudar en algún sentido a alguien.
Pienso que como familiar es importante acompañar al enfermo, pero sin entrar el círculo paranoico que es bueno ni para el enfermo ni para su entorno.
Haber tenido a alguien cercano padeciendo un TCA me hizo ver que es una enfermedad muy solitaria. Mi primo pasó muchas fechas importantes solo en la clínica, tenía pocos amigos y la enfermedad no sólo le cortó parte de su niñez y preadolescencia, sino que lo acompañó casi hasta su adultez porque recuperarse es un proceso lento y largo.
En la foto, Vero.

Mi blog nació como consecuencia de una suma de acontecimientos: el año pasado en mi trabajo, realizando una búsqueda, me topé con una página de las que llaman pro ana donde se hacían las llamadas “carreras de kilos”, y eso me hizo tener un quiebre interior. Fue un shock, me invadieron la furia e incomprensión de volver retrospectivamente a mi niñez, de recordar esas piernas finas, esa carita demacrada, de ver desmayos, de sentir ese mismo miedo otra vez…
Así abrí mi blog, con muchas dudas, con miedos también, con todos mis prejuicios a cuesta, pero sobre todo con toda mi ignorancia y con ganas de cambiar algo, aunque no sabía muy bien qué. Sí, con todos esos elementos abrí mi blog, y fue a través de él que pude interactuar con otras personas que tuvieron o tienen algún TCA y empezar de algún modo a entender la situación, o al menos eso intento.
Texto y fotos: cortesía de Verónica Medina
miércoles, 14 de enero de 2009
El espejismo de la eterna juventud. Año viejo, año nuevo
Hace unos meses,viendo la televisión por la noche, di con u programa sobre la vida de una top model sumamente delgada, blanca y pelirroja. (Por fin la encontré: se llama Camille Melrvin Leroy. En esta página hay algunas fotos y datos sobre ella).Esta chica, que apenas estaba por rebasar los 18 años hablaba de dejar su carrera de modelaje para ir a la universidad.
Un comentario del locutor me impactó: que muchas mujeres no saben que a menudo las modelos son sólo adolecentes o chicas prepúberes cuya talla una mujer plenamente desarollada jamás podrá alcanzar.
Quise iniciar el año también con este cuadro de Dalí: Ballerina in deaht's head, 1939. Dalí es de mis pintores favoritos (para los que no lo habían notado) y esta imagen es asombrosa: una ilusión óptica que funde belleza y muerte. Simbólicamente, creo que dice mucho del estándar de belleza contemporáneo.
Es evidente que nuestra cultura está obsesionada con la juventud: así lo evidencian las cremas antiarrugas o el reciente boom de los ejercicios "rejuvenecedores". Todo esto me parece lamentable, porque desde mi perspectiva, si disfrutamos realmente la vida a cada instante no tenemos porque temer el envejecer. Envejecer es un proceso natural que está en marcha desde que nacemos, y sería terrible que una persona de cincuenta siguiera siendo exactamente igual que como fue a los diecisiete. Quizá, físicamente hablando, lograrlo sería el sueño de muchos, pero no existe la maduración selectiva: aprendemos, adquirimos experiencia y nuestras células mueren, nuestro organismo se hace mayor. Y creo que eso debe de tener un reflejo e nuestro aspecto. No digo con esto que comer saludablemente esté mal, o que ejercitarse sea una vanidad inútil. Al contrario, muchas culturas que se caracterizan por la longevidad alcanzada por sus ancianos (como la china o la mediterránea) han logrado tal desarrollo por sus hábitos de alimentación y su estilo de vida al aire libre y con largas caminatas.
Aunque por el estilo no sea evidente, este cuadro es también de Salvador Dalí. Se ha fechado como cercano a 1923 y me gusta por su luminosidad riente. Belleza natural, sería mi subtítulo.Lo que critico, una vez más, es el estereotipo irreal que predomina en nuestra sociedad occidental: que es más bella una chica de quince que una mujer de cuarenta. Definitivamente no es así; una de quince es más joven, y una de cuarenta más interesante, sólo eso. Ambas pueden ser sumamente hermosas.
