lunes, 19 de marzo de 2007

No dejar que la enfermedad nos ate

Lo que la anorexia nos revela no es la preeminencia del espíritu sobre la materia, sino la inevitabilidad del cuerpo.

Louise Glück


Hola, como les prometí, ahora escribiré algo sobre la recuperación. Hay una frase de Louise Gluck, una extraordinaria poeta norteamericana, quien tambien sufrió de anorexia, que dice mucho: lo que la anorexia nos revela no es la preeminencia del espíritu sobre la materia, sino la inevitabilidad del cuerpo. Algo así he sentido yo. Con el tiempo uno se da cuenta prácticamente de que no hay forma de abandonar el cuerpo, que uno lo necesita entrañablemente.
Imagen: Viento

Ahora que me veo más cerca de la recuperacion me doy cuenta que, a pesar de todo, la anorexia no ha logrado atarme, sino al contrario. Me ha obligado a perseguir mis sueños con mas fuerza, a luchar más por lo que quiero, a conocerme mejor. Eso es finalmente la anorexia: un reto para vivir más y mejor.
De hecho, ahora estoy en un viaje por el mundo, y para lograr hacer esto he tenido que confrontar muchos de mis miedos, conocerme mas, luchar duro y hacerme cargo de mis necesidades. Asi que al final, la anorexia tampoco es un obstáculo insuperable.

miércoles, 7 de marzo de 2007

Aclaraciones sobre mí

Ya que ha habido algunas confusiones, espero que este post pueda aclarar un poco las cosas. Llevo nueve años padeciendo de anorexia. Empecé a los catorce, en una crisis desencadenada por la muerte de mi primer novio. Desde entonces he tenido altas y bajas, pero en general he estado más tiempo bien que mal. Hace algunos años decidí buscar ayuda profesional, pero me encontré con que  la especialista a la que acudí diagnosticó que yo no cumplía el perfil de una anoréxica: cero preocupación por la apariencia, poco miedo a crecer... y otros. Entonces decidí solucionar las cosas a mi modo y ocuparme de vivir. Muchos de los post que aparecen aquí son de esa mala racha (tienen fecha al final).
Ahora llevo seis meses en terapia y me he sentido mucho mejor, he podido solucionar algunos problemas que quedaban dentro de mí y estoy mucho más cerca de la recuperación.
Aún así, hay un lado oscuro que sobrevive en mí, y es eso lo que muchas veces se expresa en este blog, como forma de desahogarme. Prometo escribir algo la próxima vez sobre cómo es el camino hacia afuera, y hablar un poco más del lado luminoso.
Besos.


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La canción del abismo

"Me han educado en la desesperanza. La desesperanza nos llegó pronto a mi madre y a mí. Y la aceptamos porque nos dijimos que lo que se nos había impuesto era lo que merecíamos. Pero Amma puso un límite para el tributo que podía exigirnos la desesperación. Yo no erigía tales defensas. A veces pienso que estaba tan acostumbrada a la desesperanza que aunque se alejara de mí la atraía otra vez. Y cuando se acercaba en lugar de taparme con un cesto y esconderme de ella, la recibía con los brazos abiertos".

Anita Nair, El vagón de las mujeres.


Vanitas, Peter Claesz


La cita es del libro de una escritora hindú. Yo misma pude haber dicho algo semejante hace algunos años. Esto también es la enfermedad, no ponerle diques a la desgracia, dejarte arrastrar por ella, sentirte seducida por el abismo y en ocasiones hasta arrojarte.



¿Por qué de todos los abismos el de la anorexia? Porque la anorexia es llevar el inmenso vacío que sientes a tu interior, precipitarte en él, sentirte flotando en su interior. Quizá también por razones prácticas: una vez que ha pasado el hambre, la falta de alimento anestesia, mata toda sensación, se lleva (o apacigua) hasta el dolor. Dejas de sentir, y quizá en el fondo es eso lo que deseas.

viernes, 2 de marzo de 2007

¿Qué hay detrás de la anorexia?

