

Gracias a ambas, ya que este tipo de detalles me animan a seguir adelante, no sólo con el blog, sino también con la batalla.
Esta página es el testimonio de mi recuperación de una enfermedad dolorosa, progresiva y mortal: la anorexia. Es también una búsqueda profunda sobre lo que yace bajo todas las mentiras que nos han dicho sobre los TCA, y un intento de cuestionar los estereotipos sobre la belleza y el cuerpo. Su fin es proporcionar elementos para pensar diferente sobre los trastornos de la alimentación.


Gracias a ambas, ya que este tipo de detalles me animan a seguir adelante, no sólo con el blog, sino también con la batalla.
Archeological reminiscence of Millet's angelus, de Salvador Dalí, 1935
La imagen es un cuadro de Vincent van Gogh, otro de mis pintores favoritos.
El cuadro me parece de una felicidad alucinante, casi delirante.
Porque quizá los locos tenemos una felicidad así de grande.
En fin, deséenme suerte en la aventura.



La foto es de Elivet García, de la serie Catarsis.
Porque la anorexia se llevó mucho de mis ilusiones, de mi inocencia. Mis ganas de vivir, mi sonrisa. Mis charlas interminables. Me quitó amigos, fiestas, viajes. Me quitó tiempo, sueños, sonrisas, recuerdos. Porque es una forma de gastar demasiada energía en no tenerla.
Vivo en una ciudad rodeada de playas, y todos los veranos venían a pasar sus vacaciones con nosotros mis primos de Argentina. Esto pasó a principios de los noventa, y aunque yo tenía sólo cinco o seis años aún tengo todo muy fresco y muy vivo en mi mente.
Entonces las cosas eran diferentes: en mi ciudad apenas recibíamos la señal de tres canales televisivos, Internet no había y la información respecto a los trastornos alimenticios no estaba muy difundida. Un día en un programa famoso, el de Susana Giménez, dieron información sobre la bulimia y la anorexia. Su madre anotó los números de una clínica privada que ahora es bastante famosa y al día siguiente lo llevaron allí.
Quise iniciar el año también con este cuadro de Dalí: Ballerina in deaht's head, 1939. Dalí es de mis pintores favoritos (para los que no lo habían notado) y esta imagen es asombrosa: una ilusión óptica que funde belleza y muerte. Simbólicamente, creo que dice mucho del estándar de belleza contemporáneo.
Es evidente que nuestra cultura está obsesionada con la juventud: así lo evidencian las cremas antiarrugas o el reciente boom de los ejercicios "rejuvenecedores". Todo esto me parece lamentable, porque desde mi perspectiva, si disfrutamos realmente la vida a cada instante no tenemos porque temer el envejecer. Envejecer es un proceso natural que está en marcha desde que nacemos, y sería terrible que una persona de cincuenta siguiera siendo exactamente igual que como fue a los diecisiete. Quizá, físicamente hablando, lograrlo sería el sueño de muchos, pero no existe la maduración selectiva: aprendemos, adquirimos experiencia y nuestras células mueren, nuestro organismo se hace mayor. Y creo que eso debe de tener un reflejo e nuestro aspecto. No digo con esto que comer saludablemente esté mal, o que ejercitarse sea una vanidad inútil. Al contrario, muchas culturas que se caracterizan por la longevidad alcanzada por sus ancianos (como la china o la mediterránea) han logrado tal desarrollo por sus hábitos de alimentación y su estilo de vida al aire libre y con largas caminatas.
Aunque por el estilo no sea evidente, este cuadro es también de Salvador Dalí. Se ha fechado como cercano a 1923 y me gusta por su luminosidad riente. Belleza natural, sería mi subtítulo.Los árboles tienen una vida secreta que sólo les es dado conocer a los que se trepan a ellos.
...no quiere más que mi muerte. Y yo no quiero más que mi vida.
Reinaldo Arenas, El mundo alucinante
Alfonso, Poncho para los de confianza, es un entrañable amigo mío. Lo admiro extraordinariamente por muchas cosas: su inmensa capacidad de trabajo, su tesón, su habilidad para reinventarse, la inmensa aceptación que tiene de sí mismo. 

Alfonso Castañeda
Todo está en mi contra, incluso yo. Nada me mantiene conforme y mis quejas son, cada día, más. Voy mal en la escuela. Las tareas se acumulan al paso de los días y siento pesadumbre de sólo revisar mis apuntes. Duermo horas seguidas durante la tarde, por eso en las noches me angustio de no conciliar el sueño, y es precisamente cuando reproduzco ocurrencias, a veces tormentosas. (...)
Pero lo más agobiante, lo que verdaderamente me atemoriza es que en las madrugadas me da por vomitar. Hoy, por la mañana, desayuné un pan que sobró del día anterior. Mamá no vio cuando lo engullí. No me gustan los testigos. A veces prefiero comer a solas, sin sentir las miradas escrutadoras de mi familia, que se plantan ante mí como enemigos. Procuro llevar una sana alimentación. Odio las verduras, pero las como, al igual que la fibra y los sustitutos de azúcar. Lo que ellos comen, sobre todo mis hermanos, está prohibido para mí y llegan a hacerme burla, pues los hombres no deberíamos preocuparnos por esos detalles del buen físico y la buena salud, dice papá. Hay ocasiones en las que me robo un pedazo de carne frita o como varias cucharadas de guisado, todo esto cuando nadie me ve. Mas luego siento que de mi interior nace una voz maligna que me reprocha y no me deja en paz. Por eso vomito.