Espero que esta reflexión también ayude a replantear algo común entre quienes sufren un TCA: el miedo a crecer, que final es también miedo al envejecimiento. Feliz año. Un año más a nuestras vidas.
domingo, 14 de diciembre de 2008
La historia de Poncho: Porque la valentía es una locura llena de grandeza
Los árboles tienen una vida secreta que sólo les es dado conocer a los que se trepan a ellos.
...no quiere más que mi muerte. Y yo no quiero más que mi vida.
Reinaldo Arenas, El mundo alucinante
Como algunos saben, soy periodista. Mi oficio y esta página se alimentan de una misma creencia: que nuestras palabras pueden cambiar al mundo. Por eso quiero iniciar esta sección de historias sobre gente que ha sufrido anorexia o bulimia y las ha superado. Porque los trastornos de la alimentación no tienen que ser como el DSM los pinta, ni todos los finales felices son como nos han contado.
Alfonso, Poncho para los de confianza, es un entrañable amigo mío. Lo admiro extraordinariamente por muchas cosas: su inmensa capacidad de trabajo, su tesón, su habilidad para reinventarse, la inmensa aceptación que tiene de sí mismo. 
Alfonso es homosexual y, a diferencia de muchas personas que conozco, creo que nunca tuvo dudas serias al respecto. En la secundaria pensó que los niños de su escuela no lo aceptaban por gordito; entonces empezó a jugar basquetbol hasta el agotamiento y a comer cada vez menos. Cuando el pelo comenzó a caérsele, los calambres lo acosaron y la inanición hizo estragos en su cuerpo, Poncho se dio cuenta de que a veces la verdad es mucho más cruda y más compleja de lo que intuimos: el rechazo de que era víctima se debía más a su preferencia sexual que a su complexión. Y Poncho, con esa simpleza para lo complejo que lo caracteriza, simplemente decidió aceptarse.
Yo lo conocí en la universidad, donde terminó de descubrirse como periodista, como escritor, como activista, como hombre. Pese a que ser homosexual en nuestro país es duro aún --somos una sociedad terriblemente machista-- y al rudo ambiente de los medios de comunicación, nunca lo he oído quejarse ni autocompadecerse. Quizá por eso un amigo mutuo lo definió una vez como "fácil de querer, imposible de combatir".
Alfonso me ha animado con su ejemplo a seguir adelante en algunos de los momentos en que más me desilusiona la indiferencia del mundo: hoy conduce un programa de revista cultural en radio, colabora para un par de periódicos y escribe su segunda novela inédita.
El año pasado tuvo un accidente automovilístico terrible que lo obligó a estar en rehabilitación por varios meses. En cuanto lo supe le llamé, y al final fue su fortaleza sin quiebres la que me hizo el día: "Como no creo en dios y sus fueros, yo como Violeta Parra sólo canto gracias a la vida, que me ha dado tanto...", me dijo.

Aunque muchos dicen la anorexia es un padecimiento cada vez más común entre varones homosexuales, Poncho es mucho más un número en la estadística: es un gran hombre, grande en todos los sentidos. Quise hablarles acá de él porque creo que su historia nos da una lección de aceptación, asunto que sí tiene mucho que ver con los trastornos de la alimentación.
Alfonso Castañeda
Todo está en mi contra, incluso yo. Nada me mantiene conforme y mis quejas son, cada día, más. Voy mal en la escuela. Las tareas se acumulan al paso de los días y siento pesadumbre de sólo revisar mis apuntes. Duermo horas seguidas durante la tarde, por eso en las noches me angustio de no conciliar el sueño, y es precisamente cuando reproduzco ocurrencias, a veces tormentosas. (...)