¿Y qué hay detrás de esta enfermedad? ¿Son los medios de comunicación, la industria de la moda, las pasarelas, los alimentos light, los estereotipos de mujeres súper delgadas? ¿O es la decadencia del mundo actual, el desamor, la incomprensión, la falta de comunicación, el aislamiento, la soledad?
Cyberwoman, Helmut Newton

Me inclino más por la segunda opción. Porque este infierno de la anorexia es personalísimo y privado, lejos de los medios de comunicación masiva o las tapas de una revista. ¿Cómo podría tener algo que ver la talla de las modelos de un desfile con un sufrimiento tan íntimo y tan hondo?
No nos mintamos ni dejemos que nos mientan. Esto ocurre en nuestro interior, y lo exterior, aunque aparentemente lo es todo, en realidad es un disfraz.

miércoles, 28 de febrero de 2007

Estética. ¿Qué es lo bello?

Para mí la estética es la ciencia, disciplina o estudio que se ocupa de LO BELLO, así con mayúsculas, como lo pensaba el alucinado de Platón con su locura de las Ideas.
Ahora, lo estético yo creo que es todo lo que nos produce placer sensorial. Los occidentales tendemos mucho a asociar lo estético con lo visual, y si acaso somos muy cultos (o melómanos, o bailadores) pues con alguna otra de las formas de las llamadas bellas artes. Pero en realidad yo creo que lo estético es mucho más amplio e incluye también un buen café, una caricia prodigiosa, un perfume exquisito.
La estética también se ocupa de los cánones, es decir, de los modelos que nos permiten determinar por qué algo es bello. El equilibrio, la proporción, la variedad o el ritmo son valores estéticos que forman parte de la mayoría de los cánones de belleza, pero cada ejemplo de lo bello es en realidad muy particular y no siempre cumple con todos estos valores. Pienso entonces que el canon de la belleza es algo ante todo cultural, que depende de toda una formación de la sensiblidad y un proceso histórico de una civilización o pueblo determinado. Pero finalmente, no sólo es cultural y por ello colectivo; sino que la percepción de la belleza es eminentemente subjetiva, o como dice una frase de sabiduría oriental: 'No es hermosa la estrella que lejana en el cielo brilla, sino el que de pie, absorto, la mira'.
Porque finalmente (como ya lo sabía el muchas veces sabio Kant) la belleza está en el sujeto. Y ese alemán heredero del idealismo y el pietismo nos dice algo maravilloso: lo bello es lo que permite la libre coincidencia entre el sujeto y el objeto, sin necesidad que exista la mediación de un concepto. Es decir, la belleza apela a nuestra razón, pero no a nuestra inteligencia, sino a nuestra sensibilidad y a nuestra libertad, que sabiamente Kant incluye en las formas de nuestra razón.

El cuerpo como arte

Lo que me fastidia es no poder relacionarme con mi cuerpo, sentir que no es mío, que en verdad es mi cárcel. Para mí que estoy en perfecto contacto conmigo misma, que puedo identificar y manejar mis emociones hábilmente, mi cuerpo me hace sentir extranjera
El cuerpo sirve cuando no es arte ni es placer, porque tiene que ser inútil para ambos fines y servir a otros para sólo así poder cumplir su objetivo.
El cuerpo debería ser la materialización de una idea, el puente entre lo perfecto, la cristalización de lo que somos.