Aún hoy soy sumamente perfeccionista y a menudo me exijo implacablemente. Sin embargo, también he aprendido a reconocer que tengo límites, y sobre todo, a perdonarme cuando me equivoco y a reírme de mí misma. Sobre las cosas que pasaron en mi infancia y adolescencia, creo que fueron accidentes (biológicos como una enfermedad o fácticos como un choque automovilístico), que nada de lo que pasó fue culpa de nadie. Y haber sobrevivido a eso hoy me hace distinta, más fuerte, más madura. Le da un eco de profundidad lo mismo a mi risa que a mis lágrimas que de otra forma no existiría. Aún hoy hay días en que quisiera sólo verme frágil y no tener que reconocer mis debilidades o asumir la responsabilidad que me toca. Esos días me digo que crecer y recuperarme es poder actuar distinto. Y entonces escribo, pido un abrazo, me tomo dos minutos para llorar o salgo a caminar. Y después, sigo con lo que estaba porque el mundo siempre sigue girando. Porque no hay culpables, sólo responsables.
Lo que importa es que la infancia no dura para siempre. Que aunque haya sido terrible, podemos crecer y ser adultos, y ser entonces otros. Sin embargo, debemos recordar que la madurez no es algo que llegue por acumulación inevitable de años; es una lucha que implica energía, fortaleza, valor. Madurar es abrir tus heridas para que sanen, enfrentar tus fantasmas y tomar de la mano al pequeño niño o niña que llevas dentro para mostrarle que ahora todo está bien porque tú haces que esté mejor.
Imagen tomada de www.b1enestar.com
Pero en realidad, estas menciones no son premios ya que justo mi post anterior menciona a personas que, aunque no escriban en blogs, creo que han hecho un esfuerzo extraordinario que, aunque es personal, que trasciende las fronteras de ellos mismos para inspirar a otros.
Para quienes me han enseñado que el mundo sí puede cambiar.
Para Dhanaev, Yomeniego y Oveja Rosa (por recordarme la que fui).
Para ITL, MSP, ACM, MM, y mis otros hermanos de
utopías. Porque con ustedes llegué a ser la que soy.

Tamara en el Bugatti verde, autorretrato de Tamara de Lempicka. Como sintetizó la revista Auto-Journal en 1974, “el autorretrato de Tamara de Lempicka es la imagen real de una mujer independiente que se hace valer. Una mujer libre”.
Conforme pasa el tiempo, cada día me convenzo más de que el mundo está tristemente mal. Digo, basta con abrir los periódicos o ver un noticiario para presentirlo. Sin embargo, contra la experiencia, sigo creyendo que la situación puede cambiar porque conozco a muchas personas que han demostrado que la esperanza es el más necio de los sentimientos: Activistas que perdieron a sus parejas en los 60 bajo las balas del poder, exiliados que tuvieron que dejarlo todo para salvar la vida, madres de desaparecidos políticos, señoras de ochenta años que cada día toman su bolsa de mercado y salen, con su reuma y sus achaques, a enfrentar al mundo con una sonrisa. Amigos que, pese a los guiños del poder, las vueltas de la vida y la edad, no dejan de ser críticos. Todos ellos son mis héroes.
Y entre mis héroes y heroínas cuento también a varios hombres y mujeres que se han recuperado de un trastorno de la alimentación o una adicción. A ell@s los admiro porque al final un TCA o una adicción son producto no sólo de tonterías de adolescencia, "modas" o algo semejante; son producto de nuestra sociedad con sus estereotipos, enfermedades, traumas y decadencias. Son un síntoma del "malestar" de nuestra cultura que se revela en sus miembros más sensibles. Y quienes se han recuperado dan testimonio de algo valioso: el mundo (al menos nuestro mundo particular) sí puede cambiar. Ellos son pruebas vivas de ello.
Foto de Jimena Almarza
Para otras es una negación de la maternidad, del molde de mujer que la sociedad ha querido imponer: un esqueleto no puede ser madre, no puede cubrir la doble jornada de empleada exitosa, ama de casa y esposa.



Una chica me lo decía muy bien: con el tiempo el TCA llega a ser como tu salvavidas; es a lo que recurres cuando las cosas no están bien. Y con el tiempo menos quieres soltarte, porque sientes que es lo único que tienes para sostenerte. En efecto, vivir sin anorexia o sin bulimia es dejar atrás una conducta que te daba respuestas cuando no las había. Algo que de algún modo te daba la sensación de tener el control.
Sin embargo, la recuperación implica encontrar otras cosas a las que puedes recurrir, distintos modos de manejar las situaciones. E implica también aprender a nadar sola. A veces me da vértigo, pero también una alegría salvaje.