Pero lo más agobiante, lo que verdaderamente me atemoriza es que en las madrugadas me da por vomitar. Hoy, por la mañana, desayuné un pan que sobró del día anterior. Mamá no vio cuando lo engullí. No me gustan los testigos. A veces prefiero comer a solas, sin sentir las miradas escrutadoras de mi familia, que se plantan ante mí como enemigos. Procuro llevar una sana alimentación. Odio las verduras, pero las como, al igual que la fibra y los sustitutos de azúcar. Lo que ellos comen, sobre todo mis hermanos, está prohibido para mí y llegan a hacerme burla, pues los hombres no deberíamos preocuparnos por esos detalles del buen físico y la buena salud, dice papá. Hay ocasiones en las que me robo un pedazo de carne frita o como varias cucharadas de guisado, todo esto cuando nadie me ve. Mas luego siento que de mi interior nace una voz maligna que me reprocha y no me deja en paz. Por eso vomito.
viernes, 5 de diciembre de 2008
Un regalo de las alas de Dhanev...
Acá la imagen de Dhanaev:
martes, 25 de noviembre de 2008
¿Por qué un TCA? ¿Quién lo desarrolla?

Primero, como dice la periodista Alina Fernández –hija de Fidel Castro y víctima de la anorexia en su juventud–, la anorexia (en combinación con la bulimia y otros trastornos) “afecta a las personas más perfeccionistas, a las que son sensibles y tienden a asumir la responsabilidad de todo lo que ocurre a su alrededor; es por ello que quieren castigarse, como si fuera irreprimible su ansia por desaparecer”.
Segundo, a partir de mi experiencia y las personas que he conocido, diría que, en efecto, una sensibilidad exacerbada (que por sí misma no es algo malo) unida a una sensación tremenda de impotencia son lo que orillan a alguien a desarrollar un tca.
Sin embargo, también hay gente que cumple estas dos condiciones y desarrolla una adicción (frecuentemente al alcohol y/o drogas, pero también al sexo u otra cosa) o personas que como cuenta Ysabel sufren de depresión (su caso) o de trastorno de pánico u otros padecimientos semejantes. La diferencia, diría yo, la hace nuestro entorno. Los patrones que aprendemos de nuestra familia, la forma en que resuelve los problemas –o no los resuelve– la gente a nuestro alrededor.

Fotografía de Dorothea Lange. Toward Los Angeles, California, 1937
Aún hoy soy sumamente perfeccionista y a menudo me exijo implacablemente. Sin embargo, también he aprendido a reconocer que tengo límites, y sobre todo, a perdonarme cuando me equivoco y a reírme de mí misma. Sobre las cosas que pasaron en mi infancia y adolescencia, creo que fueron accidentes (biológicos como una enfermedad o fácticos como un choque automovilístico), que nada de lo que pasó fue culpa de nadie. Y haber sobrevivido a eso hoy me hace distinta, más fuerte, más madura. Le da un eco de profundidad lo mismo a mi risa que a mis lágrimas que de otra forma no existiría. Aún hoy hay días en que quisiera sólo verme frágil y no tener que reconocer mis debilidades o asumir la responsabilidad que me toca. Esos días me digo que crecer y recuperarme es poder actuar distinto. Y entonces escribo, pido un abrazo, me tomo dos minutos para llorar o salgo a caminar. Y después, sigo con lo que estaba porque el mundo siempre sigue girando. Porque no hay culpables, sólo responsables.jueves, 13 de noviembre de 2008
Familias que enferman
Lo que importa es que la infancia no dura para siempre. Que aunque haya sido terrible, podemos crecer y ser adultos, y ser entonces otros. Sin embargo, debemos recordar que la madurez no es algo que llegue por acumulación inevitable de años; es una lucha que implica energía, fortaleza, valor. Madurar es abrir tus heridas para que sanen, enfrentar tus fantasmas y tomar de la mano al pequeño niño o niña que llevas dentro para mostrarle que ahora todo está bien porque tú haces que esté mejor.martes, 11 de noviembre de 2008
Reconocer el esfuerzo

Si tuviera que nombrar siete blogs que destacan por su esfuerzo no sabría por donde empezar, así que limito mi campo de atención a los blogs que tratatan sobre trastornos de alimentación o temas relacionados, y por lo tanto colindan con este espacio. En esta categoría, nombraría a los blogs de Verónica (Skyline) y Yomeniego. A la primera por crear su página verdadanaymia a partir del sufrimiento de tener a alguien cercano con un TCA, a la segunda por sus luchas enconadas. Además, a Pa, la Webmistress de lostillusions y a Petitsweet de la petit mort. De entre las cuatro, destacaría la labor de Pa y de Petitsweet, ambas chicas valientes que luchan o lucharon contra un trastorno de la alimentación y ahora tienen páginas brillantes que brindan información sobre los trastornos de la conducta alimentaria. Y, ya que la petit mort no es blog, menciono entonces a Dhanev, una chica con una sensibilidad asombrosa que muestra a menudo en sus entradas.