Jueves 6 de marzo de 2003

¿Tengo anorexia? La anorexia y la "normalidad"

Hoy por fin llegó. Como esos regalos y plazos que tanto deseas que se cumplan hasta que los tienes encima. Estas son las conclusiones que extraigo de mi diagnóstico:

· No estoy sana ni estoy enferma. Simplemente soy rara. Siempre quise ser el tipo de persona que está más allá de las clasificaciones, pero ahora que he logrado mi objetivo comprendo lo aterrador de sentir que uno se muere y no poder saber de qué.
· La vida es un valor sólo para los imbéciles. La única certeza que nace con nosotros es la de que habremos de morir. ¿Cómo aferrarse entonces a conservar lo que uno tiene más incierto en la vida? Esa labor la dejo para los necios. Para mí quedan como valores el amor, la libertad, la justicia y la verdad (en ese orden).
· ¿Qué es la normalidad? Es un concepto que extravié hace muchos años, que deseché para hacerle lugar a poemas de Sabines, citas de filósofos e historias de gente que quiero. Es algo que deja de existir cuando uno vive rodeado de periodistas, filósofo, artistas y activistas. ¿Qué es lo normal entre nosotros, donde los que no mueren nos matamos?
· La normalidad también es un mito que resulta verosímil porque, en mayor o menor parte, los miembros de una sociedad se identifican con él. Sin embargo, la persona “normal” no existe, como no existe el consumidor “promedio”. Ambos son invenciones, fruto de la convención y de las aspiraciones de los miembros más cobardes de la comunidad.
· Nadie es normal. Pero la normalidad es un escudo que sirve perfectamente para esconderse tras él cuando se tiene miedo de ser único y original, de ser auténticamente uno mismo. Así, todos estamos locos. La humanidad se dividen entonces en dos partes: los cuerdos que aceptan esta verdad y viven en consecuencia; y los más locos, quienes verdaderamente deberían estar encerrados como premio a su cobardía (después de todo, en un manicomio nadie se va a fijar si cuatrocientas personas son clones idénticos que juegan a ser “normales”, pobres esquizofrénicos, divorciados no de la realidad sino de sí mismos).
· Y aunque la normalidad no existe, hay gente tan alejada de ella que jamás debe toparse con un psicólogo, en aras de la salud mental de ambas partes. Yo no quiero ser la puerta por donde un incauto con ganas de ayudar al prójimo se asome a los abismos de los dilemas éticos y/o estéticos, la autodestrucción y el amor desmesurado por el mundo (síntesis de los dos anteriores).
· No somos sólo un montón de sustancias químicas que conviven en delicado equilibrio, ni el cúmulo de nuestras experiencias, tampoco una mezcla entre ambos. Quiero creer que hay algo más en nosotros que nos hace ser como somos, sentirnos felices o desgraciados.
· Quiero creer que todas mis respuestas están en mí. Y que tarde o temprano las encontraré, antes de que la cárcel de mi cuerpo se quiebre, llevándose su preso consigo.


The jewel 3-Borek Sipek, Jan Saudek, 2005

Viernes 7 de febrero de 2003

Resultados de la evaluación que me hicieron para determinar si tengo un trastorno alimentario:
Valores normales = manejo de las emociones y sensación de efectividad.
Dentro de la escala de trastornos alimentarios = perfeccionismo y ascetismo.
Por debajo de la escala = preocupación por la delgadez, satisfacción corporal, mecanismos de compensación, temor a madurar, incapacidad de ser adulto, inseguridad social, aislamiento.
Diagnóstico: No tengo el perfil de anorexia nerviosa.

La dicotomía cuerpo-alma

He encontrado la verdadera causa de mi enfermedad: la profunda división que para mí existe entre cuerpo y alma.
No tengo memoria de cuándo me sentí por primera vez dividida en dos partes irreconciliables: un alma eterna de poder ilimitado y un cuerpo finito y perecedero. Así empecé a alejarme de mi cuerpo, a considerarlo una mera prisión, un límite contra el cual chocaban mis ideas, mis emociones, mi espíritu.
“El cuerpo está perfectamente separado del alma; y si el cuerpo peca hay que castigarlo para salvar el alma; y también, si el alma peca, la forma de eximirla de toda culpa es atormentando la carne.” En dicha sentencia se resume mi filosofía del cuerpo, herencia de años de educación cristiana.
Quizá mi culpa enfermiza y mi y maniquea visión de lo físico y lo metafísico no se le pueda atribuir simplemente al catolicismo; lo más probable es que obedezca a factores que se encontraban en mí antes de recibir toda instrucción religiosa, pero que se acentuaron con ésta.


Miércoles 13 de marzo de 2003,tras regresar de la Alameda

Cuando la muerte se acerca...


Sé que me muero irremediablemente y no quiero evitarlo. Y sé que me muero porque no lo evito, pero a éstas alturas lo único que quiero es que mi enfermedad sea menos dolorosa.
He escuchado que en muchas enfermedades no es el mal en sí lo que vence al paciente, sino el dolor. Por lo menos en mi caso es el dolor lo que me derrota, lo que me quita mi amor por la vida.
Levantarme cada día es doloroso, subir escaleras un franco martirio, a cada rato me golpeo en los huesos salientes, el frío no me deja moverme, la piel me sangra de tan seca. Y eso es lo que me está matando en verdad, el hecho de que ya no quiero vivir con tanto dolor. De que el dolor me ha obligado a darme por vencida, de que ya no quiero seguir luchando porque me siento mal. Y me siento mal porque ya no quiero luchar, porque ya no puedo hacer nada para mejorarme.

Pintura de Ruth Anders


Domingo 9 de febrero de 2003

Seréis sólo hombres o mujeres

Y el dios de los reaccionarios dijo:
seréis en todo hombre o mujer y sólo así viviréis...


Kant proponía que los a priori de la percepción humana eran el tiempo y el espacio. En lo personal, creo que hay otros a priori: masculino y femenino, que no son más que formas en que los seres humanos nos percibimos unos a otros para clasificarnos y etiquetarnos. Pienso que el alma y el corazón de los seres humanos nacen y existen sin tener un género determinado. Sin embargo, bajo los a prioris de este mundo prejuicioso, mi alma es mayoritariamente masculina.
Quizá por eso desde niña me dijeron que algunos de mis talentos más sobresalientes eran completamente indeseables, por lo menos en una mujer. Me inculcaron la idea de que el carácter dominante, el liderazgo, la fortaleza, el valor y la entrega a grandes causas son típicamente masculinos. Y yendo más lejos aún, la sociedad machista y extremadamente católica donde fui educada pretendió imponerme la idea de que el amor por el arte, el conocimiento y la verdad eran propios exclusivamente de los hombres.
Tal vez al principio cedí un poco en la exigencia intransigente de ser más dulce, más tierna, más una niña, y hoy todavía me arrepiento de eso. Pero pronto comprendí que si sólo podía dar gusto a otros sacrificando mi esencia, más me valdría ser una proscrita.
Así, en mi mundo de monjas y machos, yo me negué a ser otra, a “ser más mujer”. Estoy orgullosa de todo lo que soy espiritual e intelectualmente; por eso decidí no cambiar a costa de una aceptación que nunca necesité ni pedí. Mi alma entera es lo que más amo de mí y decidí que no me traicionaría, que mi forma de ser no era negociable, ni aún a cambio del amor de mis padres o de mi Dios.
Sin embargo, por más que odié muchos de los preceptos de quienes me educaron, no pude evitar que algunos de ellos penetraran en mi alma hasta hacerse míos. Además, creo que el mundo donde crecí tiene un sistema de dominación bastante perfeccionado: no permite la duda ni la contradicción, ambas son pecado de soberbia. Por eso no pude ir a contracorriente en todo, necesitaba un grado mínimo de aprobación, de amor. Sin bien elegí no cambiar ni en un ápice mis pensamientos y actitudes masculinas, opté por transigir en algo mucho menos valioso para mí: el aspecto exterior, el físico.
En mi entorno la feminidad física siempre ha sido equiparable con la pequeñez, con la fragilidad. Así las mujeres demasiado altas siempre han sido tachadas de poco femeninas, y si además de altas son gruesas reciben calificativos como el de “saca borrachos”.
No soy excesivamente alta, pero mi erguido caminar y mi afición por los zapatos de tacón crean la falsa impresión de que tengo una estatura mayor de la que realmente poseo. Por eso comprendí que al menos bajita no podía ser, pero sí podría ser pequeña de otra forma: siendo fina. Entendí que nunca sería emocionalmente frágil, que no sacrificaría la fuerza emocional y espiritual que tanto me enorgullecía, pero que sí podría ser físicamente débil.
Cedí en vestirme, hablar, caminar, peinarme, maquillarme y ser en todo mi exterior una mujer. Y a cambio gané mi libertad de ser completamente masculina en mis emociones, intelecto y actitudes. Cumplí mi parte del pacto: Fui pequeña y frágil a cambio del amor y aceptación que no pude obtener de otra forma. Y no me arrepiento.
Quizá algún día pueda comprender que no necesito ceder en nada para que me amen –si me aman de verdad–, y que los seres humanos somos entes en los que el cuerpo es tan valioso como el alma, no menos. Ojalá que ese día no llegue demasiado tarde.