Dos páginas que me gustan también son la de Ana, anabuscaunsitio, y la de Nadis, venenoparaunahada. Sin embargo, creo que el esfuerzo de ellas es distino: una lucha con las palabras (Nadia también emplea mucho imágenes) por documentar el sufrimiento que produce un TCA vivido desde adentro. Ellas no informan, dan testimonio.
Imagen tomada de www.b1enestar.com
Pero en realidad, estas menciones no son premios ya que justo mi post anterior menciona a personas que, aunque no escriban en blogs, creo que han hecho un esfuerzo extraordinario que, aunque es personal, que trasciende las fronteras de ellos mismos para inspirar a otros.
lunes, 3 de noviembre de 2008
Cambiar el mundo. Recuento implícito de mis héroes
Para quienes me han enseñado que el mundo sí puede cambiar.
Para Dhanaev, Yomeniego y Oveja Rosa (por recordarme la que fui).
Para ITL, MSP, ACM, MM, y mis otros hermanos de
utopías. Porque con ustedes llegué a ser la que soy.
No sé cuando fue la primera vez que quise cambiar el mundo. Para muchos, este deseo que se transforma en lucha viene indisolublemente ligado a la adolescencia cuando: 1.- Te das cuenta de que el mundo está jodido. 2.- Crees que la situación puede cambiar. 3.- Te da por intentar cambiarlo. Para muchos el fin de la adolescencia significa el fin de los puntos 2 y 3, ante el cada vez más firme convencimiento del 1.
Hace unos meses, una amiga me hizo recordar la primera vez que me plantee seriamente que el mundo tenía que ser distinto de como es. Tenía ocho años entonces, y ahora, que estoy cerca de cumplir los 25 y ya lejos de lo que normalmente se admite como adolescencia, sigo igual de terca en lo mismo. Pienso que el mundo debe cambiar, mucho y de muchas maneras. Esa convicción mueve mucho de lo que hago, desde hacer trabajo voluntario gratuito hasta escribir este blog (y muchas otras cosas que no vienen a cuento).

Tamara en el Bugatti verde, autorretrato de Tamara de Lempicka. Como sintetizó la revista Auto-Journal en 1974, “el autorretrato de Tamara de Lempicka es la imagen real de una mujer independiente que se hace valer. Una mujer libre”.
Conforme pasa el tiempo, cada día me convenzo más de que el mundo está tristemente mal. Digo, basta con abrir los periódicos o ver un noticiario para presentirlo. Sin embargo, contra la experiencia, sigo creyendo que la situación puede cambiar porque conozco a muchas personas que han demostrado que la esperanza es el más necio de los sentimientos: Activistas que perdieron a sus parejas en los 60 bajo las balas del poder, exiliados que tuvieron que dejarlo todo para salvar la vida, madres de desaparecidos políticos, señoras de ochenta años que cada día toman su bolsa de mercado y salen, con su reuma y sus achaques, a enfrentar al mundo con una sonrisa. Amigos que, pese a los guiños del poder, las vueltas de la vida y la edad, no dejan de ser críticos. Todos ellos son mis héroes.