3 de febrero de 2003

La muerte descarnada

Es incurable, progresiva y mortal; igual que el SIDA. Junto con el cáncer y la depresión constituye una de las grandes enfermedades de nuestro tiempo: la anorexia.
Hay enfermedades del cuerpo y hay enfermedades del alma; y las almas atormentadas se empeñan en destrozar el cuerpo que las aprisiona.
El tipo de anorexia del que hablo es una enfermedad del alma, que en la mayoría de las ocasiones poco o nada tiene que ver con las fotografías de modelos superdelgadas que adornan las portadas de las revistas. Por ejemplo, para mí las gordas de Rubens son tan hermosas como la delgada Kate Moss.
Esta categoría de la enfermedad está reservada por el contrario, para aquellos que van contra lo establecido, que quieren romper con algo: su pasado, su cuerpo, su vida.
En mi caso personal, hay en mí algo que está roto, he visto tanta muerte que más de una vez he deseado morir y esta es mi forma de buscarlo. Mi mejor amiga murió de cáncer, asesinaron a mi padre, dos de mis mejores amigos fallecieron en accidentes absurdos. Algo de todo ello ha impregnado mi espíritu, parte de esa desolación me oprime el pecho hasta no dejarme respirar.
Pero hay otra cosa que me mata, mi enemigo oculto, herencia de tantos años de educación católica: la culpa. La culpa de no hacer nunca lo suficiente, de herir a los otros, de fallarles a los que me aman, de no cumplirle a mis muertos, de no poder terminar sus misiones, de lastimar a mi Dios.
Además, ¿cómo se supone que una persona sensible conviva con el cruel mundo a diario, que luche por aliviar la miseria humana y no se entregue de vez en cuando a la desesperanza? No se puede. Los calambres, los huesos salidos, la palidez y la pérdida de cabello, son los rastros que ha dejado en mí este mundo inhumano.


The knife, Jan Saudek, 1987

El narcisismo de amar al mundo hasta el delirio tiene consecuencias físicas. Para Francisco de Asís fueron los estigmas, para Madero la muerte, para Nietzche la locura. Para mí el precio de ese amor fue barato: sólo frío y náuseas, sólo debilidad y mareos.
Sé que para el verdadero sabio desprovisto de todo egoísmo y de todo falso problema, amar a los demás y darse a ellos no debe doler, que la entrega plena es gozo puro. Pero hasta que alcance ese nivel de conciencia seguiré muriendo una de las muertes de nuestro tiempo, padeciendo esta enfermedad del alma que corroe al cuerpo.
Quizá todo esto no sería tan grave si encontrara una forma de salir de mi pecho y expresarse a los demás. Sin embargo, mi voz aún está buscando caminos y el proceso de hacerla salir es largo aún.
No pueden salvarme, mi muerte y mi salvación están en mi. Mejor pongan su fe en que encontraré lo que busco antes de que sea demasiado tarde.


26 de noviembre de 2002

lunes, 26 de febrero de 2007

¿Negación?

¿Y por qué no decir simplemente que estás enferma? Por miedo a aceptar que eres vulnerable, que te equivocas como todos. Porque a diferencia de lo que pasa con muchos, tus defectos no se ven a primera vista, hay que descubrirlos con la consiguiente decepción de pareces mejor de lo que en realidad eres.
Por miedo de que sepan que en el fondo te quiebras, que no eres fuerte como pareces, que también tienes tus límites y que éstos son imposibles de cruzar.
Por miedo finalmente a que te rechacen, o a que te cuelguen la serie de etiquetas que no estás dispuesta a cargar: que si vanidosa, supeficial, intantil. Para ti esto se trata únicamente de dolor. Por eso vives ocultándote, ocultando la enfermedad, aparentando que todo está bien, que los kilos de menos no son nada, que siempre has sido así de huesuda y de frágil.

viernes, 23 de febrero de 2007

Siberia, de Antolina Ortiz


Nombrar no es conjurar

No importa el nombre. Nombrar a los demonios no es conjurarlos.
Esto el miedo irracional a que no te quieran, a que la gente note las pequeñas fallas bajo la superficie "perfecta" y te retire su afecto.
Es la tensión sostenida hasta el agotamiento de mantener ese exterior capaz, responsable, exitoso y hasta sonriente. Porque dice la sabiduría popular que los tristes son malas personas y has notado que al final las lágrimas repelen a amigos y extraños por igual.
Es la vocecita te dice constantemente que nunca es suficiente, que te recuerda tus culpas, que te hace dudar de cada elogio, que te echa en cara tus errores.
¿Cómo se llama? ¿Nombrarla hará que se vaya? Algunos dicen que es anorexia. Lo he dicho. Y no se va.

miércoles, 5 de julio de 2006

Ellen West. El suicidio como última libertad

La muerte es la felicidad más grande de la vida, tal vez la única. Sin la esperanza de un fin, la existencia sería insoportable.

Ellen West

Ellen West fue uno de los casos más famosos del psiquiatra Ludwing Binswanger, creador del análisis existencial. Su caso se publicó en 1944, luego de que se suicidara envenenándose a los treinta y tres años. Su diario y su poesía contienen detalles de sus emociones y estado psicólogo, fragmentos de ellos fueron usados por Binswanger para ilustrar la existencia psicótica.


Ellen West decía, refiriéndose al sentido último de la enfermedad mortal (Kierkegaard), que el tormento de la desesperación consiste en el hecho de no poder morir y que la muerte como última esperanza no llega más de improviso. Para ella el suicidio asume el significado "desesperadamente" positivo; y el acercarse a la muerte se transforma en una experiencia satisfactoria y triunfal. En efecto, sólo en el suicidio se Ellen West arriesga a ser hasta en la profundidad de sí misma, aceptándose y reconociéndose en su radical autenticidad. Por eso Binswanger dirá que "la fiesta de la muerte no ha sido sino la fiesta del renacimiento de su existencia". Cuando la existencia humana no se puede realizar sino en la renuncia a la vida, la existencia se hace "existencia trágica".


¿Qué significa esto en la existencia de Ellen West? Buscando resueltamente la muerte como su horizonte definitivo de sentido, asume la decisión de lograrlo terminando con la vida: rechazando el ideal de delgadez al cual ha estado ligada en el curso de su vida, comienza finalmente a alimentarse y se libera de todo sentimiento de culpa. Binswanger dice que esta fiesta de la existencia es una fiesta de despedida, pero esto no lastima su estado de ánimo feliz y exultante, salvo días después cuando tome el veneno mortal.