Y entre mis héroes y heroínas cuento también a varios hombres y mujeres que se han recuperado de un trastorno de la alimentación o una adicción. A ell@s los admiro porque al final un TCA o una adicción son producto no sólo de tonterías de adolescencia, "modas" o algo semejante; son producto de nuestra sociedad con sus estereotipos, enfermedades, traumas y decadencias. Son un síntoma del "malestar" de nuestra cultura que se revela en sus miembros más sensibles. Y quienes se han recuperado dan testimonio de algo valioso: el mundo (al menos nuestro mundo particular) sí puede cambiar. Ellos son pruebas vivas de ello.
jueves, 16 de octubre de 2008
La anorexia como rebelión
En los primeros casos de anorexia documentados durante la Edad Media, la enfermedad era un modo de protesta religiosa. Por ejemplo, para Catalina de Siena fue el modo de oponerse al matrimonio y optar por la vida monástica.
Para muchas, es una forma de pelear contra la pubertad y sus curvas, contra el ser mujer. (Y que sea en cierto modo una pretensión absurda por eternizar la niñez y detener el tiempo no quita que sea una rebelión).
Para numerosas víctimas de abuso sexual, la anorexia es una negación del cuerpo y por ende de su vulnerabilidad.
Foto de Jimena Almarza
Para otras es una negación de la maternidad, del molde de mujer que la sociedad ha querido imponer: un esqueleto no puede ser madre, no puede cubrir la doble jornada de empleada exitosa, ama de casa y esposa.Y sin embargo, esta literal huelga de hambre viene condenada al fracaso: no podemos negar el cuerpo ni detener el tiempo. Y si podemos cambiar los estereotipos sobre la feminidad no es dejando de comer como lo lograremos. Hace falta hablar, actuar. No bajarse del tren de la vida, sino tomarlo a la brava.
jueves, 2 de octubre de 2008
Recaer no es caer del todo, ni recuperarse tener una vida perfecta
Esta muerte me hizo darme cuenta de la forma demente en que afrontamos las pérdidas en mi familia: todo mundo finge que nada ha pasado, evitamos el duelo y las condolencias externas. Todo lo cual lo hace mucho más difícil, porque las ceremonias que rodean a la muerte no son para los muertos, sino para los vivos: para que puedan sentirse menos solos y recibir el apoyo de amigos y familiares.

En mi familia somos expertos en sostener la sonrisa cuando el mundo se desmorona. Mi madre es, en muchos aspectos, una mujer sumamente dura. En vez de decirme que ella también está cansada o triste, cuando le dije que me sentía fatigada respondió “Cansada yo que fui, vine..." y un largo etcétera que en realidad quiere decir "Mira lo fuerte que soy mira cómo me sostengo, cómo sigo en pie. Apláudeme". Sin embargo, no me es fácil molestarme con ella, porque a los cinco minutos vuelve a ser la mamá abnegada que se preocupa por mi dolor de espalda y se ofrece a hacerme la cena.
Seguro que de ella aprendí a mandar mensajes ambiguos, a poner cara de fuerte cuando no lo siento. Y sin embargo, hoy me doy cuenta de estas cosas. Ya no sólo las sufro, ya soy capaz de sobreponerme y tratar de ser diferente.
Quizá esto es la recuperación: no que tu vida vaya a ser perfecta a partir del alta, sino que puedes darte la oportunidad de estar triste y saber que no va a ser para siempre, de aprender del dolor, de ver que puedes ser distinta a como te enseñaron que debías ser.
jueves, 25 de septiembre de 2008
La celulitis como parte de la condición femenina

Creo que mucho de ser sexy radica no tanto en el cuerpo perfecto, sino en la manera de llevarlo, en la seguridad. Y como les digo a mis amigas, la celulitis es parte inseparable de la condición femenina. El cuerpo de una mujer está compuesto básicamente, además de por agua y huesos, por grasa. La celulitis ha sido apreciada de distinta manera según las épocas y las modas, pero finalmente es el reflejo cutáneo de las reservas de grasa necesarias para la maternidad.