Zdena, Jan Saudek


A los dieciocho años, Ellen dice que "la melancolía se extiende sobre su vida como un pájaro negro que está en la emboscada"; a los veintiún años, considera que "la muerte es la felicidad más grande de la vida, tal vez la única. Sin la esperanza de un fin, la existencia sería insoportable. Sólo la certeza que el fin, antes o después debe llegar me consuela un poco". Con la muerte voluntaria se configura el cumplimiento de su vida. En su suicidio y en su destino marcado por una experiencia psicótica tan radical, Binswanger capta la expresión última y significativa de su vida.

Todo suicidio referencia al tiempo, al tiempo que ha perdido la esperanza y a la tentativa desesperada de arrancarle al futuro su secreto y su imprevisibilidad. Cuando el advenir se hace evanescente y lábil, y el pasado no es sino la repetición de un sufrimiento sin fin, el suicidio deviene la posibilidad más radical. Entre el advenir como imposibilidad y el advenir ya consumado y descifrado, la muerte voluntaria traduce la expresión última y radical de una de un tiempo clausurado.

Ellen busca trascender para ser, pero como un ser sin cuerpo, y en ese intento de ser "allende el mundo" sólo logra una vuelta a la nada. Su muerte es ese llévame de vuelta, "créame una vez más pero créame mejor de lo que soy ahora", para no sentirse vacía, abandonada, rota, cáscara inútil. En su existencia segada por la muerte voluntaria, se vislumbra finalmente la nostalgia desesperada de una patria perdida y deseada.

Ver artículo completo.

martes, 4 de julio de 2006

El cerebro es grasa: Amélie Nothomb

Por hambre yo entiendo esa falta espantosa de todo el ser, ese vacío atenazador, esa aspiración no tanto a la utópica plenitud como a la simple realidad: allí donde no hay nada, imploro que exista algo.
Amélie Nothomb, Biografía del hambre
Nació el 13 de agosto de 1967 en Kobe, Japón. Es una autora belga que escribe en francés. Su padre fue cónsul de Bélgica, lo que la llevó a vivir, además de en Japón, en China,Estados Unidos, Laos, Birmania y Bangladesh. Desde 1992 ha publicado una novela cada año.

En su libro Biografía del hambre (Anagrama, 2006) narra su experiencia con la anorexia. Antes de eso hace una apología de la glotonería que confrontará de pronto con las hambrunas vio en países como China e India y que le hicieron discubrir la dignidad de aparentar que el hambre no existe. La mezcla de estas vivencias con su ansia de belleza (no sólo de poseerla, sino de absorberla a través de los ojos hasta hartarse, experiencia que vive a través de la contemplación de una niñera de nombre Inge, quien hace voltear a todo mundo a su paso por las atestadas calles de Nueva York y le enseña el significado de una palabra terrible: "no") desencadenará un proceso de anorexia que la llevará a pesar treinta y dos kilos con un metro setenta de estatura.

Amélie Nothomb

Amélie narra los trucos que usaba para desviar la atención de sus padres, como pesarse con unos lingotes de metal debajo del suéter para aumentar su peso. Pero también destaca el lado ridículo y el lado hermoso, que lo hubo en su caso, de este padecimiento: "El cerebro está constituido esencialmente por grasa. Los más nobles pensamientos humanos nacen en la grasa. Para no perder la cabeza, volví a traducir, con fiebre, la Ilíada y la Odisea. A Homero le debo las pocas neuronas que me quedan".

Ya superada la anorexia, Amélie sigue viendo aquella experiencia como un reto, como un tema, no como una enfermedad. Nada en el tono de su narrativa, ni siquiera cuando describe cómo estuvo a punto de ser violada en la playa por unos jóvenes indios a los doce años, trasluce algo que no sea un profundo, satisfecho e inteligentísimo sentido del humor, comparable apenas con el de un niño refinadamente adulto. Una de las mayores virtudes de Nothomb sea quizá su capacidad para reírse de sus propias tragedias.

Un artículo de Eve Gil sobre Nothomb.

lunes, 3 de julio de 2006

Virginia Woolf

Virginia Woolf
Nació el 25 de enero de 1882. Su nombre completo era Adeline Virginia Stephen. Junto con su hermana Vanessa y los esposos de ambas, Leonard Woolf y Clive Bell, integró el grupo de Bloomsbury, de carácter intelectual, filosófico y artístico. También fueron parte de ese círculo Duncan Grant, amante de Vanessa, Thoby y Adrian Stephen, hermanos de Virginia; Lytton Strachey, Roger Fry, Maynard Keynes, Dora Carrington, Violet Dickinson, Gerald Brennan y T. S. Eliot.

Virginia sufrió de abuso sexual en la infancia, por parte de su hermanastro mayor George, quien le manoseó los muslos con claras intenciones sexuales mientras ella permanecía inmóvil, incapaz de reaccionar. A partir de eso detestaba que su cuerpo atrajera el deseo del hombre, ya que identificaba éste con la brutalidad. Tuvo varias crisis nerviosas durante las cuales sufrió periodos de anorexia; no soportaba ir a comprar vestidos, ni contemplarse en los espejos.

En su obra Fin de viaje relata la reacción de la protagonista ante el deseo masculino: "se quedó tumbada, quieta, fría como una muerta". Cuando se casó con Leonard Woolf escribió la novela Noche y día, narrando la atracción intelectual que Leonard sentía hacia ella y su fascinación por el poder que él tenía sobre la gente. Desde la publicación de ese libro tomó el apellido de su esposo.

El matrimonio no tuvo hijos porque Leonard temía que las crisis mentales de ella lo dificultaran. En 1913, tras una crisis, Virginia tuvo un intento de suicidio, lo que acabó de decidir a Leonard sobre la cuestión de los hijos.

Cuando la autora entraba en fase de anorexia, su marido se sentaba a su lado y la iba convenciendo de comer llevando la comida hasta su boca. El historial médico de Virginia se resume en varios intentos de suicidio, reclusión en sanatorios, convalecencias en su hogar atendida por Leonard y enfermeras, jaquecas, colapsos, taquicardia, y, principalmente, insomnio. Recurría a los trabajos manuales para tranquilizarse, especialmente a la linotipia y la encuadernación de libros.

Vita Sackville West


Virgina tuvo un episodio de amor lésbico con Vita Sackville West a finales de 1922. Vita era una exótica poeta y escritora. Su fascinación por ella la inspiró para para crear al protagonista de su novela Orlando.

Entre las hermanas Virginia y Vanessa hubo una relación de dependencia emocional y de envidia profesional y personal. Virginia consideraba un orgullo ser escritora, aunque también valoraba la pintura; pero creía que era justo que ella fuera la famosa, ya que su hermana tenía hijos y otras ocupaciones además del arte, mientras que ella se había consagrado por completo a la escritura.


En la familia Stephen había una tendencia a los desequilibrios mentales. Adrian y Vanessa, hermanos de Virginia, también sufrieron depresiones, y su hermanastra Laura permaneció encerrada hasta su muerte en una institución psiquiátrica.

Su última novela fue Entre actos, de 1940. En 1941 sufrió grandes depresiones. Su biógrafa Jane Donn, si bien no lo dice explícitamente, deja entrever que puso fin a su vida ante el miedo fundado de que Inglaterra fuese invadida por Alemania. Siendo su esposo judio y ella enferma mental, temía que pudiesen recluirles en un campo de concentración. Según el libro Virginia Woolf. Dardos de papel, "al no desear ser una carga para Leonard", se arrojó al río Ouse con piedras en los bolsillos. Murió ahogada el 28 de marzo de 1941.

En su vida, la autora cayó y se levantó otras tantas hasta que se dio por vencida, pero en su obra literaria jamás se muestra derrotada.

Más sobre su biografía.

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