Dice Isabel Allende en su libro Afrodita que entre las odaliscas de medio oriente los hoyuelos en muslos y trasero eran sumamente apreciados, y cuadros como Las tres gracias de Peter Paul Rubens nos muestran como ideal de belleza a tres muchachas rollizas.
Y aún hoy día, mujeres tan atractivas como la actriz Jennifer Love Hewit tienen celulitis. Por cierto, me pareció genial la respuesta que ella dio a las críticas sobre sus fotos en traje de baño publicadas recientemente: que ama su cuerpo, y que todas las mujeres deberíamos hacer lo mismo.
Este verano volví a una comunidad indígena tzeltal enclavada en la selva Lacandona. Fui para hacer trabajo voluntario. La última vez que estuve ahí estaba en una crisis de anorexia y el trabajo fue bastante intenso, desde picar piedra hasta acarrear agua de un río. El esfuerzo fue demasiado para mi cuerpo debilitado, y sumado a la altitud, la aventura acabó en que me desmayé en una de las fiestas de fin de año. Asusté bastante a mis compañeros porque, desde luego, nadie tenía ni idea de que tuviera anorexia. Comprendí que mi decisión de ir en ese estado había sido irresponsable, pero también que finalmente eso me dio esperanza para seguir adelante, para recuperarme. Por eso, más de dos años después, me dio gusto poder regresar y aguantar el ritmo de trabajo (además, paradójicamente, me tocó hacerme cargo de la cocina. Y debo de decir que preparé los más ricos frijoles de Chiapas). Además, en el lugar donde dormíamos tenía como recordatorio constante un mural con la consigna Celulitis sí, anorexia no, lema adoptado en un encuentro de mujeres que también fue como una ironía ante las críticas al subcomandante Marcos por su sobrepeso.
jueves, 18 de septiembre de 2008
Secretos que matan

Hay un vértigo muy particular que acompaña a un tca. El vértigo de mentir. La anorexia o la bulimia te hacen experta en mentir, porque todo el tiempo andas negando que vomitaste, o afirmando que comiste aún cuando no lo hayas hecho en días, inventando pretextos para no comer o excusas para tu delgadez, tus ojos enrojecidos o tu rostro inflamado.
En mi familia hay un dicho: "Lo que se ve no se pregunta", y fue quizá ese el lema que mi madre y mi hermano adoptaron ante mi anorexia. Era evidente, y ellos, especialmente mi madre, optaron por no preguntarme, y yo por no decir nada. Al principio temí hablar abiertamente por miedo al internamiento (yo era menor de edad y mi pérdida de peso concordaba con los criterios para un ingreso), luego porque temí que mi mamá se sintiera culpable de lo que me pasaba. Y al final, porque a mí la terapia y la nutrióloga me funcionaron, por más que mi mamá no crea en esas cosas, y no estaba dispuesta a gastar energía en discutir sobre mi elección de tratamiento.
Sin embargo, hubo otras personas en mi vida que lo supieron, y que yo acepté que ellas lo supieran. Como dice una entrada maravillosa de lostillutions, "Reconocer el problema ante los demás no es tan difícil como hacerlo ante una misma. Sincérate con aquella persona o personas con las que te sientas segura, como pueden ser tus padres, tu mejor amiga o tu pareja. Estarán para escucharte y ayudarte a conseguirlo".
Mis amigas de la secundaria sólo vieron lo evidente: no podía negar que tenía anorexia. Nunca lo discutí abiertamente con ninguna, salvo C., mi mejor amiga hasta la fecha. Ella me confrontó muy fuerte hacia el final del año escolar, y en cierto modo su intervención me hizo ver que no podía seguir así.

Y sin embargo, decirlo fue quizá algo que me salvó la vida. Un tca es una carga muy pesada para llevar sola. Y decir a quienes nos rodean que lo padecemos implica aceptar que pueden intervenir en nuestra vida, que eventualmente nos confrontarán. Es bien difícil, pero vale la pena. Una discusión puede ser la diferencia entre vivir o morir en silencio.



